No sé en qué momento empecé a confundir estar tranquilo con estar apagado.
Me pasó de a poco, sin darme mucha cuenta. Al principio era solo querer descansar después de la pega, llegar a la casa, comer algo rápido y echarme un rato a mirar el celular. Algo normal, supongo. Uno llega cansado, con la cabeza llena, y no quiere más problemas. Quiere silencio, quiere comodidad, quiere no pensar tanto.
El problema es que ese “un rato” se empezó a estirar demasiado.
De pronto, mis días se parecían mucho entre sí. Trabajo, comida, pantalla, sueño. Trabajo, comida, pantalla, sueño. Y los fines de semana, en vez de hacer algo distinto, terminaba buscando lo más fácil: pedir comida, ver cualquier cosa, no moverme mucho, no conversar demasiado. Como si mi única meta fuera no incomodarme.
Y ojo, no estoy diciendo que descansar esté mal. Todo lo contrario. Hay semanas en las que uno necesita parar. El cuerpo también pide tregua. Pero una cosa es descansar y otra muy distinta es vivir anestesiado.
A mí me empezó a pasar eso. Estaba cómodo, sí, pero también medio dormido por dentro.
Tenía ideas que nunca hacía. Cosas que quería aprender, pero siempre dejaba para después. Amigos a los que quería llamar, pero me daba lata. Caminatas que podía hacer, libros que podía leer, conversaciones que podían moverme un poco la cabeza. Pero elegía siempre lo mismo, porque lo mismo no exige nada.
La comodidad tiene algo tramposo. Al principio te abraza. Después te encierra.
No te obliga, no te grita, no te amenaza. Solo te dice: “Quédate acá, no pasa nada”. Y uno se queda. Un día, dos días, meses. Hasta que te das cuenta de que no estás mal, pero tampoco estás bien. Estás como en pausa.
A veces pienso que la incomodidad tiene mala fama. La evitamos como si fuera una enemiga, pero muchas veces es la señal de que algo se está moviendo. Levantarse temprano cuesta, pero después el día se siente distinto. Decir lo que uno siente da nervios, pero también libera. Aprender algo nuevo desespera un poco, porque uno se siente torpe, pero al final te despierta.
En cambio, la comodidad constante puede dejarte sin preguntas. Y una persona sin preguntas se empieza a achicar.
No lo digo como alguien que ya superó todo esto. Para nada. Todavía me gana muchas veces la flojera. Todavía agarro el celular para no pensar. Todavía digo “mañana empiezo” con una facilidad impresionante. Pero al menos ahora trato de darme cuenta.
Trato de preguntarme: ¿estoy descansando o me estoy escapando?
Porque no es lo mismo.
Descansar te devuelve energía. Escaparte te la va quitando de a poquito. Descansar te deja mejor. Escaparte te deja igual, pero con más culpa encima.
Últimamente intento hacer pequeños cambios. Salir a caminar sin audífonos. Cocinar algo aunque sea simple. Leer dos páginas. Ordenar un cajón. Mandar un mensaje pendiente. Cosas chicas, nada heroico. Pero me ayudan a sentir que sigo ahí, que no me convertí en una persona que solo consume horas.
Quizás la vida no se arregla saliendo de la comodidad de golpe. Quizás basta con abrir una ventana.
Moverse un poco.
Elegir algo que cueste apenas.
Sentir otra vez que la mente no está sedada, sino despierta.
