Mae, yo sé que a mucha gente le funciona eso de “escribí lo que llevás dentro” y se siente ligera y toda la cosa. A mí… no siempre. A veces me siento frente a la libreta y me da pereza, o me pongo dramático en dos líneas, o me sale pura frase bonita que no me cambia nada.
Entonces probé otra vara, más fría, casi ridícula: escribir mi día como si fuera un reporte. No un diario sentimental, sino un “informe de incidentes”, como cuando en el brete alguien documenta qué pasó y qué se hizo. Suena feo, pero me dio curiosidad.
Lo hice así:
Evento 1: me desperté tarde.
Causa probable: me quedé scrolleando como idiota.
Daño: salí apurado, desayuné cualquier cosa.
Acción correctiva: dejar el cel cargando lejos. (No sé si lo voy a cumplir.)
Evento 2: me cayó un mensaje que me dejó con mal humor.
Síntomas: contesté cortante, después me arrepentí.
Acción: no responder de inmediato cuando estoy picado. (Esto lo pongo siempre y casi nunca lo hago.)
Y así seguí, mae, con cosas pequeñas: el café que me quedó aguado, el rato en que me desconcentré, la conversación que me dio vergüenza. Lo raro fue que, al escribirlo como reporte, no me sentí juzgándome tanto. Era más como: “ok, esto pasó”, en vez de “qué clase de persona soy”.
¿Me curó? No. Tampoco voy a vender humo. Pero sí me bajó un toque la espuma de la cabeza. Como cuando ordenás el cuarto: el problema de la vida no se va, pero por lo menos encontrás dónde dejaste las llaves.
Lo que no me gustó es que el formato también me deja cómodo: puedo esconderme detrás del “reporte” y no tocar lo importante. O sea, puedo enumerar mil eventos y evitar el único que me duele de verdad. Entonces quedo ahí, en un punto medio: esta escritura me ayuda a arrancar, pero no sé si me alcanza para cambiar algo.
Igual, por hoy, estuvo tuanis: me demostré que escribir no siempre tiene que ser confesión. A veces solo es ponerle etiquetas al caos. Pura vida… por lo menos por un rato.
