La luz mínima
El foco de la escalera tronó con un chasquido seco y dejó el descanso entre mi puerta y la del vecino en una penumbra rara. No era una tragedia, ni siquiera una urgencia. Bastaba con comprar otro, subir a una silla y enroscarlo con cuidado. Aun así, me quedé un momento ahí, con las llaves en la mano, mirando cómo un lugar tan conocido podía volverse ajeno por falta de una luz mínima.
Me sorprendió la facilidad con la que confiamos en que las cosas estarán donde las dejamos: el apagador, el escalón, el marco de la puerta, el propio cuerpo obedeciendo sin pedir permiso. Caminamos como si el mundo hubiera firmado un contrato con nosotros, pero basta una sombra mal puesta para recordar que no hay tal acuerdo. Hay costumbre, que se parece mucho a la seguridad hasta que falla.
Lo que sostiene sin anunciarse
Compré el foco en una tienda de la esquina. La persona que atendía lo envolvió en una bolsa delgada, casi ceremonial, como si se tratara de algo frágil y valioso. Lo era. No por el precio, sino por lo que prometía: devolverle forma a un pedazo de espacio. En el camino pensé que quizá eso hacemos con muchas cosas pequeñas: poner luz donde no sabemos bien qué se perdió.
No todo lo que sostiene una existencia tiene nombre grande. También cuenta la banqueta pareja, el vaso limpio, el ruido del agua al caer, el saludo breve que no exige historia. Uno quisiera encontrar sentido en eventos enormes, en decisiones definitivas, en frases que parezcan escritas para quedarse. Pero buena parte de lo que nos permite seguir se arma con piezas humildes, casi invisibles, que no presumen ninguna importancia.
Encender y no resolver
Al cambiar el foco, la escalera volvió a ser la misma: las manchas de humedad en la pared, el barandal frío, la puerta del vecino con su calcomanía medio despegada. Nada se volvió profundo por arte de iluminación. Y sin embargo, durante unos segundos, sentí alivio. No el alivio de haber arreglado el mundo, sino el de haber participado en algo pequeño que impedía que el descuido avanzara un centímetro más.
Tal vez no estamos hechos para resolverlo todo. Tal vez vivir también consiste en atender fragmentos: una llamada pendiente, una planta que no pide discursos sino agua, un foco que se funde sin metáfora y aun así nos la regala. El sentido no siempre aparece como respuesta. A veces se parece más a una tarea modesta que alguien tenía que hacer y que, por esta vez, hicimos nosotros.
