El guiso me calmó

25 de marzo de 2026

La experiencia de aprender a cocinar se convierte en un acto de autocuidado y respeto personal. A través de un simple guiso, se descubre que alimentarse bien es fundamental para el bienestar emocional y físico.

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Yo antes comía cualquier cosa. No porque me sobrara la plata, al revés. Justamente por eso. Me pasaba el día metiendo al cuerpo lo primero que hubiera: un refuerzo, unas galletitas, mate lavado, pan con algo arriba y ta, a seguir. Yo decía que era lo más práctico. Que cocinar era una complicación, que ensuciaba mucho, que después había que lavar, que no valía la pena. Pura excusa.

La verdad era otra. Yo no tenía costumbre. Nadie me enseñó gran cosa y además me daba una fiaca bárbara arrancar. Me parecía que cocinar era para gente más ordenada que yo, gente que ya tiene la vida acomodada. Yo vivía medio a los ponchazos. Si tenía hambre, comía lo que hubiera. Si no había nada, aguantaba. Y así me fui llevando durante años.

Pero eso te deja mal. No hablo solo del cuerpo, que también. Andaba pesado, sin fuerza, con acidez a veces, con un humor de perros. Hablo también de la cabeza. Porque comer mal, así nomás, también es una manera de tratarse como si uno valiera poco. Como diciendo: “con cualquier cosa alcanza”. Y no siempre alcanza.

Un invierno me agarró un día frío, de esos que te entran por todos lados. No tenía muchas ganas de salir ni plata para andar comprando pavadas. Abrí la alacena y vi arroz, un poco de lentejas, una cebolla, dos papas medio tristes y un pedazo de zapallo. Nada del otro mundo. Pero en vez de cerrar y pedir algo fiado o comer pan otra vez, me puse a hacer un guiso.

Lento, torpe, sin saber mucho. Pelé mal, corté desparejo, se me pegó un poco al principio. Pero seguí. Revolví, le puse agua, sal, un poco de lo que tenía y me quedé ahí, mirando la olla como si estuviera esperando una señal.

Y pasó algo raro. Mientras el guiso se hacía, yo me fui calmando. No porque mi vida se arreglara, claro. Las cuentas seguían ahí, el cansancio también, los problemas no se evaporaron con el vapor de la olla. Pero había algo en hacer esa comida con mis manos que me acomodaba un poco por dentro. Era como decirme, sin palabras lindas ni nada: “bo, aflojá, aunque sea hoy cuidate un cacho”.

Cuando me serví el plato y lo comí caliente, sentado y en paz, sentí una cosa simple: alivio.

Desde ese día no me convertí en chef ni nada parecido. Pero empecé a cocinar más seguido. Un arroz, un tuco, un guiso, algo. Y entendí que cocinar no era solo llenar la panza. Era darme un poco de respeto.

Capaz parece poco. Pero para alguien como yo, que vivía a lo que viniera, aprender a hacerse un plato caliente también fue una forma de empezar a quererse.

Texto anónimo: Este texto ha sido publicado de forma anónima en Mentes Propias.

Composición del texto
Predomina: Pensamiento cotidiano · 28%
Predomina una reflexión íntima y emocional construida desde una escena cotidiana de cocina, comida sencilla y autocuidado.
  • El eje material del texto son gestos comunes: comer lo que haya, abrir la alacena, pelar, cortar, revolver, mirar la olla y sentarse a comer un plato caliente.
  • La voz expone vulnerabilidad personal: descuido, falta de costumbre, fiaca, precariedad, baja valoración de sí mismo y el descubrimiento del autocuidado.
  • El texto trabaja la calma, el alivio, el cansancio, el malhumor y la sensación de empezar a quererse, aunque siempre ligados a la experiencia concreta de cocinar.
  • Hay un cambio personal claro: pasar de comer cualquier cosa a cocinar más seguido y entenderlo como una forma de respeto propio.
  • La falta de plata, la comida fiada, la ausencia de enseñanza y la vida a los ponchazos sitúan el relato en condiciones sociales reconocibles, aunque no son el foco principal.
  • La narración usa voz coloquial, escena progresiva e imágenes sencillas como el vapor de la olla o las papas 'medio tristes', con sensibilidad narrativa moderada.
  • Hay una leve revisión de la excusa de lo práctico y de la idea de tratarse 'con cualquier cosa', pero no desarrolla una crítica social o cultural amplia.
  • Aparece apenas una pregunta de sentido vinculada a cómo vivir y cuidarse, pero no se centra en grandes cuestiones de vida, muerte o identidad.
  • La noción de respeto hacia uno mismo y de no tratarse como si valiera poco introduce una dimensión ética leve de autocuidado y dignidad personal.
  • Solo hay una reflexión breve sobre el valor propio y el cuidado, sin desarrollo abstracto o conceptual sostenido.
  • El texto no se organiza como análisis conceptual; las ideas surgen de la experiencia narrada.
  • No propone mundos alternativos, hipótesis raras ni escenarios imaginativos; se mantiene en un relato realista.

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