A las 2:48 de la madrugada me despertó un “tum, tum” que no venía de mi corazón, sino de la pared. Uno puede estar rendido y aun así el oído se queda de guardia. Abrí un ojo y pensé: “ya pues, seguro pasa en un ratito”. Pero no. El bajo siguió y mi sueño se fue como si lo hubieran espantado.
Vivo en un departamento donde el ruido viaja. Si alguien arrastra una silla arriba, lo siento. Si en el pasillo se ríen, me entero. Y si a alguien se le ocurre celebrar un cumpleaños un martes, también. En el día uno aguanta, pero en la noche me vuelvo delicado. Como si mi paciencia tuviera horario.
Ahí me acordé de eso de la “higiene del sueño”. Uno lee consejos: que apagues pantallas, que no tomes café tarde, que oscurezcas el cuarto, que respires lento. Suena bien. Yo he probado varias cosas, y algo ayudan. Pero hay una parte que nadie te resuelve: ¿qué hacés cuando el problema no está dentro de tu cuarto, sino en el edificio entero?
Esa noche hice de todo. Cerré ventanas, me cambié de lado, me tapé con la almohada (mala idea, me dio calor), conté números y me perdí. Pensé en tocar la puerta del vecino, pero me imaginé la escena y no me animé. Me quedé ahí, tragando rabia bajito, que es la rabia más inútil.
Al día siguiente se notó. Andaba irritable por cualquier tontera. Me preguntaron algo simple en el trabajo y respondí seco. Después me dio vergüenza, pero igual ya lo había hecho. Cuando duermo mal, me pongo defensivo, como si todo fuera ataque. Y ahí aparece la culpa, porque uno quiere ser “buena gente”, pero con sueño todo se descose.
En la tarde una amiga me dijo: “comprate tapones, pues”. Y sí, compré. Funcionan a medias y me despierto con la sensación de estar bajo el agua, pero algo ayudan. También probé ruido blanco en el celular (otra vez el celular, metido en todo): a ratos me calma, a ratos me desespera. Es tapar un ruido con otro ruido, nomás.
La conclusión que me sale no es elegante: dormir bien depende de uno… y también de los demás. Y eso incomoda, porque a mí me gusta creer que si hago todo “correcto”, el resultado llega. Pero no siempre. A veces la higiene del sueño es una lista de buenos hábitos y, aun así, te toca un vecino con parlante y ya fue. Y tampoco quiero demonizarlo: capaz esa noche era su alegría. Solo que su alegría se mete en mi cuarto. Lo más probable es que ni sepa que el sonido atraviesa paredes; para él es normal. Para mí es una alarma al oído.
He pensado en hablarlo en la reunión del edificio, pero me da flojera y miedo a la pelea. Entonces quedo en un punto medio. Hago lo que puedo: si sé que al día siguiente tengo algo importante, me acuesto antes (por si pierdo horas), bajo un poquito el café, dejo tapones listos. A veces funciona. A veces no. Y cuando no, trato de no castigarme todo el día por estar cansado.
Capaz esto no es una gran idea filosófica. Pero me queda algo: el sueño no es solo descanso, también es convivencia. Y por más “higiene” que uno quiera, hay noches que son negociación: con el ruido, con la vergüenza de reclamar, con la culpa de molestarte. Y ahí uno aprende lo básico: cuidar el sueño no siempre es apagar una pantalla; a veces es animarte a pedir silencio sin sentirte el malo de la historia.
