Dos tomates y paciencia

19 de marzo de 2026

El relato explora cómo el cuidado de dos tomates transformó la visión del autor sobre la paciencia y el crecimiento personal. A través de esta experiencia, se aprende que algunas cosas requieren tiempo y que los cambios pueden ser sutiles pero significativos.

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Yo antes pensaba que las plantas eran una pavada. Una cosa de gente con tiempo, con patio lindo, con esas manos que tocan la tierra y parece que saben. Yo no. Yo siempre fui medio bruto para esas cosas. Si una planta se secaba en mi casa, yo decía “y bueno, qué se le va a hacer” y la dejaba ahí hasta que daba pena mirarla.

La verdad es que nunca tuve paciencia. Ni para las plantas ni para casi nada. Quería que todo saliera rápido. Si algo no funcionaba de una, lo largaba. Me pasaba con changas, con ideas, con ganas que me agarraban de golpe. Arrancaba embalado y a los pocos días ya estaba cansado, con bronca o aburrido.

Pero un verano, no sé bien por qué, compré dos plantines de tomate en una feria. Eran chiquitos, medio flacos, no parecían gran cosa. Los compré más por impulso que por otra cosa. Capaz porque estaban baratos. Capaz porque la mujer que me los vendió me dijo: “si los cuidás, te van a dar una alegría”. Y a mí esa frase me quedó dando vueltas.

Los puse en dos tachos viejos que tenía en el fondo. Les tiré tierra, agua y nada más. Al principio pensé que era como todo: o sale o no sale. Pero con los días me fui acercando. Miraba si la tierra estaba seca. Les acomodaba un palito para que no se vencieran. Les sacaba unas hojitas feas. Una boludez, sí, pero empecé a mirar algo que no fuera mi cabeza todo el tiempo.

Y eso me hizo bien.

Porque cuando uno vive enroscado, cualquier cosa es problema. Si no hay plata, problema. Si hace calor, problema. Si uno está solo, problema. Si hay ruido, problema. Yo venía así, con el alma cruzada, protestando por todo. Y de pronto tenía esos dos tomates ahí, creciendo despacito, sin apuro, sin hacer escándalo. Como diciendo: “mirá que no todo se resuelve a los golpes”.

La primera vez que vi una florcita amarilla me puse contento de verdad. Y cuando salió el primer tomate, chiquito y verde, te juro que sentí orgullo. Un orgullo simple, callado. Como cuando de pibe te sale algo bien y nadie te lo tiene que aplaudir para que valga.

No digo que ahora sea jardinero ni nada de eso. Sigo siendo el mismo. Me sigo calentando al pedo, sigo diciendo malas palabras, sigo teniendo días torcidos. Pero aprendí algo. Cuidar una planta me enseñó a bajar un cambio. A entender que algunas cosas tardan. Que no por tardar salen mal.

Y también entendí esto: a veces una persona no necesita cambiar toda la vida de golpe. A veces le alcanza con empezar por dos tomates.

Texto anónimo: Este texto ha sido publicado de forma anónima en Mentes Propias.

Composición del texto
Predomina: Pensamiento íntimo · 25%
Relato íntimo y cotidiano sobre cómo el cuidado de dos plantas de tomate enseña paciencia y una forma más tranquila de habitar la vida.
  • El eje está en la vida interior del narrador: su impaciencia, cansancio, torpeza, enojo, soledad y pequeño aprendizaje personal.
  • El pensamiento surge de escenas comunes: comprar plantines en una feria, ponerlos en tachos, regarlos, mirar la tierra y ver crecer tomates.
  • La idea se expresa mediante una voz narrativa coloquial, escenas, ritmo oral e imágenes como 'el alma cruzada' o los tomates creciendo 'sin hacer escándalo'.
  • El texto plantea una transformación personal concreta: aprender a bajar un cambio y empezar por algo pequeño en lugar de cambiar toda la vida de golpe.
  • Hay presencia de bronca, aburrimiento, alegría y orgullo sencillo ante el crecimiento de los tomates, aunque las emociones acompañan más que dominan.
  • Hay una reflexión moderada sobre el ritmo de la vida, el cambio personal y la necesidad de no transformar todo de golpe.
  • Incluye una reflexión general sobre la paciencia, el tiempo y el valor de lo que tarda, pero sin desarrollo abstracto amplio.
  • Apenas aparece un cuestionamiento leve a la impaciencia y a resolver todo 'a los golpes', pero no estructura el texto como crítica social o cultural.
  • La dimensión social es mínima: aparecen la feria, la vendedora, la falta de plata o la soledad, pero no se desarrolla una mirada sobre convivencia o comunidad.
  • Hay una presencia mínima ligada al cuidado y la responsabilidad hacia algo vivo, pero no se formula como dilema moral.
  • No propone mundos alternativos ni hipótesis imaginativas; la personificación de los tomates funciona más como recurso literario que como composición creativa central.
  • No predomina el análisis conceptual, teórico o cultural; el texto se sostiene en experiencia narrada.

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