A veces ya ni dan ganas de hablar de amor.
No porque uno no crea en él.
Sino porque parece que el tema viene cargado.
Como si antes de conocer a alguien ya hubiera que defenderse.
Hombres contra mujeres.
Mujeres contra hombres.
Videos, frases, indirectas, consejos medio agresivos, gente explicándote cómo no dejarte ver la cara, cómo no dar demasiado, cómo no caer, cómo no perder.
Y sí, uno entiende de dónde viene todo eso.
Hay quien ha vivido relaciones muy feas.
Hay quien fue engañado.
Hay quien fue controlada.
Hay quien dio todo y recibió migajas.
Hay quien se cansó de pedir respeto.
Hay quien se volvió frío porque antes fue demasiado bueno.
No me burlo de eso.
Cada quien carga lo suyo.
Pero también me pregunto qué pasa cuando llegamos a una relación nueva con todas esas batallas encima. Cuando alguien nos habla bonito y en vez de escucharlo pensamos: “a ver qué quiere”. Cuando alguien tarda en responder y ya suponemos lo peor. Cuando una diferencia normal se convierte en prueba de que “todos son iguales” o “todas son iguales”.
Ahí el amor empieza torcido.
No por culpa de una persona concreta, sino por el ruido que traemos alrededor.
Yo he visto amigos arruinar algo bueno por miedo. También he visto amigas aguantar cosas que no debían por no parecer “intensas”. Y en medio de todo eso, siento que nos estamos olvidando de lo básico: tratar bien a quien tenemos enfrente.
No al género entero.
No a una teoría.
No a una estadística sacada de internet.
A esa persona.
La que está ahí.
Con su historia, sus errores, sus miedos, sus ganas, sus límites.
Creo que amar después de esta guerra rara entre sexos va a requerir algo difícil: dejar de llegar armados. No indefensos, porque tampoco se trata de confiar a ciegas. Pero sí menos preparados para atacar.
Escuchar antes de acusar.
Preguntar antes de suponer.
Poner límites sin humillar.
Decir lo que duele sin convertirlo en amenaza.
Suena simple, pero no lo es.
Porque a veces el orgullo se disfraza de amor propio. Y claro que hay que tener amor propio. Muchísimo. Pero una cosa es cuidarse y otra es vivir como si todo cariño fuera una trampa.
También pasa al revés: a veces la necesidad se disfraza de amor. Y uno acepta cualquier cosa con tal de no estar solo. Eso tampoco es amar. Eso es miedo con compañía.
Tal vez por eso me gustaría un amor más tranquilo. No perfecto. No de película. Solo un amor donde nadie tenga que ganar todo el tiempo.
Donde un hombre pueda ser sensible sin que se rían de él.
Donde una mujer pueda poner límites sin que la llamen exagerada.
Donde pedir cariño no sea humillarse.
Donde decir “esto no me gusta” no sea empezar una guerra.
No sé si estamos cerca de eso.
A ratos parece que no. Las redes empujan mucho a desconfiar, a generalizar, a competir. Pero fuera de la pantalla todavía hay personas que quieren hacerlo bien. Personas cansadas de jugar. Personas que no buscan dominar a nadie, solo compartir la vida sin perderse a sí mismas.
Yo quiero creer en eso.
En un amor después de la guerra.
Un amor menos orgulloso, menos teatral, menos pendiente de quién tiene el control.
Un amor donde dos personas puedan mirarse sin cobrarse heridas ajenas.
Porque al final nadie quiere vivir peleando siempre.
A veces uno solo quiere llegar a casa, sentarse junto a alguien y sentir que no tiene que defenderse.
