La primera vez que entendí que los venezolanos tenemos superpoderes fue cuando se me dañó la nevera en pleno abril. En Maracaibo. Con 38 grados a la sombra.
Soy Luis, maracucho de pura cepa, 34 años, y les juro que ese día descubrí que el calor no se sufre: se negocia.
Todo empezó un martes. Abrí la nevera y el motorcito hizo “clac” y se quedó callado para siempre. En cualquier otro país eso significa llamar al técnico. Aquí significa: fase 1, abrir todas las ventanas. Fase 2, meter las verduras en un tobo con agua. Fase 3, llamar a medio barrio para ver quién tiene hielo.
Mi abuela decía que en Venezuela nada se bota, todo se transforma. Y tenía razón. Ese día, el pollo pasó a ser sopa para toda la cuadra. Los helados derretidos se convirtieron en batidos. Y la nevera muerta… bueno, ahora es una biblioteca en el porche.
Les cuento esto porque a veces siento que afuera piensan que vivir aquí es solo quejarse. Y sí, nos quejamos. Con gusto y con sazón, porque el “¡mirá cómo está la cosa, chico!” es deporte nacional. Pero entre queja y queja, resolvemos.
Yo trabajo como mototaxista desde 2018. Antes era técnico de computadoras, pero ya saben cómo es el cuento: se fue la luz, se fueron los clientes, se fue la paciencia. Un día un pana me dijo: “Luis, vos que conocéis Maracaibo como la palma de tu mano, ¿por qué no te comprás una moto?”. Vendí la PC por partes, reuní, y me compré una 150 usada que sonaba como podadora.
Al principio me daba pena. Uno tiene ese chip de “yo estudié para esto”, ¿verdad? Pero después te das cuenta de que el orgullo no paga el mercado. Y que llevar a la señora Carmen al colegio de su nieto todos los días a las 6:30 am también es un trabajo digno. Que ayudar al chamo que se quedó sin gasolina empujándole la moto dos cuadras te gana una amistad. Que conocer todos los atajos para evitar las trancas es un posgrado que no dan en LUZ.
Lo más loco es cómo la calle te enseña. He aprendido de economía porque mis clientes hablan. El señor del abasto me explica cómo sube la harina. La muchacha que trabaja en farmacia me dice qué medicamento no se consigue. El profesor que llevo a clases me cuenta que ahora da tareas por WhatsApp porque imprimir es un lujo. Venezuela cabe completa en el asiento de atrás de mi moto.
¿Y saben qué es lo más arrecho? Que en medio del desastre, la gente no pierde el chiste. Ayer se me espichó un caucho frente a una mata de mango. Mientras esperaba al cauchero, me cayó un mango madurito en el casco. ¡Pla! El señor del kiosko de al lado se mató de risa y me gritó: “¡Dios aprieta pero no ahorca, y cuando afloja, te manda mango!”. Terminé comiéndomelo ahí mismo, con las manos chorreadas y todo.
Extraño cosas, claro. Extraño a mi hermana que está en Perú y no conoce a su sobrina. Extraño planificar sin que el plan cambie tres veces por un apagón, una tranca o que no llegó la gasolina. Extraño no tener que calcular si me alcanza para el repuesto y para los pañales el mismo mes.
Pero también tengo esto: el lago que se ve rojito al atardecer, el “qué molleja primo” cuando me consigo a un pana, el olor a patacón en cada esquina, y la certeza de que aquí nadie te deja morir solo. Si te accidentas, a los dos minutos hay tres personas preguntando “¿qué pasó, mi loco?”.
No sé si me quedaré aquí toda la vida. A veces me pica el bicho de irme, probar suerte en otro lado. Pero por ahora, mi moto prende todas las mañanas, aunque tosa un poquito. Y mientras prenda, yo sigo. Llevando gente, echando cuentos, esquivando huecos y atrapando los mangos que me caen del cielo.
Porque al final, ser venezolano es eso: saber que la vida te puede espichar el caucho, pero también te puede regalar un mango. Y uno decide si se queda bravo por el caucho, o agradecido por el mango.
Yo, por si acaso, siempre ando con sal en el bolsillo.
