No es que yo “ame la naturaleza” y listo. Ojalá fuera tan simple, tan de postal. Mi conflicto real es otro: yo extraño el silencio, pero también me asusto cuando lo tengo.
La ciudad me entrena. Me afila. Me da esa sensación rara de estar enchufada a una corriente: semáforos, horarios, notificaciones, gente que camina rápido como si el piso quemara. En la ciudad yo sé quién soy: la que resuelve, la que esquiva, la que llega. Me siento útil, incluso cuando estoy cansada. Es un cansancio con propósito, como si el ruido me validara.
Pero después aparece la naturaleza como una pregunta incómoda. No como paisaje, sino como ritmo. En el campo, en el monte, en la costa sin tanta gente, el tiempo no se deja apurar. Y ahí se me cae el truco: no hay a quién demostrarle que estoy “bien”. No hay excusa para no sentir. Solo estoy yo, con mi cabeza haciendo eco.
La ciudad me permite esconderme a plena luz. Puedo estar rodeada de gente y, aun así, no conectar con nadie. Puedo caminar con cara de “todo normal” y nadie me pide que diga la verdad. Eso, a veces, me alivia. Es como tener un anonimato emocional. En la naturaleza no. En la naturaleza me siento expuesta, como si el aire limpio fuera un interrogatorio. Respirar profundo suena hermoso… hasta que te das cuenta de que respirar profundo también destapa cosas.
Entonces voy y vengo. Fantaseo con irme, con una vida más lenta, con menos pantallas, con comida simple y cielo grande. Pero también sé que me gusta la esquina donde compro el café, el kiosco que me salva cuando no planifiqué, el murmullo de fondo que me acompaña como una radio mal sintonizada. La ciudad es mi caos conocido.
Mi conflicto real no es “ciudad mala, naturaleza buena”. Es dependencia versus presencia. La ciudad me da estímulo; la naturaleza me devuelve a mí. Y yo, a veces, no sé si quiero que me devuelvan.
Últimamente estoy probando una tregua: no elegir bando. Meter naturaleza dentro de la ciudad, aunque sea poquito. Caminar sin auriculares. Ir a un parque como si fuera una cita conmigo. Mirar un árbol hasta que la ansiedad se aburra. Y cuando puedo, escaparme un rato, sin prometerme una vida nueva, solo una pausa honesta.
Porque capaz el verdadero dilema no es dónde vivo. Es cómo vivo adentro mío. Y eso… me sigue tironeando.
