Yo llegué a España creyendo que acá todo iba por ventanilla, por formulario, por cita previa, por número de expediente. Y sí, va por ahí. Pero también va por otra parte más invisible, más de pasillo, más de “dejame que conozco a alguien”. Al principio me hacía gracia. Después me empezó a incomodar un poco. Y ahora, la verdad, no sé muy bien qué pensar.
Porque no hablo de grandes escándalos ni de cosas turbias de película. Hablo de lo cotidiano. De conseguir una cita antes porque un primo trabaja en no sé dónde. De encontrar alquiler porque una amiga conoce al dueño y “te recomienda”. De que alguien te diga qué médico es mejor, qué funcionario atiende con más paciencia, qué colegio “conviene”, qué gestor “mueve bien las cosas”. Hablo de esa España que funciona, muchas veces, no porque el sistema sea claro, sino porque alguien te abre una puerta lateral.
Y ojo, no lo digo desde un pedestal. En Uruguay también sabemos bastante de eso. El “conozco a fulano” es casi una institución rioplatense. Uno no pide un favor con solemnidad; lo tira al aire, como quien no quiere la cosa: “che, ¿vos no tendrás algún contacto?”. Y si aparece, aparece. Capaz por eso lo reconocí tan rápido acá. Cambia el acento, cambia el horario de la comida, cambia el tamaño de las ciudades, pero la lógica es parecida: cuando el camino normal se vuelve lento, confuso o injusto, la gente inventa otro camino.
Lo raro es que a veces esos favores no se viven como trampa, sino como supervivencia. Y ahí está el asunto. Si una persona lleva semanas intentando resolver algo y no obtiene respuesta, cuando aparece alguien que “le echa una mano”, no siente que está rompiendo nada. Siente alivio. Siente que por fin el mundo se acordó de que existe. El problema es que ese alivio individual puede dejar a otro más atrás, esperando en silencio, sin primo, sin contacto, sin recomendación.
A mí me pasó una vez buscando piso. No fue nada extraordinario. Simplemente, cada anuncio parecía recibir cien mensajes en diez minutos. Yo mandaba el mío, prolijo, educado, casi pidiendo perdón por existir. Nada. Hasta que una conocida me dijo: “Te paso el teléfono de una señora que alquila, decile que vas de mi parte”. Y de golpe, donde antes había muro, hubo conversación. Me alegré, claro. No soy mártir. Necesitaba casa. Pero también me quedó una sensación fea, como si hubiera entrado por una puerta que no estaba dibujada en el plano.
Desde entonces me fijo más. España tiene una cantidad enorme de cosas que funcionan bien, muchísimo mejor de lo que a veces se reconoce: transporte, sanidad, barrios vivos, comercios, gente que ayuda sin hacer ruido. Pero también tiene una capa de funcionamiento informal que parece cubrir los huecos de lo oficial. Y cuando esa capa se vuelve demasiado necesaria, algo se descompensa. Porque el favor, cuando sustituye al derecho, deja de ser amable.
No creo que todos los favores sean malos. Sería absurdo. Una sociedad sin favores sería una cosa fría, de plástico. A mí me gusta que alguien te recomiende, que te orienten, que una vecina te diga “andá a tal sitio que te atienden bien”. Eso también es comunidad. El problema aparece cuando sin esa red no llegás a ningún lado. Cuando la vida se vuelve una especie de mapa secreto y cada quien avanza según los nombres que tiene guardados en el móvil.
Capaz lo que me inquieta no es el favor en sí, sino la resignación con la que se acepta. Como si dijéramos: “Bueno, es así”. Y ese “es así” es peligroso, porque va dejando a mucha gente afuera sin que se note demasiado. No hace falta cerrarle la puerta a nadie; alcanza con no saber a qué puerta llamar.
Yo todavía agradezco los favores. Los pido, los hago, los recibo. No voy a fingir pureza. Pero cada vez que alguien me dice “tranquila, yo te averiguo”, siento dos cosas a la vez: gratitud y sospecha. Gratitud porque alguien se toma la molestia. Sospecha porque, si necesito que alguien me averigüe lo básico, capaz lo que no está funcionando no soy yo. Es el sistema que nos enseñó a depender demasiado de la mano amiga.
