El papelito del turno salió tibio de la máquina, como si acabara de nacer para decepcionarme. B-48. En la pantalla iban por el B-12. Una distancia razonable, digamos, si uno mide el tiempo con una regla hecha de resignación. Me senté en una silla de plástico que tenía la forma exacta de alguien que ya había perdido la fe. Alrededor, la ceremonia conocida: gente mirando el celular sin mirar nada, un chico pateando el aire, una señora con carpeta transparente, un señor que suspiraba con autoridad. Todos fingíamos que estábamos ahí por un trámite. Mentira.
También estábamos ahí para comprobar cuánto nos quedaba de paciencia antes de convertirnos en personaje secundario de una escena incómoda. Lo curioso del turno es que te ordena por fuera y te desordena por dentro. Un número parece una cosa limpia, democrática, casi elegante. Primero uno, después otro. Civilización. Pero basta que la pantalla tarde demasiado en cambiar para que empiecen las pequeñas teorías: que a ese lo atendieron antes, que la ventanilla tres no trabaja, que seguro falta alguien, que el sistema se cayó, que la vida misma es una impresora sin tóner. Yo había ido convencido de que era una persona adulta. Llevaba el DNI, una fotocopia que quizás no hacía falta, una lapicera por las dudas y esa cara de “vengo preparado” que tanto nos gusta usar antes de que el mundo nos recuerde su sentido del humor.
A los quince minutos ya estaba revisando si el comprobante seguía en el bolsillo, como si pudiera escaparse. A los treinta, negociaba conmigo mismo: si me llaman antes de las once, todavía salvo el día. Qué generoso, el día, siempre esperando que uno lo salve. Hay una parte de mí que se vuelve solemne en las salas de espera. Como si cada trámite fuera una prueba moral. No importa si es cambiar una clave, retirar un papel o preguntar algo que podría haber sido un mail claro en otra civilización posible. Enseguida aparece esa voz interna, tan aplicada, diciendo que hay que tolerar, que no es para tanto, que peor sería otra cosa.
Y sí, claro. Siempre peor sería otra cosa. Frase útil para no romper nada, pero bastante mala para entender por qué una pavada puede pesar como un mueble. Porque no era el turno, supongo. Era llegar con sueño. Era haber salido apurado. Era sentir que el tiempo propio vale poquito si no viene sellado por alguien detrás de un vidrio. Era esa mezcla ridícula de enojo y vergüenza por estar enojado. Una emoción con camisa adentro del pantalón, tratando de parecer razonable. En la pantalla apareció B-48 y me paré demasiado rápido, con una dignidad ligeramente teatral. La empleada me pidió el papel que yo había cuidado como si fuera un pasaporte a otro planeta. Revisó, tipeó, selló. Todo duró menos de tres minutos. Al salir, el aire de la calle me pareció una recompensa exagerada. No había resuelto la vida, apenas un trámite. Pero caminé con esa liviandad tonta de quien recupera algo mínimo: la sensación de que, por un rato, nadie me estaba llamando por número.
