No me acuerdo la primera vez que vi la Vía Láctea de verdad. No la “manchita” que uno se imagina desde la ciudad, sino ese río de luz como derramada, con partes más densas, como si el cielo tuviera humo. Fue en el norte, saliendo de Calama, una noche que nos arrancamos con mi hermana después de la pega. Íbamos sin mucha ciencia: termo con café, una frazada, y la idea media infantil de “vamos a mirar estrellas, po”.
A los diez minutos de salir, la ciudad se fue quedando atrás y el ruido también. Y ahí me pegó: de repente había estrellas por todos lados, tantas que me dio como vergüenza no haberlas visto antes. Cachai esa sensación de “esto siempre estuvo aquí y yo no”? Me dio risa y pena a la vez.
Lo chistoso es que por acá hablamos de telescopios como quien habla de un mall: “por allá está el observatorio”, “dicen que llegaron unos gringos”, “que el desierto es el mejor lugar del mundo para mirar”. Pero en el día a día igual uno anda con la cabeza en otras cosas: la micro, la cuenta de la luz, el calor, el polvo que se mete en todo. La cosmología suena bonita, pero lejana. Hasta que te quedas callado mirando arriba y se te desarma el cuento.
Esa noche, mientras tomábamos café, pasaron un par de camionetas con luces fuertes, de esas que te arruinan la vista al tiro. Mi hermana se enojó y yo también, pero después pensé: igual es raro exigir oscuridad total cuando vivimos enchufados. Queremos ver el universo, pero no queremos apagar nada. Ni el celular. Ni las ampolletas del patio. Ni esa urgencia de estar siempre haciendo algo.
Tengo un primo que trabaja cerca de unas antenas grandotas (no sé bien qué hacen, él explica y yo me pierdo). Me dijo una vez que ahí “escuchan” el cielo, no solo lo miran. Y que cuando la gente habla de “mirar estrellas” se queda corta, porque lo que llega es información de hace millones de años. Yo le creo, pero también me da un poco lo mismo en el momento, te soy honesto. Lo que me mueve no es la cifra ni la teoría, es sentirme chico, así, sin drama.
Igual, no todo es romántico. El desierto es precioso, sí, pero también es duro. Hay noches heladas, viento que te corta, y al otro día tienes que levantarte igual. Y a veces pienso que toda esta conversación del cosmos es un lujo, una cosa para cuando ya resolviste lo básico. Pero después me acuerdo de esa oscuridad y se me pasa. Como que mirar arriba te ordena por dentro, aunque no entiendas nada.
Desde esa salida, trato de hacer un mini ritual: una vez al mes, aunque sea, me voy a un lugar piola, apago el auto, y me quedo diez minutos sin música. Ni fotos, ni historias. Solo estar. No me cambia la vida de golpe, no voy a escribir un manifiesto ni nada, pero me deja más liviano.
Y lo mejor: ahora cuando veo luces innecesarias en la noche, no me da solo rabia… me da pena. Porque no es que nos estemos “perdiendo estrellas”, es que nos estamos perdiendo silencio.
