Hay días en que el mundo se me mete por debajo de la piel sin pedir permiso. No como una noticia puntual, no como “pasó esto allá lejos”, sino como una especie de humedad interna. Me despierto, miro la ventana, y aunque el cielo esté bonito, igual siento ese peso. Como si el aire trajera una pregunta que no sé responder: ¿y si ya estamos tarde?
No sé cuándo empecé a ponerle nombre, pero ahora lo digo en voz baja: ecoansiedad. Ansiedad climática. Un miedo raro que no es a un monstruo ni a un asalto, sino a algo más grande y más lento. Un miedo que no grita, pero que insiste. Me pasa cuando veo un río más flaco que antes, cuando llega calor en meses que deberían ser frescos, cuando aparece humo en la tele y la gente lo comenta como si fuera “otro incendio más”. Ahí es cuando me da como un temblor por dentro, una sensación de estar tratando de sostener un vaso que se llena solo.
Y lo más heavy, po, es que no siempre se nota por fuera. Uno sigue haciendo las cosas: trabajo, compras, cuentas, mensajes. A veces hasta me río, cachái. Pero por dentro es como si hubiera una alarma con la batería gastada: no suena fuerte, pero no se apaga nunca. Me sorprendo pensando en el cambio climático a la hora más tonta, como cuando estoy lavando un plato o esperando el micro. No es que quiera, es que mi cabeza se engancha sola.
He probado la ruta típica: “apaga el teléfono”, “no veas tantas noticias”, “enfócate en lo tuyo”. Y sí, ayuda un rato, pero después vuelve. Porque no es solo info. Es una mezcla de conciencia ambiental con culpa y con impotencia. Esa mezcla que te hace sentir que cualquier cosa que hagas es poca, y que cualquier cosa que no hagas es un pecado. Hay gente que te dice “si te importa, actúa”, y hay otros que te tiran “ya, pero tú igual contaminas”. Y ahí quedo, como en el medio de una pelea que nadie me pidió pelear, pero que igual me afecta.
A veces me pillo en una especie de cálculo obsesivo: cuánto plástico usé, cuántas veces prendí el auto (cuando lo uso), si la bolsa era necesaria, si el envío a domicilio fue un capricho. Y ojo, no creo que sea malo cuestionarse. Lo que me mata es la sensación de que el mundo se juega una partida gigante y yo estoy aquí tratando de ganar con una cucharita. Como que mi esfuerzo es sincero, pero el tablero está hecho para que pierdas.
Lo raro es que la ecoansiedad también tiene momentos bien íntimos, casi espirituales. Me pasa cuando salgo a caminar y me quedo mirando un árbol, como si lo estuviera saludando de verdad. Me dan ganas de pedir perdón por cosas que ni siquiera hice yo, como si fuera parte de una familia que se mandó una cagá y ahora toca hacerse cargo. Me pasa con el mar también. Hay un rato en que lo miro y se me calma algo, pero al mismo tiempo siento pena. Como si la belleza viniera con una nota al pie: “esto no está garantizado”.
He notado que mi cuerpo reacciona antes que mis palabras. Me aprieto la mandíbula. Se me corta el sueño. Me da esa ansiedad que parece café, pero sin el café. Y después me viene la vergüenza, porque me digo “ya, ponte seria, hay gente pasándolo peor”. Pero esa comparación no me sana; solo me deja más solo. La salud mental no funciona por competencia, y la preocupación por el planeta tampoco debería ser una prueba de quién aguanta más sin quebrarse.
Lo que me ha servido, de a poco, es dejar de pensar que tengo que cargar el planeta en la espalda. No porque no importe, sino porque yo no soy un dios ni una empresa gigante ni un gobierno. Soy una persona. Y una persona puede hacer cosas pequeñas que, juntas, se vuelven algo. Pero para eso necesito respirar primero. Necesito que mi conciencia ambiental no se convierta en castigo.
Entonces he empezado a hacer un pacto silencioso conmigo. Uno simple, casi tierno: hoy hago una cosa posible. No diez, no cien. Una. A veces es separar residuos bien. A veces es cocinar con lo que ya tengo para no botar comida. A veces es hablar con alguien, sin sermón, solo diciendo “oye, esto me da vuelta en la cabeza”. Y, curiosamente, cuando lo digo así, sin disfraz de experto, aparece algo parecido a la conexión. Como si no fuera el único con este nudo.
También he aprendido a desconfiar de la perfección. La sostenibilidad no debería ser una religión donde si fallas quedas fuera. Porque si la única forma de participar es ser impecable, entonces casi nadie participa. Y yo no quiero eso. Yo quiero una vida donde la responsabilidad no me quite la ternura. Donde cuidar no sea solo “deber”, sino también una forma de amor, aunque sea torpe.
Hay noches en que igual me asusto. No lo voy a pintar bonito. Pero a veces, justo cuando siento que me estoy hundiendo en esa tristeza grande, me acuerdo de algo simple: todavía puedo elegir cómo estar aquí. Puedo vivir con atención. Puedo mirar el mundo como si fuera sagrado, no por mística barata, sino porque de verdad lo es. Puedo tratar mi miedo como una señal, no como una condena.
Y si alguien lee esto y le pasa algo parecido, ojalá sepa que no está “exagerando”. La ecoansiedad no es una moda. Es una respuesta humana a un cambio real. Lo importante, creo yo, no es apagarla a la fuerza, sino transformarla: que esa ansiedad climática no me deje paralizado, pero tampoco me vuelva un robot sin emoción. Que se convierta en cuidado. En presencia. En comunidad.
Porque, al final, yo no necesito sentirme héroe. Necesito sentirme parte. Y cuando logro eso, aunque sea por un ratito, el nudo afloja. Y el pecho, por fin, vuelve a ser un lugar donde cabe el aire.
