Parce, yo no sé en qué momento nos dio por vivir a punta de audios. Antes uno llamaba y ya. Ahora no: uno manda un minuto, dos minutos, cinco minutos, y se queda tranquilo, como si hubiera cumplido con la vida. Hasta que un día mandás el audio donde no es… y ahí sí, qué pena.
A mí me pasó esta semana. Yo tengo un grupo de la familia (ustedes ya se imaginan: tías, primos, cadenas, stickers, “buenos días” con flores) y tengo otro grupo con mis amigos del trabajo. Pues yo estaba en el trabajo, estresado, y un compañero me escribió preguntando si yo podía cubrirle un turno el sábado. Y yo, todo indignado, porque venía cansado y con mil cosas, le grabé un audio a un amigo mío diciendo algo como: “No, qué pereza, ese man siempre sale con lo mismo, y yo de bobo digo que sí”.
Y claro… lo mandé al grupo de la familia.
Yo me di cuenta a los tres segundos, pero fueron los tres segundos más largos de mi existencia. Vi el circulito azul, vi el audio ahí, quietico, como mirándome, y sentí que me subía el calor a la cara. Intenté borrarlo “para todos”, pero ya había una tía conectada. Y cuando una tía está conectada, eso es peor que un satélite.
Mi tía mandó un “¿Cómo así?” y un emoji de ojos. Luego mi prima soltó un “JAJAJA” porque ella vive del caos. Mi mamá, que es la única que siempre intenta salvarme, escribió: “¿Ese audio era aquí?” como si la pregunta pudiera devolver el tiempo.
Lo peor es que el audio no decía nada gravísimo. No era insulto fuerte ni nada. Era más bien ese quejido cotidiano que uno suelta para desahogarse. Pero dicho en el lugar equivocado suena como si uno fuera un amargado profesional. Y yo, que me creo buena gente, quedé como el que habla por detrás.
Ahí fue cuando me tocó hacer algo que detesto: explicar. Y explicar mata el chiste, pero también mata la excusa. Entonces mandé otro audio, ya con voz de persona decente: “Familia, perdón, me equivoqué de chat. Era una conversación del trabajo. No es contra nadie de ustedes, ni nada. Ando cansado. Disculpen”.
Y listo. Se hizo silencio. Ese silencio de chat es rarísimo, porque nadie te está mirando de verdad, pero igual uno siente que lo están juzgando en fila.
Después, en la noche, me quedé pensando que el humor hoy es como un accidente de tránsito chiquito: uno se ríe, pero también se preocupa. Porque a veces el chiste nace de la metida de pata, y uno se ríe por nervios. Y también porque es fácil hacerse el gracioso cuando el ridículo le pasa a otro… pero cuando te pasa a vos, ya no es tan “jajaja”, sino “trágame, tierra”.
Al final, mi tía volvió y puso un sticker de un gato tapándose la cara, como diciendo “ya, olvidemos”. Y yo agradecí, porque esas pequeñas misericordias familiares también son humor, pero del bueno: el que no humilla, sino que afloja.
No sé cuál es la moraleja. Capaz ninguna. Capaz solo que uno debería revisar dos veces antes de mandar un audio… pero bueno, si yo hiciera todo lo que “debería”, ya sería otra persona.
