Yo no soy una persona “mística” en el sentido clásico. No ando viendo señales en cada esquina ni buscando respuestas en el horóscopo (aunque, bueno, a veces lo leo por curiosidad y porque es entretenido). Pero sí tengo una relación rara con el misterio: hay cosas que no sé explicar y, sin embargo, me ordenan por dentro. Como si mi mente, por muy lógica que se ponga, necesitara un rincón donde no todo tenga que cerrarse.
Me costó aceptarlo, porque uno vive con la idea de que ser adulto es tener respuestas. Y si no las tienes, por lo menos tienes que parecer que las tienes. Pero a mí me pasa al revés: cuando intento explicarlo todo, me enredo. Me pongo tenso. Me vuelvo duro. En cambio, cuando dejo un espacio para lo inexplicable, me calmo. No porque renuncie a entender, sino porque suelto esa obsesión de controlar.
Mi primer contacto con ese “misterio que ordena” fue bien simple: el silencio. Ese silencio profundo que no es incómodo, que no te pide llenar nada. Lo he sentido en lugares específicos: una iglesia vacía a media tarde, un mirador en la sierra, una casa cuando todos se han ido y solo queda el sonido del agua en la cocina. Ahí no pasa nada espectacular, pero yo quedo distinto. Es como si algo adentro se acomodara en su sitio, sin instrucciones.
También me pasa con ciertas coincidencias. No del tipo “el universo me habla”, sino coincidencias pequeñas que te ponen a pensar. Pienso en una canción que no escuchaba hace años y ese mismo día suena en un taxi. O pienso en alguien y me escribe. Sé que hay explicaciones: probabilidades, memoria selectiva, el cerebro conectando puntos. Lo sé. Pero igual hay algo en ese cruce que me despierta. No es “prueba” de nada; es una pausa. Un “mira esto”. Y esa pausa, curiosamente, me ordena.
Creo que el misterio cumple una función que no valoramos: te baja la soberbia. Te recuerda que no lo abarcas todo. Y eso, aunque suene incómodo, puede ser liberador. Porque si no lo abarco todo, entonces puedo descansar. Puedo dejar de actuar como si fuera responsable de entender el mundo entero. Puedo ser un humano normal, con preguntas.
Yo antes confundía “misterio” con “confusión”. Como si lo misterioso fuera lo que está mal explicado o lo que no estudié suficiente. Pero con el tiempo entendí que hay un misterio sano, uno que no es ignorancia, sino profundidad. Como el mar: puedes aprender de corrientes, salinidad, fauna… pero igual hay algo ahí que no se domestica. Y eso no lo vuelve menos real; lo vuelve más grande.
Y, ojo, no estoy hablando de creer cualquier cosa. No se trata de apagar el pensamiento crítico. Para mí el misterio que ordena no es el que me vende certezas mágicas, sino el que me permite convivir con el “no sé” sin angustiarme. El misterio que me ordena no grita; susurra. No me empuja a fanatizarme; me invita a estar presente.
A veces ese misterio aparece en la gente. En un gesto inesperado de bondad. En alguien que te entiende sin que le des un discurso. En una conversación donde, por un rato, no hay máscaras. No sé explicarlo bien, pero se siente como si el mundo se alineara un poquito. Como si, de pronto, lo importante se volviera obvio.
Yo tengo una práctica medio simple para esto: cuando algo me “ordena” sin explicación, no intento apurarlo con lógica. Lo registro. Me digo: “Esto me hizo bien”. Y lo cuido. Si fue una caminata al amanecer, intento repetirla. Si fue un libro que me dejó en paz, lo vuelvo a abrir. Si fue una canción, la guardo como quien guarda una llave.
Porque, al final, el misterio no es un enemigo del orden. A veces es su origen. Es ese recordatorio de que no todo tiene que pasar por la cabeza para ser verdadero. Hay cosas que se entienden con el pecho, con el cuerpo, con el ritmo de la vida.
Y cuando acepto eso, algo en mí deja de pelear. No porque sepa más, sino porque exijo menos. Y ahí, paradójicamente, me ordeno. Como si el “no sé” fuera, también, una forma de hogar.
