Yo no sé por qué me cuesta tanto admitir esto, pero me pasa: a veces me siento extranjero sin haber cruzado ninguna frontera. No por el acento, ni por el pasaporte, ni por la ropa. Por un gesto. Por una mueca. Por una mano que se me va sola y, de repente, ya dije algo… sin haber dicho nada.
La otra vez estaba en Bogotá, en una fila cualquiera, de esas que te enseñan paciencia a las malas. Yo iba en mi mundo, con la cabeza llena, y cuando alguien me preguntó algo que no entendí bien, hice lo que hago siempre: sonreí y levanté el pulgar, como diciendo “listo, todo bien, dale”. Un gesto chiquito, de esos que uno cree universales, como el agua o el pan.
Pero la persona me miró raro. No fue una ofensa grande ni nada dramático… fue peor: fue esa incomodidad que no tiene nombre. Como si yo hubiera pisado una línea invisible. Ahí me acordé de algo que nadie dice mucho: que el cuerpo también tiene dialectos. Que las manos hablan, sí, pero no siempre dicen lo mismo en todos lados.
Me quedé con la vergüenza pegada, parce. No por el error, sino por esa sensación de que mi intención se queda atrapada entre mi boca y el mundo. Yo quería ser amable. Yo quería facilitar. Y, aun así, lo que salió fue otra cosa. Me dio como tristeza, pero una tristeza suave… la tristeza de darse cuenta de que uno puede estar lleno de buena fe y, aun así, causar un ruido.
Desde ese día, he pensado en esto como si fuera una oración rara: ojalá exista una forma de traducir lo que no se pronuncia. No me refiero a la traducción de palabras, esa que hace la tecnología y que suena tan increíble. Me refiero a la traducción de la mirada cuando uno está nervioso. A la traducción de la risa cuando uno se siente chiquito. A la traducción de ese silencio que no es desprecio, sino cuidado. Porque a mí me pasa mucho: cuando estoy cargado, me quedo quieto, y mi quietud parece distancia. Y no es distancia. Es que por dentro estoy tratando de acomodarme.
A veces sueño con un “diccionario” que no sea un libro, sino una paciencia compartida. Algo que nos recuerde que la mayoría de los malentendidos no vienen de la mala intención, sino de la prisa. Y que, si uno frena un segundo, puede preguntar sin atacar: “¿Cómo quisiste decir eso?” “¿Qué significa para ti ese gesto?” “¿Te entendí bien?”
Escribo esto al aire porque me hace falta soltarlo: yo quisiera vivir en un mundo donde no tengamos que ser perfectos para conectar. Donde el cuerpo pueda equivocarse sin que la dignidad se caiga al piso. Donde podamos traducirnos con cariño.
Y si algún día nos volvemos realmente “globales”, ojalá no sea solo por entender idiomas. Ojalá sea por aprender esta cosa sencilla y difícil: darle a la gente el beneficio de la duda… incluso cuando su mano, sin querer, dijo otra cosa.
