Vivo en Lima, y si alguien me preguntara qué tan bien conozco mi ciudad, yo podría responder con calles, con rutas, con atajos. Podría decir “por acá es más rápido”, “por allá no te metas a esta hora”, “si tomas tal cosa llegas al toque”. Pero la verdad (la verdad que me cuesta decir sin sentir calor en la cara) es que el mapa que mejor me sé no es el de las avenidas. Es el mapa de los baños.
Ese mapa no está en los folletos, no sale en las fotos bonitas, no aparece en los discursos sobre “ciudad moderna”. Es un mapa silencioso, hecho de urgencias, de cálculos y de una vergüenza chiquita que se me pega al cuerpo como humedad. Y sí, suena tonto. Hasta que te pasa.
Me pasó hoy, otra vez. Venía caminando con la mente a mil, como siempre, tratando de hacer todo “rápido” para que el día no se me desordene. Y de pronto el cuerpo me jaló del brazo por dentro: ya. Ese “ya” no negocia. Ese “ya” te vuelve otra persona. Ahí el mundo se vuelve demasiado brillante, demasiado ruidoso, demasiado cerca. Ahí todo se achica a una sola pregunta: ¿dónde hay un baño?
Lo peor no es la necesidad. Lo peor es lo que viene con ella: la sensación de estar estorbando. De ser una interrupción. De tener que pedir un permiso que no debería pedirse. Porque en la ciudad, por alguna razón, ir al baño se trata como un favor, no como algo básico. Como si el cuerpo fuera una molestia que uno debería saber esconder.
Yo he entrado a lugares con una sonrisa forzada, preguntando “disculpe, ¿puedo usar el baño?”, y esa frase me pesa más que una bolsa de compras. Porque en la respuesta se juega algo más grande que una puerta: se juega si tengo derecho a estar ahí sin comprar nada, sin consumir, sin justificar mi presencia. Si me dicen “solo para clientes”, yo siento que mi cuerpo queda afuera, como si la ciudad me estuviera cobrando entrada para existir.
Y no es que yo quiera drama. No estoy buscando pelea. Yo solo quiero que el mundo sea un poquito menos duro en lo mínimo. Pero claro, en ese momento la cabeza se me llena de ideas feas: “van a pensar que soy un fresco”, “van a creer que quiero aprovecharme”, “me van a mirar raro”. Y entonces, como para defenderme, saco la billetera. Compro algo que no necesito. Una botella de agua, un caramelo, lo que sea. Pago para poder pedir. Pago para poder respirar.
Hay algo triste en eso, ¿no? Pagar para no sentir vergüenza. Pagar para que te dejen estar.
Yo no sé si esto tiene nombre, pero lo siento como una especie de urbanismo emocional al revés: la ciudad diseñando tu vergüenza. Porque el problema no es solo la falta de baños públicos. Es el efecto que eso tiene en tu cabeza. Te cambia la forma de moverte. Te vuelve calculador. Te vuelve rígido. Te vuelve desconfiado.
Yo, por ejemplo, antes de salir, a veces pienso: “no tomo mucha agua”. O: “mejor no me alejo tanto”. O: “si me da, me meto a tal lado”. Y cuando estoy afuera, sin darme cuenta, voy marcando puntos seguros. Como si la ciudad fuera un tablero y yo tuviera que ir saltando de casilla en casilla para no quedarme atrapado.
Y eso cansa.
Cansa porque no es solo el cuerpo. Es el esfuerzo de actuar normal mientras adentro estás en alerta. Es sonreír cuando lo único que querés es desaparecer un minuto. Es caminar como si nada, cuando por dentro estás contando pasos. Es estar presente y al mismo tiempo estar escapándote mentalmente, buscando una salida, una puerta, un “por acá”.
A veces me pregunto cuánta gente vive esto en silencio. La señora mayor que no puede aguantar tanto. El niño que se desespera y llora. La persona que está con su regla y solo necesita un espacio limpio para arreglarse sin apuro. El que trabaja todo el día en la calle. El que viene con un problema de salud. El que simplemente es humano. Y me da rabia pensar que la ciudad es “amable” solo para el que compra.
Como si la dignidad fuera un servicio premium.
Lo más raro es que cuando por fin entro, cuando encuentro el baño, cuando cierro la puerta, me pasa algo casi espiritual: el cuerpo baja el volumen. Como si el mundo, por un segundo, dejara de exigirme. Respiro. Me siento a salvo. Y en esa pausa breve me doy cuenta de lo absurdo: ¿por qué tengo que llegar al límite para tener un rincón donde nadie me mire?
Salgo y vuelvo a la calle con la misma cara de siempre, con el mismo paso de “todo bien”, pero por dentro me queda un cansancio que no se ve. Un cansancio de haber tenido que gestionar algo tan básico con tanta tensión.
Y ahí, ya más tranquilo, me entra la idea que me da vueltas desde hace tiempo: una ciudad no se mide solo por sus edificios o por su tráfico o por sus obras. Se mide por cómo trata a la vulnerabilidad cotidiana. Por cómo responde cuando el cuerpo dice “necesito”. Por si te deja descansar sin consumir. Por si te permite ser humano sin pedir perdón.
Yo no estoy pidiendo lujo. No estoy pidiendo baños con flores y música suave. Estoy pidiendo lo simple con dignidad: baños públicos limpios, señalizados, cuidados. Un lugar donde nadie te interrogue con la mirada. Un lugar que no te cobre vergüenza. Y sí, ya sé lo que viene: “pero los vandalizan”, “pero no hay presupuesto”, “pero quién los cuida”. Yo también lo pienso. No soy ingenuo. Solo que me niego a aceptar que la respuesta sea siempre: entonces que cada quien se aguante.
Porque “aguántate” es una filosofía cruel. Y una ciudad construida sobre el “aguántate” se siente como vivir con los hombros arriba todo el tiempo.
Hoy, después de todo, me quedé un rato mirando a la gente caminar. Cada uno con su prisa, con su carga, con su cara de “no me pasa nada”. Y pensé: quizá la mayoría también tiene su mapa secreto. Su mapa de miedos chiquitos. Su lista de lugares donde sí y donde no. Sus estrategias para no incomodar al mundo.
Yo solo vine a dejar esto acá, sin exigirle nada a nadie, como quien por fin se anima a decir lo que le da pena: que a veces mi relación con la ciudad se define por una urgencia y por una puerta. Que mi libertad se vuelve pequeña cuando mi cuerpo tiene que pedir permiso. Que mi paz depende demasiado de si alguien me deja usar un baño.
Y aunque me dé vergüenza admitirlo, también me da un poco de esperanza decirlo: porque cuando uno nombra estas cosas, pierden un poquito de poder. Y tal vez, con suerte, algún día el mapa secreto deje de ser secreto. Y Perú se parezca más a una casa y menos a una prueba de resistencia.
