Hay una escena que me quedó pegada, bo, porque pasa seguido y al mismo tiempo nadie la señala. Estábamos en un asado, tranqui, mate por la vuelta, charla de laburo, de familia, de esas cosas. En un momento un amigo tiró un comentario medio pesado sobre otro: no fue un insulto directo, pero sí de esos que pinchan donde duele, como si te dijera “yo sé por dónde agarrarte”.
Se hizo un silencio chiquito. Nada dramático, pero se notó. Y ahí vino lo automático: el mismo que había tirado el comentario remató con un chiste, uno de esos que te obliga a elegir rápido: o te reís y seguís, o no te reís y quedás como el amargado que “no entiende el humor”.
La mayoría se rió. Yo también, con esa risa cortita que es más una salida de emergencia que una risa de verdad. Y el otro… el que había recibido el golpe… sonrió medio torcido, como quien firma un papel sin leerlo. En cinco segundos, el humor tapó el conflicto. Y listo: asunto cerrado sin estar cerrado.
Desde ahí me empezó a interesar un tipo de humor que casi nunca se discute: el humor como coartada. No el humor que une, ni el humor que alivia, ni el humor que te salva en un día de miércoles. Hablo del humor que funciona como “ya está, era joda”, o “no te lo tomes así”, o “vos sabés cómo soy”. Ese humor es muy eficiente: baja la tensión, sí, pero también apaga algo importante: la posibilidad de hacerse cargo.
A veces lo usamos sin mala intención. Te sale solo. Es un reflejo. Decís algo fuera de lugar y, en vez de frenar, lo envolvés en un chiste para que no duela. Pero el problema es que el chiste no borra lo dicho: lo desplaza. Lo manda al sótano, donde después vuelve en forma de distancia, resentimiento, o esa incomodidad que nadie nombra pero todos sienten.
Me doy cuenta de que hay dos humores que se parecen por fuera pero son opuestos por dentro:
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Humor puente: el que te acerca, el que se ríe con el otro, el que baja la solemnidad para poder hablar mejor.
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Humor escudo: el que te protege a vos, el que te permite no mirar lo que hiciste, el que se ríe de algo para no hacerse cargo de nada.
El humor puente suele venir con un gesto que lo delata: después del chiste, aparece una frase honesta. Algo tipo “pa, me fui al pasto” o “te jodí y no da”. En cambio el humor escudo cierra la puerta: “era broma” y chau.
Y acá me la juego con una regla casera, medio imperfecta, pero que me sirve: si el chiste deja al otro sin opción digna, es un mal chiste. Porque hay chistes que son graciosos, sí, pero te ponen a la otra persona en una trampa: o se ríe y se deja pasar por arriba, o se defiende y queda como exagerada. Eso, para mí, no es humor: es una forma elegante de ganar sin discutir.
Lo complicado es que en Uruguay (y supongo que en todos lados) tenemos una cultura donde “aflojar” es un valor. No ser intenso, no armar lío, no dramatizar. A mí me encanta esa liviandad… hasta que se vuelve una excusa para no hablar de lo que importa. Porque hay heridas chiquitas que, si nunca las nombrás, terminan volviéndose costumbre. Y la costumbre desgasta.
No estoy diciendo que tengamos que volvernos solemnes, ni andar pidiendo perdón por respirar. De hecho, hay humor que es salud mental, literal. Pero me gustaría que pudiéramos distinguir mejor cuándo el chiste está ayudando y cuándo está escondiendo.
Yo mismo me pillé haciéndolo. Una vez le cancelé a alguien a último momento, sin mucha explicación, y en vez de decir “me manejé mal”, tiré una frase graciosa para zafar. Quedé simpático, sí. Pero también quedé impune. Y eso, a la larga, te arruina los vínculos porque te acostumbrás a que la simpatía pague la cuenta de lo que no querés enfrentar.
Capaz la pregunta no es “¿está bien o mal bromear?”, sino esta: ¿qué estás comprando con ese chiste?
Si comprás aire para hablar mejor, buenísimo.
Si comprás silencio para no mirarte, ojo.
No tengo un cierre perfecto (ni quiero chamuyar uno). Solo me quedó una imagen: el humor puede ser medicina o puede ser maquillaje. Y el maquillaje no es malo… salvo cuando lo usás para tapar una herida que necesita otra cosa.
Y ahí sí, bo: cuando el chiste aparece justo donde habría que decir “perdón”, conviene parar un segundo. Aunque sea incómodo. Aunque se enfríe un poco el asado. Porque a veces lo más valiente no es hacer reír: es hacerse cargo sin el salvavidas.
