Esta mañana abrí la ventana por inercia, como quien prende la luz sin pensarlo, y me entró un olor a humo que me dejó tieso. No era “olor a leña bonito”, no. Era ese humo amargo que raspa, como cuando alguien está quemando basura y se mezcla con plástico, cartón mojado y quién sabe qué más. Cerré la ventana de un solo, y me quedé ahí, parado, viendo la cortina moverse como si nada.
Me dio cólera, pero una cólera rara, porque no tenía a quién apuntarla. ¿A la vecina que quema? ¿Al señor que limpia su patio así? ¿A la calle llena de carros? ¿A mí, que también hago lo que puedo para sobrevivir? Uno dice “qué mala educación”, pero después se acuerda de que hay gente que ni camión de basura tiene cerca, o que pasa y pasa y no llega. Y ahí la indignación se te vuelve más complicada, cabal.
Lo peor es que el humo no se queda afuera. Se mete en la ropa, en las sábanas, en el pelo. Te vas al trabajo oliendo a “mañana quemada” sin haber hecho nada. Y entonces aparece esa idea bien injusta: como yo no lo provoqué, debería estar limpio. Pero la contaminación ambiental funciona al revés: la pagamos aunque no la hayamos pedido. Es como una cuota invisible del lugar donde vivimos.
A mí me pasa algo bien humano (y bien feo): me acostumbro. Los primeros minutos me quejo, hago un par de comentarios, cierro ventanas, y después… sigo. Pongo música, hago café, reviso el celular. El cuerpo aprende a tragarse el aire como venga. Y ahí es donde me asusta un poquito, porque si uno se acostumbra al humo, ¿a qué más se acostumbra sin darse cuenta?
También me da vergüenza admitir que yo aporto a ese mismo problema, solo que de otra forma. Me quejo del humo, pero me subo al carro cuando “no quiero ir apretado” en el bus. Me quejo del tráfico, pero soy tráfico también. Me quejo de la gente que quema, pero compro cosas con empaque por puro apuro. No es para darme látigo, pero sí para bajar un poco la superioridad. A veces uno quiere que el culpable sea “otro”, porque eso se siente más cómodo.
Una tarde, hace unas semanas, me tocó caminar un tramo largo porque no pasaba transporte. Iba viendo el cielo gris, así como opaco, y me acordé de cuando era patojo y el cielo me parecía más “alto”. Capaz es nostalgia y ya, pero me pegó. Sentí que el aire pesaba. Y pensé: qué raro que hablemos tanto de “estrés” y “ansiedad”, pero casi nunca de lo básico: respirar sin pensar en respirar.
No me quiero poner dramático, pero sí me dio una idea simple: la contaminación no siempre se ve como foto de noticia. A veces es solo que tu casa huele raro a las siete de la mañana. A veces es que te arden un poquito los ojos y lo normalizás. A veces es que lavás ropa y al rato ya agarró olor otra vez. No te mata en el momento, pero te va cambiando el ánimo, como si vivieras con un zumbido de fondo.
He pensado en ir a reclamar, así formal, pero me conozco: me cuesta. No quiero pelear con la mara del barrio, ni quedar como el exagerado. Entonces hago lo más típico: me quedo callado y me adapto. Y ahí siento que pierdo algo. Porque adaptarse a todo también es rendirse un poco.
Lo único que estoy intentando, por ahora, es algo mínimo: cuando huelo humo, lo anoto mentalmente y me pregunto “¿de dónde viene?” y “¿qué haría yo si fuera mi única opción?”. No para justificarlo todo, sino para no vivir en automático. A veces también saco la basura temprano y la dejo lista, porque he notado que cuando se acumula, la tentación de “quemarla y ya” aparece en cualquier casa.
Ojalá hubiera un final bonito, tipo “y se solucionó”. No. Hoy igual tuve que cerrar la ventana. Pero me quedó esa sensación de que el humo es una prueba incómoda: te recuerda que el ambiente no es un paisaje, es una cosa que compartimos sin pedir permiso. Y que, aunque vos no le abras la puerta, se mete. Por eso, aunque sea de a poquito, me gustaría dejar de tratarlo como “algo que pasa” y empezar a verlo como una conversación pendiente con el lugar donde vivo.
