EL PERFUME
La fragancia aquella vez era la misma que ahora, Paco Rabanne. Esteban la percibió por primera vez en la casa de familia en la que su madre trabajaba, lavando y planchando algunos días de la semana.
Recordaba con mucho detalle aquel día. El hecho de ser invidente había desarrollado en grado sumo el resto de sus sentidos, sobretodo el oído y el olfato. Por eso jamás olvidaría esa fragancia ni las sensaciones relacionadas con ella. Un aroma audaz y fresco, casi irresistible, con un sensual toque a vainilla, mixturado con matices de mandarina, jazmines y flor de jengibre. Y muy en el fondo, una pisca de madera de cachemira.
Había ido a saludar a su madre y, al salir a la calle, con su bastón blanco y su perro lazarillo, un hermoso labrador retriever, fue atropellado por alguien. De inmediato percibió ese perfume, que se clavaría en su memoria olfativa como un puñal en la sangre.
Una voz femenina, dulce y agradable, se encargó de ofrecerle sus disculpas.
- ¡Perdón! ¡Qué atolondrada soy! Lo lamento muchísimo. Es que vengo tan apurada. Esta vida de locos nos tiene corriendo siempre de aquí para allá.
- No se disculpe. No es necesario –respondió Esteban, algo turbado-. Todos estamos así. La vida no nos da tregua.
- Es cierto. Deberíamos calmarnos un poco y percibir el mundo que nos rodea. Hay tanta belleza a nuestro alrededor.
Hubo un breve silencio. Ella lo observó con detenimiento. Era joven y buen mozo, con su cabello prolijamente peinado y un alineo indumentario sobrio pero muy elegante. Observó a su perro y, acariciando el lomo del labrador, preguntó:
- ¿Y esta belleza cómo se llama?
- Él es mi fiel compañero, Odin.
- ¡Un nombre poderoso! –exclamó ella, riendo con una risa que parecía un cascabel.
- Ciertamente es un gran nombre para un gran compañero –respondió el muchacho-. Jamás me deja, ni a sol ni a sombra. Es cierto que la bolsa de galletas que llevo en mi bolsillo es un gran estímulo para él.
Rieron un instante. Él se fue aflojando y sintió una sensación placentera y agradable.
- Sin dudas. Pero estoy segura de que el amor es más importante para él que una bolsa de galletas.
- Depende del grado de apetito que tenga –aclaró el joven, riendo también.
Ella observó un libro que él llevaba en su mano y dijo:
- Justamente acabo de leer ese libro. Una historia deliciosa.
- No me cuentes el final porque todavía no lo termino.
- Termina bien. Va a gustarte.
- ¡Qué alivio! Pensé que el asesino era el mayordomo, como siempre.
Volvieron a reír. Descubrieron que se sentían muy a gusto juntos. Ella observó su reloj y, alarmada, alertó:
- ¡Oh, lo lamento mucho, pero debo irme! ¡Estoy llegando tarde a mi cita! Realmente fue un placer conocerte.
Mientras se estrechaban la mano, él dijo:
- El placer fue todo mío. Espero que me vuelvas a atropellar cualquier día de estos.
Ella se alejó, riendo a carcajadas.
Él se quedó meditativo, recordando la suavidad de su mano y aquel perfume que jamás olvidaría.
Pasaron casi tres meses desde aquel encuentro, cuando él subió a un colectivo en Avenida de Mayo, pleno centro porteño.
Se sentó y desplegó su libro, una novela escrita en braille.
En ese momento volvió a percibir aquel perfume. Recordó aquella cálida voz, esa mano suave como un terciopelo, aquella conversación amable y risueña.
- Paco Rabanne. Fragancia Olympea. Nunca olvidaría ese aroma a vainilla y jazmín, con un toque a mandarina –dijo él, girando su cabeza hacia la persona que se hallaba sentada a su lado.
- ¡Qué gusto volver a verte! –exclamó ella al escuchar su voz.
- ¡Qué gusto volver a olerte! –dijo él.
Tras un breve silencio, ella preguntó:
- ¿Y Odín?
- Correteando en el Valhalla seguramente. Ya no está conmigo. Una enfermedad fulminante se lo llevó. Me acostumbré a andar solo. No podría reemplazarlo por ningún otro perro
- Lo lamento.
- Merecía un descanso.
La mujer lo miró con ternura. Nuevamente miró su reloj.
- ¿Adónde vas? –preguntó ella.
- A un bar al que voy todas las tardes. Tomo mi café, leo, escucho las conversaciones a mi alrededor, distingo los perfumes. Cada perfume habla mucho de su portador.
- ¿Sí? ¿Y el mío que sugiere?
Él se quedó pensando un instante.
- Sugiere que eres una hermosa mujer, de ojos claros y de un carácter amable y solidario. Que te vistes sobriamente pero que, a través de tu perfume, transmites tu esencia, liberas tu sensualidad, como un diamante escondido en el fondo de la tierra.
Ella se sintió emocionada al escuchar sus palabras. Miró su reloj. Ya debía bajar.
- ¿Y vos adónde vas?
- Tengo una cita –dijo ella, casi con timidez.
- Y ya debes bajarte, ¿no?
- Sí. Fue un gusto verte.
- El gusto fue mío.
Ella se puso de pie y se acercó a la puerta trasera del colectivo.
Sintió un ardor en sus ojos y un terrible nudo en la garganta. Una angustia incontenible la poseyó y miles de impulsos contradictorios cruzaron su mente.
Entonces volvió tras sus pasos y, parándose al lado del muchacho, le preguntó:
- ¿Te gustaría tomar un café conmigo?
- ¿Y tu cita?
- ¡Puede esperar!
Él sonrió, con una mueca de felicidad en su rostro, y finalmente dijo:
- Sería un gusto tomar un café contigo.
Contexto editorial
Ficción o creación literaria
Contenido creativo que puede incorporar situaciones, voces o elementos imaginarios.
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Observatorio
Un aroma reconocido meses después puede hacer que un encuentro casual deje de ser apenas una anécdota. Entre la prisa urbana, una disculpa, una conversación amable y una memoria olfativa muy precisa, el perfume aparece como una señal íntima: no reemplaza a la presencia de la otra persona, pero permite reencontrarla y abrir una posibilidad afectiva.
Esteban, un hombre invidente, recuerda la fragancia Paco Rabanne Olympea desde un encuentro casual ocurrido al salir de la casa donde trabajaba su madre. Una persona que iba apurada choca con él, se disculpa y ambos conversan con simpatía sobre su perro lazarillo, Odín, y sobre un libro que Esteban lleva en la mano. Meses después, en un colectivo de Avenida de Mayo, Esteban vuelve a percibir el mismo perfume y reconoce a aquella mujer. Durante el nuevo intercambio, ella le pregunta por Odín, él cuenta que murió por una enfermedad fulminante y luego describe lo que ese aroma le sugiere sobre ella. Aunque la mujer tenía una cita, decide postergarla y le propone tomar un café juntos.
Fragmentos literales destacables
“Cada perfume habla mucho de su portador.”“¡Qué gusto volver a olerte!” La fragancia cumple una doble función: es memoria y también invitación. Permite reconocer una presencia asociada a un momento amable, pero no garantiza por sí sola conocer a la otra persona. Ahí aparece una distinción importante: una impresión sensorial puede abrir una puerta, aunque el vínculo solo empieza a volverse real cuando se sostiene en conversación, atención y elección mutua.
También hay un límite delicado en la interpretación del perfume. Esteban lee en ese aroma rasgos de carácter, belleza y sensibilidad; esa lectura resulta emotiva dentro del encuentro, pero sigue siendo una percepción subjetiva. El interés de la escena no está en demostrar que un perfume revele una esencia personal, sino en mostrar cómo ciertos detalles pueden convertirse en puentes cuando alguien les presta atención.
La decisión final de postergar la cita desplaza el peso del azar hacia la voluntad. El primer encuentro ocurre por accidente; el segundo, por reconocimiento; el café, en cambio, nace de una elección. Esa diferencia importa porque transforma una coincidencia agradable en una posibilidad de relación.
Análisis generado mediante inteligencia artificial por Mentes Propias.

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