Yo antes creía que el poder siempre llegaba desde afuera, como una cosa grande, con uniforme, con corbata o con micrófono. Hoy no estoy tan seguro. A mí me ha pasado algo más raro: he sentido alivio cuando otro decide por mí. Y decir eso me da un poco de pena, pero también me parece honesto. Hay días en que uno no quiere libertad, sino descanso. No quiere pensar qué rumbo tomar, sino que le digan “por aquí”, y ya. Me he visto obedeciendo horarios, consejos, modas, rutinas, opiniones ajenas, no porque me convencieran del todo, sino porque estaba cansado. Cansado de elegir, de sostener mis propias dudas, de hacerme responsable de lo que hago con mi vida cuando nadie me está empujando.
Por eso cada vez desconfío más de esa idea tan repetida de que el control solo funciona por miedo. A veces funciona por comodidad. A veces no me dominan porque me aplasten, sino porque me alivian. Ese detalle me parece más serio de lo que suena. Porque contra el miedo uno se rebela más fácil. El miedo se nota. Aprieta. Molesta. En cambio, el control que me organiza la cabeza, que me reduce la incertidumbre, que me ahorra el esfuerzo de pensar, ese se mete sin hacer ruido. Ese hasta parece amable. Se presenta como ayuda, como guía, como orden, como eficiencia. Y uno, feliz de no tener que cargar con todo, le abre la puerta.
A mí me inquieta eso más que el autoritarismo escandaloso. Me inquieta mi propia disposición a ser administrado. Que me digan qué comer, qué creer, qué indignarme, qué causa compartir, qué palabras usar para no equivocarme, qué sueño tener a mi edad. Todo viene ya medio masticado. Y claro, eso tiene ventajas. No voy a fingir que no. Vivir sin mapas agota. Tener referencias sirve. Las normas también cuidan. No estoy diciendo que toda autoridad sea mala ni que toda orientación sea una trampa. Un niño necesita guía. Un salón de clases necesita reglas. Un puente no se construye con puro instinto. El problema empieza cuando yo dejo de usar esas estructuras como apoyo y empiezo a usarlas como reemplazo de mi criterio.
Ahí es donde el poder se vuelve fino, casi invisible. Ya no necesito que me vigilen mucho, porque empiezo a corregirme solo. Ya no hace falta que me callen, porque yo mismo aprendo qué partes de mí conviene esconder para encajar. Ya no me obligan a ser de cierta manera: yo colaboro. Me pulo. Me recorto. Me vuelvo legible para los demás. Y eso, visto desde afuera, hasta parece madurez. Pero no siempre lo es. A veces es puro miedo a desentonar. A veces es hambre de aprobación. A veces es una forma elegante de renunciar a la propia rareza. Me ha pasado. He dicho cosas menos complejas para caer mejor. He suavizado opiniones no por prudencia, sino por ganas de seguir siendo aceptado. Y cuando uno hace eso muchas veces, termina viviendo en versión resumida.
Lo más incómodo es que yo también he querido controlar a otros, aunque me guste pensar que no. No con violencia ni con gritos, sino con esa frase que parece inofensiva: “te lo digo por tu bien”. Qué frase tan peligrosa. Cuántas veces el cariño trae escondido un pequeño afán de dominio. Querer que el otro no sufra, sí. Pero también querer que no se salga del guion que me deja tranquilo a mí. Ahí entendí algo feo sobre mí mismo: no solo temo que me controlen; a veces me tienta controlar cuando siento que la libertad ajena me desordena. O sea que el problema del poder no vive solo en los de arriba. También vive en mis nervios, en mis inseguridades, en mi necesidad de que el mundo sea un poco más predecible de lo que realmente es.
Por eso ya no veo la libertad como una fiesta permanente. La veo más bien como una intemperie. Tiene algo bonito, sí, pero también algo cansón. Obliga a elegir sin garantía, a pensar sin barandas, a reconocer que muchas veces nadie sabe del todo qué está haciendo. Y tal vez por eso tanta gente, incluyéndome, a ratos prefiere la jaula si viene con cojín. Ese es el punto que más me golpea: no toda sumisión se siente como cadena; algunas se sienten como descanso. Y precisamente por eso duran más.
Yo no tengo una moraleja limpia para cerrar esto. No me sale decir “sé libre” y ya, porque sé que la cosa no funciona tan fácil. Lo único que intento ahora es pillar esos momentos en que entrego el timón no por confianza, sino por fatiga. Preguntarme si estoy escuchando una guía o escondiéndome dentro de ella. Y, sobre todo, aceptar que pensar por cuenta propia cansa, pero entregarse por completo sale más caro. Sale caro porque, poco a poco, uno deja de vivir desde adentro y empieza a vivir según el molde que le resulte más cómodo a otros. Y a mí, la verdad, me da más miedo convertirme en una persona perfectamente dócil que equivocarme siendo genuino.
