El mango que me cayó del cielo

15 de mayo de 2026

La vida en Venezuela se presenta como un desafío diario, donde la creatividad y la resiliencia son esenciales. Un mototaxista comparte su experiencia, desde la transformación de problemas en soluciones hasta los momentos de alegría que surgen en medio de la adversidad.

ESCUCHA ESTA PUBLICACIÓN

La primera vez que entendí que los venezolanos tenemos superpoderes fue cuando se me dañó la nevera en pleno abril. En Maracaibo. Con 38 grados a la sombra.

Soy Luis, maracucho de pura cepa, 34 años, y les juro que ese día descubrí que el calor no se sufre: se negocia.

Todo empezó un martes. Abrí la nevera y el motorcito hizo “clac” y se quedó callado para siempre. En cualquier otro país eso significa llamar al técnico. Aquí significa: fase 1, abrir todas las ventanas. Fase 2, meter las verduras en un tobo con agua. Fase 3, llamar a medio barrio para ver quién tiene hielo.

Mi abuela decía que en Venezuela nada se bota, todo se transforma. Y tenía razón. Ese día, el pollo pasó a ser sopa para toda la cuadra. Los helados derretidos se convirtieron en batidos. Y la nevera muerta… bueno, ahora es una biblioteca en el porche.

Les cuento esto porque a veces siento que afuera piensan que vivir aquí es solo quejarse. Y sí, nos quejamos. Con gusto y con sazón, porque el “¡mirá cómo está la cosa, chico!” es deporte nacional. Pero entre queja y queja, resolvemos.

Yo trabajo como mototaxista desde 2018. Antes era técnico de computadoras, pero ya saben cómo es el cuento: se fue la luz, se fueron los clientes, se fue la paciencia. Un día un pana me dijo: “Luis, vos que conocéis Maracaibo como la palma de tu mano, ¿por qué no te comprás una moto?”. Vendí la PC por partes, reuní, y me compré una 150 usada que sonaba como podadora.

Al principio me daba pena. Uno tiene ese chip de “yo estudié para esto”, ¿verdad? Pero después te das cuenta de que el orgullo no paga el mercado. Y que llevar a la señora Carmen al colegio de su nieto todos los días a las 6:30 am también es un trabajo digno. Que ayudar al chamo que se quedó sin gasolina empujándole la moto dos cuadras te gana una amistad. Que conocer todos los atajos para evitar las trancas es un posgrado que no dan en LUZ.

Lo más loco es cómo la calle te enseña. He aprendido de economía porque mis clientes hablan. El señor del abasto me explica cómo sube la harina. La muchacha que trabaja en farmacia me dice qué medicamento no se consigue. El profesor que llevo a clases me cuenta que ahora da tareas por WhatsApp porque imprimir es un lujo. Venezuela cabe completa en el asiento de atrás de mi moto.

¿Y saben qué es lo más arrecho? Que en medio del desastre, la gente no pierde el chiste. Ayer se me espichó un caucho frente a una mata de mango. Mientras esperaba al cauchero, me cayó un mango madurito en el casco. ¡Pla! El señor del kiosko de al lado se mató de risa y me gritó: “¡Dios aprieta pero no ahorca, y cuando afloja, te manda mango!”. Terminé comiéndomelo ahí mismo, con las manos chorreadas y todo.

Extraño cosas, claro. Extraño a mi hermana que está en Perú y no conoce a su sobrina. Extraño planificar sin que el plan cambie tres veces por un apagón, una tranca o que no llegó la gasolina. Extraño no tener que calcular si me alcanza para el repuesto y para los pañales el mismo mes.

Pero también tengo esto: el lago que se ve rojito al atardecer, el “qué molleja primo” cuando me consigo a un pana, el olor a patacón en cada esquina, y la certeza de que aquí nadie te deja morir solo. Si te accidentas, a los dos minutos hay tres personas preguntando “¿qué pasó, mi loco?”.

No sé si me quedaré aquí toda la vida. A veces me pica el bicho de irme, probar suerte en otro lado. Pero por ahora, mi moto prende todas las mañanas, aunque tosa un poquito. Y mientras prenda, yo sigo. Llevando gente, echando cuentos, esquivando huecos y atrapando los mangos que me caen del cielo.

Porque al final, ser venezolano es eso: saber que la vida te puede espichar el caucho, pero también te puede regalar un mango. Y uno decide si se queda bravo por el caucho, o agradecido por el mango.

Yo, por si acaso, siempre ando con sal en el bolsillo.

Texto anónimo: Este texto ha sido publicado de forma anónima en Mentes Propias.

Composición del texto
Predomina: Pensamiento cotidiano · 24%
Predomina una mirada cotidiana y narrativa sobre la vida en Venezuela, sostenida por escenas de barrio, trabajo, comunidad y resiliencia afectiva.
  • El texto se construye desde escenas comunes: la nevera dañada, el hielo, la moto, los clientes, el caucho espichado, el mango, los pañales y los recorridos diarios.
  • Observa con fuerza la vida colectiva: barrio, ayuda mutua, trabajo, migración, comunidad, clientes, abuela, vecinos y solidaridad en la calle.
  • Predominan voz narrativa, humor, escenas vivas, ritmo oral, imágenes locales y una metáfora final sostenida entre el caucho y el mango.
  • Aparecen nostalgia, gratitud, humor, esperanza y añoranza por la hermana emigrada y por una vida más estable.
  • El narrador expone dudas personales, pena inicial por cambiar de oficio, cansancio y la posibilidad de irse, aunque sin convertirlo en confesión central.
  • Hay una reflexión moderada sobre quedarse o irse, seguir adelante y decidir cómo mirar la vida cuando combina dificultad y regalo.
  • Hay cuestionamiento leve de la precariedad, los apagones, la gasolina, los precios y la mirada externa sobre Venezuela, pero no es el eje argumental.
  • La transformación aparece como adaptación práctica: convertir la nevera en biblioteca, el pollo en sopa y el oficio en dignidad, pero no propone un cambio amplio.
  • Aparece la dignidad del trabajo, la ayuda al otro y la idea de no dejar morir solo a nadie, pero como parte secundaria del relato.
  • La imagen del mango que cae del cielo y la idea de los venezolanos con 'superpoderes' aportan un toque imaginativo puntual.
  • La reflexión abstracta es mínima; solo aparece en la idea general de elegir entre quedarse en la rabia o agradecer lo recibido.
  • No predomina el análisis conceptual o teórico; el texto funciona más por relato y experiencia que por argumentación intelectual.

Información sobre esta publicación

Algunos textos de Mentes Propias se publican de forma anónima. Estos textos pueden proceder de envíos de los usuarios o de contenidos editoriales propios de Mentes Propias.

Mentes Propias puede utilizar IA y otros sistemas automatizados para moderar, organizar, resumir, generar metadatos, analizar la composición del texto, crear imágenes, producir audio y preparar elementos de presentación o difusión. Estos procesos pueden cometer errores.

Algunos contenidos editoriales propios de Mentes Propias pueden ser creados o asistidos mediante herramientas de inteligencia artificial. Estos contenidos se publican con finalidad editorial o de dinamización y como cualquier otro contenido de la web, deben leerse como piezas de reflexión, no como testimonios reales garantizados ni como información verificada.

El contenido de Mentes Propias no constituye información verificada ni consejo médico, psicológico, legal, financiero, técnico o profesional. Mentes Propias no confirma necesariamente los hechos, no garantiza la exactitud del contenido y no tiene por qué compartir las opiniones publicadas.

Si preparas o compartes un fragmento de esta publicación, revisa antes el contenido, el contexto y las posibles citas, atribuciones o referencias a terceros. Mentes Propias facilita técnicamente la creación de fragmentos, pero cada persona es responsable del uso que haga del material fuera de la web.

Si detectas un problema legal, una atribución incorrecta, plagio, datos personales indebidos, contenido peligroso o cualquier infracción de las condiciones de uso, puedes utilizar el enlace de denuncia de la publicación o contactar con Mentes Propias.