Antes no sabía lo mucho que me estaba reventando por dormir mal.
Pensaba que era normal no más. Llegar cansado, tirarme en la cama, prender la tele y quedarme ahí hasta cualquier hora. A veces ni veía bien lo que estaban dando. Era puro ruido. Pero yo sentía que si apagaba todo y quedaba en silencio, la cabeza se me iba a llenar de cuestiones. Entonces dejaba la tele prendida, aunque fuera puro programa tonto, y me quedaba medio dormido, medio despierto, como flotando.
Al otro día amanecía pesado. De mal genio. Sin ganas de hablar con nadie. Cualquier tontera me molestaba. Si se me caía una cuchara, ya andaba renegando. Si alguien me pedía algo temprano, yo contestaba mal. Y así me fui poniendo, sin darme cuenta: cansado, mañoso y con la cabeza siempre como nublada.
Un día mi hermana me dijo una cosa bien simple. Me dijo: “no estai descansando, estai puro apagándote”. Y me quedó sonando.
Porque era verdad.
Descansar no era lo mismo que caer rendido. Yo creía que sí, pero no. Una cosa es dormir porque el cuerpo ya no da más, y otra es dormir de verdad, tranquilo, soltando el día. Yo nunca soltaba nada. Me iba a la cama con la bulla de la tele, con las preocupaciones, con la rabia, con todo encima.
Entonces empecé con una cuestión chica. Apagar la tele media hora antes. Así de simple. Al principio me costó caleta. Me sentía raro. El silencio me incomodaba. Como que la casa se ponía demasiado seria. Pero seguí igual. Me lavaba la cara, dejaba listo un vaso de agua, miraba un rato por la ventana y me acostaba sin tanto ruido.
No me cambió la vida de un día para otro, tampoco voy a mentir. Pero sí empecé a despertar distinto. Menos atravesado. Más liviano. Hasta el cuerpo se siente menos duro cuando uno duerme mejor.
Yo no tengo grandes teorías ni palabras elegantes para explicarlo. Solo sé que a veces uno cree que está aguantando bien, y no. A veces lo que uno necesita no es plata, ni consejos, ni arrancarse lejos. A veces lo que necesita es algo tan chico como apagar la tele y darse un poco de paz.
