Yo antes pensaba que las plantas eran una pavada. Una cosa de gente con tiempo, con patio lindo, con esas manos que tocan la tierra y parece que saben. Yo no. Yo siempre fui medio bruto para esas cosas. Si una planta se secaba en mi casa, yo decía “y bueno, qué se le va a hacer” y la dejaba ahí hasta que daba pena mirarla.
La verdad es que nunca tuve paciencia. Ni para las plantas ni para casi nada. Quería que todo saliera rápido. Si algo no funcionaba de una, lo largaba. Me pasaba con changas, con ideas, con ganas que me agarraban de golpe. Arrancaba embalado y a los pocos días ya estaba cansado, con bronca o aburrido.
Pero un verano, no sé bien por qué, compré dos plantines de tomate en una feria. Eran chiquitos, medio flacos, no parecían gran cosa. Los compré más por impulso que por otra cosa. Capaz porque estaban baratos. Capaz porque la mujer que me los vendió me dijo: “si los cuidás, te van a dar una alegría”. Y a mí esa frase me quedó dando vueltas.
Los puse en dos tachos viejos que tenía en el fondo. Les tiré tierra, agua y nada más. Al principio pensé que era como todo: o sale o no sale. Pero con los días me fui acercando. Miraba si la tierra estaba seca. Les acomodaba un palito para que no se vencieran. Les sacaba unas hojitas feas. Una boludez, sí, pero empecé a mirar algo que no fuera mi cabeza todo el tiempo.
Y eso me hizo bien.
Porque cuando uno vive enroscado, cualquier cosa es problema. Si no hay plata, problema. Si hace calor, problema. Si uno está solo, problema. Si hay ruido, problema. Yo venía así, con el alma cruzada, protestando por todo. Y de pronto tenía esos dos tomates ahí, creciendo despacito, sin apuro, sin hacer escándalo. Como diciendo: “mirá que no todo se resuelve a los golpes”.
La primera vez que vi una florcita amarilla me puse contento de verdad. Y cuando salió el primer tomate, chiquito y verde, te juro que sentí orgullo. Un orgullo simple, callado. Como cuando de pibe te sale algo bien y nadie te lo tiene que aplaudir para que valga.
No digo que ahora sea jardinero ni nada de eso. Sigo siendo el mismo. Me sigo calentando al pedo, sigo diciendo malas palabras, sigo teniendo días torcidos. Pero aprendí algo. Cuidar una planta me enseñó a bajar un cambio. A entender que algunas cosas tardan. Que no por tardar salen mal.
Y también entendí esto: a veces una persona no necesita cambiar toda la vida de golpe. A veces le alcanza con empezar por dos tomates.
