Me di cuenta tarde
Yo pensaba que conocerse a uno mismo era otra cosa.
Pensaba que tenía que ver con saber qué me gusta, qué no tolero, a quién extraño, qué me da miedo, de qué manera quiero vivir. Y sí, todo eso cuenta. Pero durante años dejé afuera una parte bastante obvia de mí: el cuerpo. No como imagen, no como estética, no como envase. El cuerpo como fuente de información. El cuerpo como idioma.
A mí nadie me enseñó ese idioma.
O capaz me lo enseñaron, pero entre el apuro, la costumbre y esa especie de orgullo medio tonto de seguir funcionando aunque una esté hecha pedazos, no lo aprendí. Yo seguía. Siempre seguía. Si estaba cansada, café. Si estaba nerviosa, lo disimulaba. Si me dolía la panza, “ya se me va a pasar”. Si dormía mal, me decía que mañana me acomodaba. Si algo me caía mal por dentro, lo dejaba para después, como si una pudiera archivar el malestar en una carpeta invisible y volver a abrirla cuando le quedara cómodo.
La verdad es que no quedaba cómodo nunca.
Con el tiempo entendí que hay gente que escucha mejor lo que le pasa adentro. No hablo de nada místico. Hablo de cosas bastante simples y, al mismo tiempo, muy difíciles: notar cuándo una está realmente cansada y no solo aburrida. Darse cuenta de que el hambre no siempre es hambre. Descubrir que la angustia, antes de tener palabras, a veces ya estaba instalada en el pecho. Percibir que una discusión no terminó cuando se terminó de hablar, porque siguió vibrando horas enteras en la garganta, en la espalda, en la respiración.
A eso lo nombran con una palabra que suena técnica: interocepción.
Yo, si no supiera esa palabra, diría algo más casero: la capacidad de sentir lo que está pasando adentro sin tener que esperar a romperse.
El problema de vivir hacia afuera
Durante mucho tiempo viví mirando hacia afuera. Y no creo ser la única.
Hacia afuera están las obligaciones, la agenda, la cara que ponemos, el tono correcto, la respuesta rápida, la eficiencia, la imagen de persona razonable que no hace escándalo por cualquier cosa. Hacia afuera también están los otros, que a veces nos necesitan de verdad y otras veces nos acostumbran a estar disponibles como si una fuera una extensión de sus urgencias.
Entonces una se acostumbra a medir casi todo por referencias externas.
La hora del almuerzo importa más que el hambre. El horario de dormir importa más que el agotamiento. Lo que “debería sentir” importa más que lo que está sintiendo. Si todo el mundo sigue, una sigue. Si nadie se queja, una se calla. Si no hay fiebre, sangre o una sirena de ambulancia, parece que no hubiera razón suficiente para frenar.
Y sin embargo el cuerpo habla.
Habla bajito al principio, que es justamente lo peor, porque una puede ignorarlo sin demasiado esfuerzo. Te cambia el humor antes de que entiendas por qué. Te vuelve torpe. Te corta la paciencia. Te aprieta la mandíbula. Te deja respirando cortito. Te pide agua, silencio, pausa, comida, movimiento, abrigo, distancia, sueño, y como no grita, una lo manda al fondo de la fila.
Después, claro, se enoja.
Y ahí una dice “qué raro, de golpe me pasó esto”. Pero muchas veces no fue de golpe. Fue de a poquito. Lo que pasa es que no estábamos registrando.
Las señales que yo confundía
A mí me costó mucho distinguir ciertas cosas.
Confundía ansiedad con apuro.
Confundía tristeza con cansancio.
Confundía saturación con mal carácter.
Confundía hambre con ganas de comer cualquier cosa.
Confundía la necesidad de estar sola con apatía.
Confundía la tensión acumulada con una manera normal de vivir.
Y cuando una confunde tanto, empieza a tratarse mal sin darse cuenta.
Porque si yo creo que mi cuerpo no me está diciendo nada, entonces todo lo que me pasa parece un defecto moral. Si no me concentro, soy un desastre. Si me irrito, soy insoportable. Si me duele la cabeza, es porque no me organizo bien. Si no descanso, es culpa mía por no saber manejarme. En vez de escucharme, me reto. En vez de traducirme, me exijo.
Eso desgasta muchísimo.
Descubrir que adentro mío había señales reales y no meras exageraciones me cambió bastante. No me volvió una iluminada ni una persona perfectamente conectada consigo misma, ni cerca. Pero me dio una sospecha nueva, mucho más humana: capaz no siempre me estoy fallando; capaz a veces me estoy pidiendo rendimiento cuando en realidad necesito lectura.
Escuchar no es obedecer todo
También tuve que entender algo importante: escuchar el cuerpo no significa convertirse en esclava de cada incomodidad.
Porque si no, esto se malentiende enseguida. Parece que una tuviera que detener su vida cada vez que aparece el más mínimo malestar. Y no. No va por ahí. Hay días incómodos, nervios inevitables, esfuerzos que valen la pena, momentos en que toca sostener aunque no sea ideal. La vida no viene acolchonada.
Pero una cosa es tolerar, y otra muy distinta es vivir desconectada.
Escuchar no siempre implica hacer caso inmediato. A veces implica simplemente registrar. Ponerle nombre. No traicionarse tanto. Decirse: “ta, esto me está pasando”. “Esto me dejó acelerada”. “Esto me cayó pesado”. “Esto me entusiasma de verdad”. “Esto me seca por dentro”. “Esto me deja sin aire, aunque no se note”.
Yo antes creía que el autoconocimiento era una tarea mental. Ahora me parece incompleto pensarlo así. La cabeza arma relatos brillantes para justificar cualquier cosa. El cuerpo, en cambio, suele ser menos elegante y más honesto.
No siempre entiendo lo que me dice, pero cada vez desconfío más de mi costumbre de ignorarlo.
El cuerpo no es un enemigo torpe
Hay una idea que me molesta bastante: eso de vivir como si el cuerpo fuera una máquina torpe, medio molesta, que hay que dominar para que no entorpezca los planes importantes. Como si lo valioso pasara en la mente y el resto fuera mantenimiento.
Yo lo pensé así durante años.
Y ahora me parece una forma bastante triste de habitarse.
Porque el cuerpo no solo avisa cuando algo anda mal. También registra lo bueno. La tranquilidad real. El alivio. La presencia. El descanso que sí descansó. La conversación que aflojó algo. La casa a la que una entra y siente que puede bajar los hombros. La comida que cae bien. La caminata que acomoda pensamientos sin necesidad de resolverlos. El abrazo que no arregla nada pero ordena.
Todo eso también es inteligencia.
A veces hablamos de inteligencia como si fuera únicamente rapidez mental, memoria, capacidad verbal, estrategia. Y yo no digo que eso no importe. Digo que hay otra sabiduría mucho más silenciosa que suele quedar rebajada, como si fuera menor, cuando en realidad sostiene la vida entera. Saber cuándo algo me altera. Saber cuándo estoy por explotar. Saber qué entorno me hace bien. Saber qué ritmo me enferma. Saber cuánto más puedo dar sin vaciarme.
Eso también es entender.
Y bastante.
Lo que cambió en mi vida cotidiana
No hice una revolución espectacular. No me fui al monte. No empecé una vida nueva. Los cambios fueron más humildes y, por eso mismo, más ciertos.
Empecé a sospechar de mi “estoy bien” automático.
A tomar en serio ciertas molestias antes de que se volvieran un idioma brutal.
A notar cómo respiro cuando estoy con determinadas personas.
A preguntarme si estoy cansada de verdad o solo saturada de ruido.
A comer con un poco más de atención.
A distinguir entre el deseo de descansar y el impulso de desaparecer de todo.
A reconocer que hay días en los que mi cuerpo sabe antes que yo que algo no va bien.
No siempre le hago caso. Pero ya no lo trato de exagerado.
Eso, para mí, fue un cambio enorme.
Aprender a escucharse sin volverse solemne
Hay algo que me importa decir: todo esto no precisa una épica.
No hace falta convertir cada sensación en una tesis sobre una misma. No hace falta hablar raro, ni vivir midiéndose el alma, ni andar a la pesca de significados profundos en cada bostezo. A veces el cuerpo solo necesita lo obvio: agua, sueño, comida, pausa, movimiento, menos pantalla, menos ruido, menos empeño en parecer invencible.
Capaz lo difícil no sea entenderlo. Capaz lo difícil sea aceptar que somos bastante más frágiles y bastante más concretos de lo que nos gusta admitir.
A mí, por lo menos, me costó eso.
Me costó aceptar que no todo se resuelve pensando mejor. Que no todo cansancio es pereza. Que no toda irritación es mala personalidad. Que no toda tristeza llega en forma de llanto. Que el cuerpo muchas veces manda mensajes antes de que la cabeza tenga una versión elegante de lo que pasa.
Y mirá: no me volví mejor. Pero sí un poco más habitable para mí misma.
Para alguien como yo, eso ya es muchísimo.
