No sé a quién le cae esto, pero lo voy a dejar acá, flotando, como quien deja una campera en el respaldo de una silla para decir “ya vuelvo” aunque sepa que no vuelve. Porque hay un duelo del que casi no se habla: el duelo por la vida que no pasó, por la versión tuya que quedó esperando.
Yo le digo “duelo de futuro”. No por dramático, sino porque se parece a despedirte de algo que todavía respiraba en tu cabeza. Durante años tuve una película armada. No era un plan prolijo; era una escena repetida: yo en cierto trabajo, yo viviendo en Montevideo con la rambla, yo siendo “más yo”, sin la sensación de estar apretado por dentro.
Y ta… la vida hizo lo suyo. Un día decís “después”. Después te dice “mirá que ya es ahora”. Y cuando querés acordar, ese futuro ya no está. No porque sea imposible, sino porque vos ya cambiaste. Tu energía no es la misma, tu cuerpo no negocia igual, tu paciencia se achicó. Y aparece una tristeza rara: no por lo que perdiste afuera, sino por lo que no llegaste a ser.
Me pasa con cosas chiquitas. Guardé una libreta durante años para “cuando tenga tiempo” escribir. Está casi nueva. Y cuando la agarro, no me da culpa; me da ternura triste. Como si esa libreta fuera un gurí esperando paseo. La miro y pienso: “vos creías que íbamos a tener una tarde entera, ¿no?”. Y yo acá, con mis tardes partidas, juntando silencio como quien junta monedas para el ómnibus.
Me pasa también con la gente. Amistades que eran promesa. Amores que eran un “capaz” larguísimo. No se rompieron con pelea ni con traición: se fueron gastando. Y lo peor es que no sé a quién reclamarle, porque nadie hizo nada “mal”. Simplemente no fue. Y ese “no fue” pesa, pesa.
Encima, hay una parte del mundo que no sabe qué hacer con ese peso. Te dicen “mirá para adelante” como si fuera un botón. Y sí, miro. Pero por dentro queda una habitación con muebles viejos: cosas que ya no usás, pero tampoco tirás. Y a veces, sin aviso, se abre la puerta y te entra el olor a lo que pudo haber sido.
A mí se me activa con los sonidos. Hay ruidos que me dejan como electrificado: una moto fina, un timbre insistente, una tele fuerte al lado. En ese estado, cualquier recuerdo rebota más. Y ahí aparece esa versión mía: la que quería una vida más simple, con menos estímulos y más espacio. Y me da bronca, porque eso no era capricho: era necesidad.
Pero también, y esto me cuesta decirlo, me da alivio. Porque hay futuros que uno idealiza y que, si los mirás bien, eran una trampa. A veces ese “yo” que yo quería ser estaba armado para gustar, para demostrar, para no decepcionar. Era un yo que no se permitía frenar. Y capaz que si la vida me lo hubiera dado tal cual, yo igual habría terminado cansado, actuando una versión linda por fuera, pero falsa por dentro.
Entonces quedo en una mezcla rara: duelo y gratitud, como mate dulce con yerba fuerte. Me duele la puerta cerrada, pero también me calma saber que no tengo que entrar a la fuerza.
Hay días que hago un ritual chiquito para no quedarme pegado: preparo un mate y, antes del primer sorbo, abro la libreta. No para escribir “la gran obra”, sino una línea: “hoy me dolió esto”. A veces no sale nada más. Pero esa línea es como decirle a ese futuro: “te veo, no te niego”. Después cierro y sigo. Es poca cosa, pero me ordena.
Hoy caminé por la rambla con viento fresco y me pasó algo mínimo: no tuve que “producir” nada. No saqué foto. No lo convertí en aprendizaje. Solo caminé. Y en ese caminar, por un rato, el futuro dejó de ser obligación y se volvió un espacio que se puede habitar de a poquito. Como prender una luz tenue y decir: “ta, por acá”.
No sé si esto se cierra. Capaz que este duelo no se cierra; se acomoda. Se vuelve cicatriz que a veces pica con el clima. Pero quiero dejar esto escrito, al aire, para acordarme cuando me agarre la nostalgia fea: no soy solo lo que no hice. No soy solo la versión que quedó esperando. También soy este presente medio desprolijo, pero real, donde todavía puedo elegir cosas chiquitas que me hacen bien.
Y si mañana vuelve la tristeza, está bien. La voy a dejar pasar como pasan las nubes sobre el Río de la Plata, sin llamarla fracaso. Porque una vida no se mide por cuántos futuros cumpliste, sino por cuánta verdad pudiste sostener mientras el mundo te empujaba a ser otra cosa.
