En algún momento me volví esclava del celular. No hay un momento concreto, una fecha, nada. Simplemente un día me di cuenta de que lo primero que hacía al abrir los ojos era agarrar el teléfono, y lo último antes de dormirme era dejarlo en la mesa de noche con la pantalla apagada, como si fuera una persona a la que le doy las buenas noches.
Eso me pareció raro. Muy raro.
Trabajo en recursos humanos, así que entiendo eso de la presión laboral, el estrés, los límites saludables. Se lo explico a otros todo el tiempo. Hago talleres, pongo ejemplos, doy consejos. Y mientras tanto, yo tenía el celular en modo vibración debajo de la almohada porque «por si acaso». Por si acaso qué, ni yo misma sabía.
El punto de quiebre fue un domingo. Estaba tomando tinto sola en el balcón, que es algo que me encanta hacer, una de esas mañanas tranquilas con el cielo medio nublado y la ciudad todavía dormida. Y sonó el teléfono. Un mensaje de una amiga preguntando si había visto un video. Nada urgente, nada importante. Y yo dejé el tinto, busqué el teléfono, vi el video, le respondí, me metí en el hilo de comentarios, vi otros videos relacionados, y cuando quise acordarme ya habían pasado cuarenta minutos y el tinto estaba frío.
Me quedé mirando la taza y pensé: ¿en serio?
Ese momento de silencio, ese pequeño placer de domingo, lo había cambiado por nada. Por absolutamente nada importante.
Después de eso empecé a observarme más. No de manera obsesiva, sino con esa curiosidad que uno tiene cuando descubre algo que no le gusta de sí mismo y quiere entender de dónde viene. Me di cuenta de que contestaba los mensajes casi de inmediato, no porque quisiera, sino porque sentía una especie de ansiedad si no lo hacía. Como que si tardaba mucho la gente iba a pensar que estaba enojada, o que algo me había pasado, o simplemente que era una mala amiga. El doble check azul se había convertido en una responsabilidad.
¿Cuándo acordamos eso? Nadie me preguntó si yo quería vivir en estado de disponibilidad permanente. Simplemente pasó.
Leí por ahí, no recuerdo dónde exactamente, que el filósofo Byung-Chul Han habla de cómo la sociedad actual nos ha convertido en seres de rendimiento, siempre productivos, siempre activos, siempre respondiendo. Que ya ni sabemos estar quietos porque lo interpretamos como perder el tiempo. No soy muy de filosofía, la verdad, pero eso me pegó. Porque yo me reconocí ahí.
Entonces tomé una decisión pequeña. Ridículamente pequeña, diría yo. Decidí que no iba a contestar mensajes en los primeros treinta minutos de la mañana. Nada. Ni de trabajo, ni de amigas, ni de familia. Solo ese tiempo era mío.
La primera semana fue incómoda. Tenía el teléfono ahí y lo miraba como si fuera a explotar. Revisaba si había llegado algo urgente, lo dejaba, lo volvía a revisar. Era evidente que el hábito estaba muy metido.
Pero con el tiempo algo fue cambiando. Empecé a desayunar de verdad, no de pie mientras leía pantallas. Volví a escuchar música mientras me arreglaba. Algunas mañanas me senté otra vez en el balcón con el tinto caliente, sin interrupciones, y me quedé mirando cómo se movían las hojas del árbol de enfrente.
Suena a nada. Pero para mí fue como recuperar algo.
Lo más curioso es que nadie notó nada. Nadie me dijo «oye, ¿por qué tardas más en contestar?». El mundo siguió igual. Las conversaciones siguieron igual. Solo que yo llegaba a ellas de mejor manera, más descansada, menos reactiva.
No estoy diciendo que la solución sea tirarse al monte y vivir sin wifi, ni que haya que hacer un retiro espiritual de desconexión digital. Eso no es para mí. Yo necesito el teléfono, uso redes sociales, me gusta estar conectada. Pero creo que hay una diferencia entre usar el teléfono y que el teléfono te use a vos.
Todavía estoy aprendiendo esa diferencia.
A veces fallo. A veces agarro el celular antes de levantarme de la cama y me doy cuenta veinte minutos después con los ojos hinchados scrolleando cosas que no me importan. Pasa. No me castigo por eso.
Pero sí noto que cuando logro ese rato de mañana para mí, el día se siente distinto. No mejor en el sentido de que me pasan cosas buenas, sino mejor en el sentido de que yo estoy más presente en lo que pasa.
Y eso, la verdad, vale más que cualquier meme que me manden a las siete de la mañana.
