Parcero, yo antes pensaba que “riesgos existenciales” era una expresión de gente que lee demasiado y sale a asustar al resto con escenarios de película: meteoritos, zombies, bombas, fin. Pero después me di cuenta de que lo raro no es que existan riesgos gigantes; lo raro es lo fácil que los metemos en una cajita mental que dice “algún día” y seguimos con la vida como si nada.
Y no lo digo juzgando. Lo digo porque yo también soy así.
En Colombia uno aprende a vivir con el riesgo pegado al cuerpo. No el apocalíptico, sino el cotidiano: el atraco que “le pasó al primo de…”, la moto que aparece de la nada, la llamada rara, el trancón que te roba dos horas y te deja con la cabeza revuelta. Entonces el cerebro hace una cosa práctica: prioriza lo inmediato. Lo que duele hoy. Lo que te puede pasar esta semana. Y listo.
Pero ahí es donde me empieza a inquietar el tema. Porque los riesgos existenciales no piden turno. No llegan diciendo “buenas, venimos en treinta años”. A veces se construyen despacio, con decisiones pequeñas, con sistemas que se vuelven frágiles sin que nadie lo note. Y cuando por fin se notan, ya no es momento de discutir si “era exageración”.
Me da risa (de nervios) que nos tomemos más en serio la batería del celular que la batería del mundo. Uno se queda sin carga y entra en pánico; el planeta se queda sin margen y uno dice “qué pereza ese tema”. Y la tecnología… uf, la tecnología es la mejor en eso: todo se acelera, todo se vuelve potente, y al mismo tiempo nadie sabe muy bien quién está sosteniendo el timón. A mí no me asusta “la IA” como monstruo; me asusta la combinación de prisa + incentivos + cero pausa ética. Esa vaina sí es peligrosa.
Y claro, están las otras: pandemias (que ya nos dieron una clase), armas que existen aunque uno no quiera pensar en ellas, clima que cambia sin preguntarle a la economía si le conviene. Lo pesado es que no hay un villano claro. No hay un malo con capa. Hay una suma de “normalidades” que, juntas, pueden volverse una ruleta.
Entonces me pregunto: ¿por qué nos cuesta tanto hablar de esto sin caer en dos extremos? O nos burlamos (“ay, qué dramáticos”) o entramos en paranoia (“todo se va a acabar mañana”). Y ninguna sirve. La burla duerme. La paranoia quema. Entre esas dos, se nos va la oportunidad de hacer algo más sensato: mirar el panorama sin espectáculo.
Yo no tengo soluciones grandiosas, la verdad. Ni siquiera sé si “soluciones” es la palabra. Lo que sí intuyo es que nos falta una higiene del futuro. Así como uno se lava las manos sin estar enfermo, tal vez deberíamos tener hábitos de cuidado sin estar al borde del desastre. Un rato al mes para pensar a treinta años. Un mínimo de educación pública sobre riesgos sistémicos (sin adoctrinar, solo entendiendo). Un poquito de humildad tecnológica: aceptar que “podemos” no significa “debemos ya”.
Y también, algo más personal: dejar de tratar el futuro como un basurero donde botamos lo que no queremos resolver hoy. Porque esa es otra: postergamos, postergamos, y después nos sorprende que el mundo nos cobre intereses.
No sé. Capaz este texto queda medio enredado, pero mi idea central es simple: el fin del mundo, si algún día llega, probablemente no se va a sentir épico. Se va a sentir como una cadena de días “normales” donde cada quien dijo: “después miro eso”.
Y pues… yo no quiero ser ese man. Aunque sea, quiero mirar.
