Ta, voy a decir algo que suena obvio pero igual pega: buscar dónde vivir se volvió una especie de deporte de resistencia. No por “la aventura de mudarse”, sino por la sensación constante de que estás corriendo atrás de un precio que siempre va un paso adelante.
Hace unas semanas me puse a mirar alquileres, así, tranqui, “para ver”. Gran mentira. Uno arranca curioso y termina a las doce de la noche comparando monoambientes como si fuera una decisión existencial: este tiene luz pero te come el sueldo, este es barato pero es un agujero triste, este está divino pero te queda a una vida del laburo. Y en el medio aparece algo raro: el mercado inmobiliario no solo te ordena el bolsillo, te ordena la cabeza. Te dice qué podés soñar y qué no, sin hablarte.
A mí me pasa que, cuando veo ciertos precios, no pienso “qué caro”. Pienso “qué lejos estoy”. Y eso es medio tóxico, porque convierte la vivienda en un examen de valor personal. Como si no llegar fuera culpa tuya por no “hacer las cosas bien”. Y capaz sí, capaz pude ahorrar más, o elegir otra carrera, o no gastar en boludeces… pero también es cierto que hay una parte del juego que no depende de uno. Y esa parte se disfraza de normalidad: “es el mercado”.
Lo peor es que el mercado tiene esa forma de convencerte de que todo es elección individual. “Si no te da, buscá más lejos.” “Compartí.” “Arreglate.” Y ojo, esas son soluciones reales, no las desprecio. Pero a veces siento que son parches que te entrenan a aceptar lo que antes te hubiera parecido absurdo: vivir más chico, más lejos, más apretado, y encima agradecer.
Ahora, tampoco quiero caer en el discurso fácil de “los malos son los propietarios” y listo. Hay gente que alquila un apartamento heredado y con eso se sostiene. Hay gente que invirtió años para tener algo. Y sí, mantener una propiedad cuesta. El problema —para mí— es cuando la vivienda deja de ser principalmente vivienda y pasa a ser principalmente producto. Ahí cambia el aire de la ciudad: se siente menos hogar y más vitrina.
Mi punto no es original, pero me lo repito porque me sirve: una casa no es solo un techo, es un pedazo de tranquilidad. Y cuando ese pedazo se vuelve inestable, todo el resto se te desacomoda: planes, pareja, hijos, salud mental, hasta el humor.
Capaz la salida no es épica. Capaz es más simple y más aburrida: reglas claras, oferta real, barrios pensados para vivir y no solo para “valorizar”. Pero ta… decirlo es fácil. Lo difícil es que, mientras lo discutimos, la gente igual necesita dormir en algún lado. Y ahí el mercado no perdona: te cobra por mes… y a veces también te cobra por dentro.
