Hay algo que me intriga mucho y de lo que casi no escucho hablar en serio: los olores me conocen mejor que muchas de mis propias ideas.
A mí me pasa así. Puedo olvidar una conversación entera, una fecha, incluso una cara que vi un par de veces. Pero hay olores que me pillan desprevenida y me devuelven completa a una versión antigua de mí misma. No como recuerdo mental, no como “ah, sí, me acuerdo”. No. Me devuelven entera. El cuerpo cambia al tiro. La respiración, el ánimo, hasta la forma en que miro alrededor.
Me pasó hace poco con el olor de un clóset cerrado. Ni siquiera era un perfume rico. Era esa mezcla media rara entre madera, tela guardada y tiempo quieto. Y de pronto sentí una tristeza antigua, pero no triste-triste. Más bien una pena suave, como de infancia. Me acordé de una casa donde ya no vive nadie importante para mí. Y ahí me quedó dando vueltas una idea: capaz que uno no vive solo rodeado de objetos; también vive rodeado de rastros invisibles que le ordenan el alma sin pedir permiso.
Lo curioso es que casi siempre tratamos a los olores como detalle menor. Hablamos de la música, de las fotos, de las palabras. Pero el olor entra por otro lado. No pide explicación. No argumenta. No convence. Simplemente abre una puerta.
Y eso, encuentro yo, da un poco de susto.
Porque entonces quizá no somos tan dueños de nosotros mismos como creemos. Quizá una parte importante de lo que amamos, rechazamos o extrañamos está guardada en un rincón que no sabe hablar, pero sí sabe despertar. Tal vez por eso hay lugares que “se sienten raros” antes de que podamos explicar por qué. O personas cuya presencia se nos queda pegada incluso cuando ya no están.
Yo antes pensaba que recordar era un acto de la cabeza. Ahora no estoy tan segura. A veces siento que recordar es algo mucho más humilde y más misterioso: entrar a una pieza, respirar hondo, y darse cuenta de que había una versión tuya esperando ahí desde hace años.
