No es que yo ande todo el día pensando en la muerte. No soy de esos que convierten la vida en un velorio anticipado, ni me gusta la pose de “yo ya lo entendí todo”. Pero hay épocas —no sé por qué— en las que el tema me agarra como un anzuelo. Estoy lavando un vaso, esperando el ómnibus, o mirando una película cualquiera, y de golpe: paf. La pregunta. ¿Qué pasa después? ¿Hay algo? ¿Se termina todo ahí? Y lo raro es que no siempre me da miedo. A veces me da curiosidad. A veces una calma extraña. Y otras… una obsesión medio tonta, como cuando te queda una canción pegada.
Creo que me obsesiona a ratos porque la muerte es el único asunto que no puedo “resolver” con esfuerzo. Todo lo demás, más o menos, lo podés manejar: trabajás más, estudiás, insistís, pedís ayuda, cambiás de hábitos. Pero esto no. Esto es como mirar el borde del mapa y ver que no hay más papel. Y mi cabeza, que es bastante preguntona, se queda rascando ahí.
Además, soy sincero: me obsesiona porque me duele la idea de perder. No sólo perder gente, perderme yo. Perder mis recuerdos, mis manías, mis chistes malos, mis ganas de mate, mis pequeñas vergüenzas. Me parece injusto que todo ese quilombo personal, tan íntimo, se apague como si fuera una luz. Y ahí aparece esa parte infantil que todos tenemos, aunque nos hagamos los adultos: “no puede ser y listo”. No quiero.
A veces me descubro negociando con el universo como un nene. “Dale, aunque sea un poquito más. Aunque sea una señal. Aunque sea que esto continúe de alguna forma.” Y me da pudor admitirlo, porque suena cursi. Pero también es humano. La obsesión, muchas veces, es sólo amor con ansiedad.
Lo que me pasa es que yo no sé creer de forma prolija. No soy de fe sólida, lineal, ordenada. Soy más bien intermitente. Hay días en los que me convenzo de que la conciencia es un fenómeno biológico, que se apaga, punto. Y hay otros en los que me encuentro hablando con alguien que ya no está, como si me escuchara. No porque esté seguro de nada, sino porque hay algo en mí que no acepta el silencio total.
Y ahí aparece el primer choque: yo no quiero dogma, pero tampoco me alcanza el “nada”. Quedo en el medio, que es un lugar incómodo. Un lugar sin bandera. Pero también un lugar honesto.
Cuando me obsesiona de verdad, me doy cuenta de que la pregunta por la vida después de la muerte no es sólo una pregunta metafísica. Es una pregunta práctica, aunque suene raro. Porque según lo que uno crea, vive distinto. Si todo termina acá, entonces cada día cuenta con una urgencia tremenda. Si hay continuidad, entonces capaz la urgencia baja, pero aparece otra responsabilidad. Y si no sé… entonces tengo que inventar una forma de vivir que no dependa de una certeza.
Lo divergente, lo que a veces no digo porque suena mal, es esto: una parte de mí sospecha que la obsesión por el más allá también es una forma de escapar del acá. Porque el acá es pesado. El acá te pide decisiones. El acá te pide bancarte la incertidumbre, el cuerpo, la rutina, los vínculos, los errores. Hablar del “después” a veces es más fácil que arreglar el “ahora”. Es como mirar el cielo para no mirar el piso desordenado.
Y sin embargo… tampoco quiero reducirlo a un truco psicológico. Porque he tenido momentos en los que la vida se sintió demasiado cargada de sentido como para que todo sea accidente. Me pasó mirando el mar en invierno, cuando no había nadie, y el viento te deja la cara roja. Me pasó escuchando a alguien pedir perdón de verdad. Me pasó cuando nació mi sobrina y vi esa cara nueva, como si el mundo recién se estuviera inventando. Esos momentos no prueban nada, obvio. Pero te dejan un “che… pará”. Te dejan la sospecha de que hay capas.
En Uruguay, además, somos buenos para la ironía. Para hacernos los escépticos. Para decir “sí, ta, qué sé yo” y seguir. Pero la muerte te saca esa máscara. Te deja sin chiste. Te deja con la pregunta cruda. Y cuando se muere alguien cercano, la obsesión no es filosófica: es un agujero en el pecho. Ahí no importa lo que diga un libro. Ahí importa si ese vínculo, de alguna manera, sigue respirando en algún lado.
Yo he leído cosas, he escuchado gente, he visto documentales, he conversado con creyentes y con ateos. Y siempre termino volviendo a lo mismo: nadie sabe con certeza. Los que dicen que saben, o mienten o se mienten o tuvieron una experiencia que no puedo verificar. Entonces, ¿qué hago con mi obsesión?
Hice una especie de pacto personal, medio simple:
1) No uso la idea del más allá para descuidar el más acá.
Si existe algo después, genial. Pero no quiero vivir como si este mundo fuera una sala de espera. Me parece una falta de respeto a lo único que tengo comprobado.
2) No convierto mi miedo en doctrina.
Puedo tener miedo a desaparecer. Está bien. Pero no voy a construir una “verdad” sólo para calmarme.
3) Me permito el misterio sin vergüenza.
Si un día siento que hay algo, lo dejo estar. Si otro día siento que no, también. No me castigo por fluctuar.
4) Honro a los que no están con actos, no con teorías.
Me sirve más cocinar una receta que hacía mi viejo, o decir una frase que decía mi abuela, que repetir ideas sobre el más allá. Lo vivo como continuidad concreta.
Y capaz, en el fondo, mi obsesión aparece cuando me doy cuenta de que estoy viviendo en automático. La pregunta por la muerte me despierta. Me dice: “che, esto se termina”. Y en vez de aplastarme, a veces me ordena. Me hace elegir mejor. Me hace cuidar. Me hace llamar a alguien. Me hace pedir perdón antes.
Entonces sí: la vida después de la muerte me obsesiona a ratos. Pero no siempre por la muerte. A veces por la vida. Porque la vida es preciosa justamente porque no la entiendo del todo. Porque no tengo un contrato firmado de continuidad. Porque no sé. Y ese no saber, si lo miro de frente, me puede volver loco… o me puede volver más presente.
Últimamente elijo lo segundo. Cuando me pica el más allá, respiro, me tomo un mate, y digo: “ta, no sé”. Y después, con esa duda en el bolsillo, sigo viviendo un poco más despierto.
