Mi jefe siempre decía que él no era como otros jefes.
Lo decía apoyándose en el marco de la puerta, con su tacita de café, como quien anuncia una gran verdad del mundo.
—Acá somos una familia —decía.
Y yo, al comienzo, le creí.
No porque fuera ingenuo, sino porque uno quiere creer esas cosas. Uno quiere pensar que el trabajo puede ser un lugar decente, que la persona que manda no está jugando a ser rey en una oficina con fluorescentes, que si alguien te habla bonito es porque de verdad te respeta.
Mi jefe saludaba a todos. Preguntaba por las mamás enfermas, por los hijos en el colegio, por el tráfico de la Javier Prado, por si ya habíamos almorzado. Tenía esa amabilidad limeña de medio abrazo y media distancia. Nunca gritaba. Eso era importante para él. Lo repetía mucho:
—Yo no necesito gritar para que me respeten.
Y era cierto. No gritaba.
Pero te escribía a las diez de la noche.
No levantaba la voz.
Pero te soltaba un “solo te tomará cinco minutitos” cuando ya estabas apagando la computadora.
No humillaba en público.
Pero te decía “me sorprende de ti” con una cara tan decepcionada que uno terminaba pidiendo disculpas por respirar mal.
Lo más complicado de un jefe que se cree buena persona es que no se reconoce haciendo daño. Si explota, dice que está bajo presión. Si invade tu tiempo, dice que confía en ti. Si te carga más trabajo, dice que sabe que tú puedes. Si te pide algo injusto, lo envuelve en cariño, en equipo, en compromiso.
Y ahí uno se confunde.
Porque no parece maltrato. Parece oportunidad.
No parece abuso. Parece confianza.
No parece manipulación. Parece “qué suerte que me valora”.
Yo demoré en darme cuenta. Me sentía culpable por cansarme. Pensaba: “Pero si es buena gente”. Como si la buena gente no pudiera ser injusta. Como si tener modales bonitos borrara la costumbre de pasarse de la raya.
Un día me pidió quedarme más tarde. Otra vez. Yo tenía una comida familiar. Nada importante para la empresa, claro. Para mí sí. Le dije que no podía.
Se quedó callado.
Luego sonrió.
—Normal, no te preocupes —dijo.
Pero al día siguiente estaba frío. Educado, sí. Frío. Me respondió los correos como si yo hubiera traicionado una patria pequeña.
Ese día entendí algo sencillo y feo: algunas personas no quieren ayudarte; quieren que agradezcas mientras te acomodan a su conveniencia.
No creo que mi jefe fuera un villano. Esa es la parte incómoda. Tal vez quería ser justo. Tal vez se veía a sí mismo como un líder cercano, humano, moderno. Tal vez de verdad pensaba que decir “por favor” convertía cualquier pedido en razonable.
Pero ser buena persona no es una identidad que uno se pone como camisa limpia.
Se nota en los límites que respetas cuando nadie te obliga.
Ahora desconfío un poquito de los jefes que repiten demasiado lo buenos que son. Prefiero a los que no necesitan vender su bondad. Los que te dan trabajo claro, horario claro, respeto claro. Los que no te llaman familia para después cobrarte obediencia emocional.
Porque familia ya tengo.
Al trabajo voy a trabajar.
Y si además hay buen trato, bacán.
Pero que no me lo cobren como favor.
