Yo antes comía cualquier cosa. No porque me sobrara la plata, al revés. Justamente por eso. Me pasaba el día metiendo al cuerpo lo primero que hubiera: un refuerzo, unas galletitas, mate lavado, pan con algo arriba y ta, a seguir. Yo decía que era lo más práctico. Que cocinar era una complicación, que ensuciaba mucho, que después había que lavar, que no valía la pena. Pura excusa.
La verdad era otra. Yo no tenía costumbre. Nadie me enseñó gran cosa y además me daba una fiaca bárbara arrancar. Me parecía que cocinar era para gente más ordenada que yo, gente que ya tiene la vida acomodada. Yo vivía medio a los ponchazos. Si tenía hambre, comía lo que hubiera. Si no había nada, aguantaba. Y así me fui llevando durante años.
Pero eso te deja mal. No hablo solo del cuerpo, que también. Andaba pesado, sin fuerza, con acidez a veces, con un humor de perros. Hablo también de la cabeza. Porque comer mal, así nomás, también es una manera de tratarse como si uno valiera poco. Como diciendo: “con cualquier cosa alcanza”. Y no siempre alcanza.
Un invierno me agarró un día frío, de esos que te entran por todos lados. No tenía muchas ganas de salir ni plata para andar comprando pavadas. Abrí la alacena y vi arroz, un poco de lentejas, una cebolla, dos papas medio tristes y un pedazo de zapallo. Nada del otro mundo. Pero en vez de cerrar y pedir algo fiado o comer pan otra vez, me puse a hacer un guiso.
Lento, torpe, sin saber mucho. Pelé mal, corté desparejo, se me pegó un poco al principio. Pero seguí. Revolví, le puse agua, sal, un poco de lo que tenía y me quedé ahí, mirando la olla como si estuviera esperando una señal.
Y pasó algo raro. Mientras el guiso se hacía, yo me fui calmando. No porque mi vida se arreglara, claro. Las cuentas seguían ahí, el cansancio también, los problemas no se evaporaron con el vapor de la olla. Pero había algo en hacer esa comida con mis manos que me acomodaba un poco por dentro. Era como decirme, sin palabras lindas ni nada: “bo, aflojá, aunque sea hoy cuidate un cacho”.
Cuando me serví el plato y lo comí caliente, sentado y en paz, sentí una cosa simple: alivio.
Desde ese día no me convertí en chef ni nada parecido. Pero empecé a cocinar más seguido. Un arroz, un tuco, un guiso, algo. Y entendí que cocinar no era solo llenar la panza. Era darme un poco de respeto.
Capaz parece poco. Pero para alguien como yo, que vivía a lo que viniera, aprender a hacerse un plato caliente también fue una forma de empezar a quererse.
