No sé bien a quién le escribo esto, pero me quedó dando vueltas y quería soltarlo en algún lado.
En mi barrio hay un peladero que lleva años igual: tierra dura, dos autos estacionados “un ratito” que se vuelven permanentes, y un letrero medio chueco que dice que ahí algún día va a haber una plaza. Ese “algún día” ya es como chiste interno. Uno pasa y piensa “ya, sí, la plaza…”, y sigue caminando.
La cosa es que hace un par de semanas, la señora Marta (la que siempre sabe todo) pegó un papel en el almacén: “Reunión junta de vecinos, tema: recuperar el espacio”. Yo fui más por curiosidad que por convicción, para qué estamos con cosas. Llegué a la sede y estaba ese olor a piso recién trapeado y café instantáneo. Había como quince personas: la Marta, dos cabros jóvenes, un señor que habla fuerte, y varios que miraban el celular como si los hubieran llevado obligados.
La Marta partió con todo: que no puede ser que los niños jueguen en la calle, que el peladero se presta para basura, que ya basta. Y ahí, no sé, algo se contagia. Porque de repente todos empezaron con ideas. Uno decía “pongamos juegos”, otro “árboles”, otro “una huerta”. Un cabro propuso pintar un mural. Y yo, que siempre me hago el piola, terminé diciendo que podríamos hacer una banca larga, como esas donde te sientas a conversar, sin tanta cuestión.
Fue raro, porque por primera vez el peladero dejó de ser “lo que falta” y se volvió “lo que podríamos tener”. Y eso, cachai, es como una energía bien rica: esa sensación de que el barrio no es solo dormir y salir a la pega, sino que también puede ser una cosa nuestra.
Pero también apareció la parte fome, al tiro. El señor que habla fuerte preguntó por permisos, por la muni, por quién se hace responsable si alguien se cae. Otra vecina dijo “a mí me encantaría, pero no tengo tiempo”. Y ahí me pegó, porque yo soy ese. Me emociono en la reunión y después me gana la rutina, la flojera, la excusa perfecta.
Al final acordamos una “primera acción simple”: ir un sábado a limpiar, solo limpiar, sin soñar tanto. Quedamos en las 10. Yo me levanté ese sábado con ganas, de verdad. Pero a las 9:30 empecé a ordenar la casa, que justo estaba desordenada, y me convencí de que era “más urgente”. Llegué igual, pero tarde, como a las 11. Y ahí estaban: la Marta, los cabros, y dos señoras más. Cinco personas. El resto, nada.
Me dio vergüenza, porque ese era el sueño compartido: no la plaza perfecta con diseño, sino el gesto mínimo de aparecer. Y yo aparecí a medias. Igual ayudé: juntamos bolsas, sacamos vidrios, y hasta encontramos una pelota vieja enterrada. Los cabros se rieron como si fuera tesoro.
No tengo moraleja bonita. Solo me quedó claro que los sueños compartidos son bien frágiles: se arman fácil con palabras, pero se sostienen con horas. Y horas es lo que siempre decimos que no tenemos.
Aun así, cuando pasé después por el peladero y lo vi más limpio, me dio algo como orgullo chico. No era plaza, pero era un “empezamos”. Ojalá no se nos apague. Ojalá la próxima vez llegue a las diez, po.
