Un instinto que viene “de fábrica”
El egoísmo es raro: lo criticamos como si fuera una elección moral, pero muchas veces se siente como un reflejo. Como estornudar. Como apretar los dientes cuando algo te asusta. Y si lo miro sin maquillaje, entiendo de dónde viene: es un instinto de supervivencia, una especie de software preinstalado que dice “primero yo, después vemos”.
El problema es que el mundo para el que ese software fue diseñado ya no existe. Antes, “sobrevivir” era un asunto de cuerpo: hambre, frío, depredadores, tribu contra tribu. Ahora, sobrevivir también es un asunto de especie: clima, tecnología, desigualdad, pandemias, guerras, desinformación. Cosas que no se resuelven con el codazo individual.
Y ahí aparece la contradicción que me persigue: lo que nos salvó durante miles de años puede ser lo que nos impida dar el salto siguiente.
Mi egoísmo no se siente villano
Yo no me levanto diciendo “hoy voy a ser egoísta”. Qué va. Mi egoísmo aparece con cara simpática, con voz razonable, con frases que suenan hasta responsables:
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“Me lo merezco.”
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“Si no me cuido yo, nadie me cuida.”
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“Primero resuelvo lo mío y después ayudo.”
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“No puedo cargar con todo.”
Y ojo: muchas de esas frases son verdad. El autocuidado existe y es necesario. El límite es sano. Pero a veces yo uso esas verdades como un escondite. Como una cortina: me protejo… y de paso me desconecto.
Me doy cuenta cuando empiezo a vivir en modo “escasez”, aunque tenga comida en la heladera y techo sobre la cabeza. Escasez de tiempo, de energía, de paciencia, de esperanza. Y cuando siento escasez, mi cerebro se vuelve chiquito. Me enfoco en mi metro cuadrado y todo lo demás se vuelve ruido.
Ahí el egoísmo no se siente maldad. Se siente “gestión”.
La trampa del corto plazo
Si tuviera que resumirlo en una línea, diría esto: el egoísmo es buenísimo para ganar el día, pésimo para ganar el futuro.
Porque el egoísmo suele ser corto-placista. Te da un alivio inmediato: acaparás, te defendés, cerrás la puerta, te guardás lo tuyo. Es como poner un balde abajo de una gotera: te salva el piso hoy… pero no arregla el techo.
Y lo peor es que, cuando funciona en el corto plazo, se vuelve adictivo. “Viste, hice la mía y me fue bien.” Entonces lo repetís. Y después lo repetís tanto que te convencés de que ésa es la única forma de estar a salvo.
Pero como especie, el corto plazo nos está saliendo caro.
La idea incómoda: evolucionar es coordinar
Hay una frase que me queda dando vueltas: una especie no evoluciona solo por competir; evoluciona por coordinar.
Suena contraintuitivo porque nos contaron el cuento de la selva como si fuera pura pelea. Y sí, hay competencia. Pero también hay cooperación a niveles absurdos: células formando cuerpos, cuerpos formando comunidades, comunidades formando culturas, culturas formando ciencia.
La coordinación es el superpoder invisible. Y me animo a decir algo más: la coordinación requiere renunciar a una parte de la ventaja individual inmediata. No toda, pero sí una parte. Es como manejar en rotonda: si nadie cede un centímetro, no pasa nadie. Si uno cede un poquito, circulan todos.
Entonces mi pregunta no es “¿cómo eliminamos el egoísmo?”, porque eso es fantasía. Mi pregunta es: ¿cómo lo domesticamos para que no nos trabe la evolución?
El egoísmo de supervivencia vs. el egoísmo de sentido
Acá va mi propuesta (que me la digo a mí misma cuando me agarro en modo “yo primero y que se arreglen”):
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Egoísmo de supervivencia: el que te protege cuando hay peligro real.
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Egoísmo de sentido: el que te cuida para poder contribuir.
El primero es instinto. El segundo es estrategia.
La diferencia práctica es simple: el egoísmo de supervivencia te encierra; el egoísmo de sentido te recarga para volver a abrirte. Uno dice “me salvo solo”; el otro dice “me cuido para no romperme, y después vuelvo al juego común”.
Y sí, “juego común” suena cursi, pero es real. Vivimos en un tablero compartido aunque finjamos que no.
Un experimento chiquito, con consecuencias grandes
Yo hago un ejercicio medio raro (y te juro que esto me cambia el día). Antes de tomar una decisión egoísta, me hago dos preguntas:
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¿Esto me protege o me aísla?
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¿Esto mejora el futuro o solo me alivia ahora?
Si la respuesta es “me aísla” y “solo alivia”, trato de ajustar la decisión, aunque sea un 5%. No para ser santa. Para no perder humanidad.
A veces el ajuste es mínimo: responder un mensaje con honestidad en vez de clavar el visto; compartir un recurso; reconocer un error; ceder una prioridad; pedir perdón rápido; donar un rato de atención.
Parece poco. Pero yo creo que la evolución se juega en acumulación de gestos. No en discursos épicos.
Lo que quiero que me quede grabado
Acá van tres frases que me gustaría recordar cuando el instinto me tire para adentro:
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Si mi seguridad depende de la soledad, no es seguridad: es encierro.
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Cuidarme no es apartarme: es prepararme.
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El futuro se construye en equipo, aunque el ego grite lo contrario.
Cierro con una imagen
Me imagino a la humanidad como una banda de gente brillante, cansada y medio asustada, tratando de armar una nave espacial con herramientas que no siempre encajan. Uno trae el plano, otro trae el metal, otro trae la energía, otro trae el cuidado, otro trae la calma.
Y en el medio está el egoísmo, como una mano que dice “esto es mío” justo cuando hace falta pasarlo.
No lo voy a demonizar. Lo voy a entender. Pero tampoco lo voy a dejar conducir.
Porque si el egoísmo es un instinto de supervivencia, entonces la cooperación —la de verdad, la que cuesta— es un acto de evolución. Y yo, la verdad, quiero vivir más cerca de esa versión. Aunque me salga torpe. Aunque me salga lento. Aunque a veces tenga que recordármelo con un “che, aflojá… y compartí un poco”.
