No fue viendo un documental ni leyendo una noticia tremenda. A mí la ecoansiedad me empezó de una forma más chica, más tonta, más doméstica. Me empezó cuando dejé de mirar la lluvia como lluvia.
Antes, si llovía, llovía no más. Si hacía calor, hacía calor. Ahora no. Ahora cada cambio de tiempo me parece mensaje. Cada verano largo me suena a aviso. Cada árbol seco me deja una idea zumbando atrás de la cabeza, como cuando uno siente que algo anda raro en la casa aunque todavía no se haya cortado la luz.
Lo raro es que no vivo gritando por eso. Al contrario. Sigo haciendo café, lavando platos, respondiendo mensajes, mirando precios, pensando en cuentas. Mi angustia climática no tiene épica. No me agarro la cabeza frente a una ventana. Me pasa algo más fome y más constante: una sensación de fondo, como si el planeta estuviera respirando mal y yo, sin darme cuenta, me hubiera puesto a copiarle el ritmo.
Hay gente que cree que la ecoansiedad nace de amar mucho la naturaleza. En mi caso no fue tan poético. Nació cuando empecé a notar que el mundo físico, ese que se suponía firme, ya no se sentía firme. Y eso me movió más de lo que yo mismo quería admitir. Porque una cosa es tener problemas humanos, de esos de siempre: plata, vínculos, cansancio, miedo al futuro. Pero otra muy distinta es empezar a sospechar que hasta el escenario donde ocurren esos problemas se está volviendo inestable.
Ahí fue cuando me cayó la teja: tal vez lo que angustia no es solo el desastre, sino la pérdida de confianza. Yo crecí con la idea de que el fondo del mundo estaba ahí, más o menos quieto. Que uno podía equivocarse en su vida, pero no en el clima de las estaciones. Y resulta que no. Resulta que hasta eso se movió.
Entonces aparece una culpa media inútil. Si compro algo, pienso en residuos. Si uso aire, pienso en energía. Si no hago nada, me siento cobarde. Si hago gestos pequeños, me siento ridículo. Es cansador, porque la cabeza empieza a funcionar como una fiscalía. Nada alcanza. Todo parece poco. Y, para peor, una parte de mí sospecha que convertir cada acto cotidiano en examen moral tampoco salva a nadie.
Con el tiempo, lo único que me sirvió un poco fue dejar de imaginarme como héroe o como culpable central. Yo no puedo arreglar el clima desde mi cocina, pero tampoco quiero volverme de piedra. Entre la omnipotencia y la indiferencia hay un espacio más honesto: hacerse cargo de algo sin creerse el salvador del siglo.
Hoy trato de pararme ahí. No para vivir tranquilo, porque tranquilo no estoy del todo, sino para no volverme inútil de puro miedo. Hacer algunas cosas concretas. Hablar del tema sin teatro. Aguantar la incomodidad sin convertirla en identidad. Y, sobre todo, no burlarme de esta angustia, porque aunque a veces parezca exagerada, viene de un lugar muy cuerdo: de haber entendido que la Tierra no es el decorado de nuestra vida. Es la casa. Y cuando la casa cambia de ánimo, uno también cambia por dentro.
