La primera vez que usé una IA para que me ayudara a escribir algo, me quedé medio maravillado. Le puse dos ideas mal puestas, una frase suelta, un tono que ni yo entendía bien, y en segundos me devolvió un texto ordenado, limpio, con palabras bonitas. Pensé: “qué bestia, esto sí está avanzado”. Pero después, leyendo con más calma, sentí una cosa rara. El texto estaba bien, sí, pero también estaba vacío. Sonaba correcto, sonaba educado, sonaba como esas respuestas que no molestan a nadie. Y ahí me vino una incomodidad: tal vez el problema no era la máquina. Tal vez el problema era que yo tampoco le había dado mucho.
Porque uno se queja de que la IA hace textos mediocres, imágenes repetidas, frases sin alma, ideas copiadas unas de otras. Pero, siendo sinceros, ¿cuántas veces nosotros mismos pensamos así? A medias. Con apuro. Repitiendo lo que escuchamos en otro lado. Opinando sin haber leído bien. Trabajando con lo mínimo para salir del paso. La IA, muchas veces, no inventa nuestra mediocridad: la ordena, la maquilla y nos la devuelve con buena ortografía. Y eso duele un poquito, porque es más fácil decir “qué fría es la tecnología” que aceptar que a veces nosotros también vivimos en modo automático.
A mí me pasa incluso sin usar IA. Escribo un mensaje y busco que suene inteligente, no necesariamente honesto. Subo una foto y quiero que parezca natural, aunque la haya repetido diez veces. Digo que no tengo tiempo para leer, pero sí me paso media hora mirando cualquier cosa en el celular. Me quejo de que todo es superficial, pero cuando algo exige paciencia, lo abandono. Entonces, cuando veo que una IA puede producir en segundos algo parecido a lo que yo hago con desgano, me entra una vergüenza tranquila. No una vergüenza terrible, sino esa que te dice: “mira bien, ñaño, capaz no eres tan profundo como creías”.
No creo que la IA sea mala por sí misma. Puede servir un montón. Puede ayudar a ordenar ideas, corregir, aprender, crear borradores, probar caminos. El asunto es qué ponemos nosotros antes de pedirle algo y qué hacemos después con lo que nos entrega. Si le damos pereza, nos devuelve pereza bien presentada. Si le damos una idea pobre, nos devuelve una idea pobre con corbata. Si le pedimos que piense por nosotros todo el tiempo, capaz el problema no es que la IA nos quite la inteligencia, sino que nos acostumbremos a no usarla. Ahí sí me da miedo. No a las máquinas como en las películas, sino a nuestra comodidad disfrazada de progreso.
Capaz la IA vino a mostrarnos algo que no queríamos mirar: que muchas cosas que llamábamos creatividad eran solo fórmula, que muchas opiniones eran frases recicladas, que mucho trabajo era relleno, que mucha conversación era puro quedar bien. Pero también puede ser una oportunidad. Si este espejo nos devuelve una versión mediocre de nosotros, todavía podemos hacer algo: pensar más, sentir más, revisar más, vivir con menos piloto automático. La máquina puede escribir rápido, pero no puede tener nuestra historia por nosotros. No puede recordar nuestra casa, nuestra vergüenza, nuestras contradicciones, nuestra manera de mirar la calle después de un mal día. Eso sigue siendo nuestro. Y tal vez ahí está la tarea: no competir con la IA para sonar perfectos, sino volver a ser más reales.
