Hay gente que cuando le preguntan cuál es el mejor lugar del mundo, dice que Nueva Zelanda, o que la Toscana, o que no sé qué playa de Tailandia donde los atardeceres son rosados y todo eso. Yo los escucho y asiento, porque tampoco voy a ponerme a discutir con nadie. Pero por dentro pienso: esos no han estado en el Malecón un domingo por la tarde.
Llevo catorce años fuera de La Habana. Catorce años viviendo decentemente, con agua caliente todo el tiempo y la nevera siempre llena, que no es poca cosa. He viajado a sitios lindos. He comido bien. He dormido en camas que no crujen. Y aun así, hay noches que cierro los ojos y lo que me viene no es ningún hotel cinco estrellas ni ningún paisaje de postal. Me viene el olor. Ese olor específico que tiene La Habana: salitre, diesel, café recién colado, y algo más que no sé cómo nombrar pero que reconocería en cualquier parte del mundo.
Eso es lo que me hace asegurar, con toda la convicción que tengo, que el mejor lugar del mundo es uno que lleva décadas en problemas serios. Paradójico, lo sé. Pero así son las cosas del querer.
El Malecón, sobre todo. Ahí es donde más claramente lo siento cuando vuelvo de visita. Ese muro largo, desportillado en partes, con el mar pegándole de frente, siempre con gente encima. Familias, parejas, viejitos que llevan años sentados en el mismo pedazo de muro como si fuera su silla asignada. Músicos que sacan el instrumento sin que nadie los haya contratado. Niños que pescan con una caña improvisada y tanta paciencia que da respeto. Todo eso junto, sin organizarlo nadie, sin que haya un cartelito que diga «aquí hay que disfrutar»: eso no se fabrica. Eso se hereda o no se tiene.
Recuerdo un domingo específico, hace ya bastantes años, antes de irme. Mi madre había hecho arroz con pollo, que en mi casa era señal de que algo bueno estaba pasando o de que alguien quería que pareciera que sí. Comimos tarde, porque en Cuba se come cuando se puede y se estira la sobremesa todo lo que dé. Después caminamos hasta el Malecón, que quedaba a tres cuadras. No hacía ni frío ni calor, que en La Habana es lo que llaman «fresco» y en otros países llaman verano. Nos sentamos en el muro. No hablamos de nada importante. Solo miramos el mar un rato, como hace la gente cuando no necesita entretenerse porque ya tiene suficiente con estar.
Eso fue todo. Y es el recuerdo que más claramente tengo de mi vida entera.
Sé que idealizo. Claro que sí. La distancia hace eso: lija las partes ásperas y deja solo el brillo. Uno se va y empieza a recordar selectivamente, como un fotógrafo que solo enseña las fotos buenas. Recuerdo el sabor del mango en julio pero no recuerdo con la misma intensidad los apagones de tres horas. Recuerdo las carcajadas en la cola de la bodega pero no el cansancio de hacer esa cola. Así funciona la nostalgia, que es una trampa muy bien construida.
Pero también creo que hay algo que no es solo nostalgia. Hay algo en la manera que tiene esa ciudad de existir, algo en cómo la gente se las arregla siempre para estar presente, para reírse, para inventar, que no he encontrado igual en ningún otro lugar. He visto ciudades más ricas, más ordenadas, más eficientes. Pero hay una cosa que muy pocos sitios tienen, que es esa energía de quien no tiene mucho y aun así decide pasarla bien. Eso, yo no sé cómo explicarlo bien, pero se siente distinto.
Mi hija nació aquí, donde vivo ahora. Tiene el acento de acá, las referencias de acá, los amigos de acá. Para ella el mejor lugar del mundo probablemente sea otro. Y está bien. Eso también es así.
Pero a mí, si me preguntan, el mejor lugar del mundo tiene el Malecón. Tiene el mar de ese color verde-gris que no es bonito en las fotos pero en persona es perfecto. Tiene a mi madre adentro de una cocina pequeña haciendo que el arroz con pollo alcance para más gente de la que debería. Tiene ese ruido de ciudad vieja que no para nunca, ni de noche.
El mejor lugar del mundo es uno al que le faltan muchas cosas. Pero a mí no me falta cuando estoy ahí.
