Ta, hoy necesito dejar esto acá, suelto, como quien apoya la frente en el vidrio y mira la calle sin esperar que nadie conteste.
En Montevideo, cuando baja la noche en serio, la humedad se te mete por las costuras. No es que haga un frío imposible, es otra cosa: es como si el aire tuviera peso. Y ahí, justo ahí, mi cuerpo decide que dormir es una negociación. No una orden. Una conversación larga, llena de “bueno… capaz… a ver”.
Yo sé que en el tema de la higiene del sueño se habla un montón de pantallas, de horarios, de hábitos. Pero a mí lo que me parte la cabeza es lo físico, lo chiquito: la sábana que raspa, el ruido mínimo del caño, la persiana que queda un milímetro abierta y deja entrar una línea de luz como un cuchillo finito. Me distraigo con eso y después ya no vuelvo. Me quedo contando detalles como si fueran ovejas raras.
Anoche me levanté tres veces. No por ansiedad “dramática”, no por pensamientos oscuros. Fue porque la cama no estaba bien armada. Sí, suena ridículo, pero es real: el pliegue mal puesto me hace sentir que el mundo está torcido. Y yo, bo, no puedo aflojar si siento que algo está torcido.
Entonces hice mi ritual, que no es místico ni nada, pero tiene algo de oración práctica. Abrí un toque la ventana para que el cuarto respirara. Acomodé la frazada pesada arriba, esa que cae como abrazo con gravedad. Dejé la luz del velador en amarillo bajito, como si la pieza estuviera en una puesta de sol eterna. Y me quedé quieto, escuchando el ruido de fondo de la ciudad: algún bondi lejos, una moto que se pierde, el ascensor del edificio vecino que suena como un suspiro metálico.
Me di cuenta de que a mí me calma la constancia. Que lo que me desvela no es “el mañana”, sino lo impredecible: la sensación de que algo va a cambiar sin avisar. Por eso, cuando logro que el cuarto sea siempre el mismo —la misma textura, la misma temperatura, el mismo olor a ropa limpia—, algo adentro mío se ablanda. Como si el cuerpo dijera “ah, ta… acá no hay sorpresas”.
Y en esa calma, me acordé del Río de la Plata, de esa forma que tiene de estar y no estar, de moverse sin apuro. Pensé que capaz dormir es eso: un río interno que necesita margen, necesita orilla. Si la orilla está desordenada, el agua se sale.
No sé a quién le sirve esto. Capaz a nadie. Capaz solo a mí, para no sentirme tan solo cuando la madrugada se pone brillante y silenciosa, y yo sigo con los ojos abiertos, mirando el techo como si fuera un mapa.
Hoy quiero creer que cuidar el sueño también es un acto de cariño. No para “rendir más”, no para ser más productivo, sino para tratarme con un poquito de paciencia. Para decirme, sin sello y sin permiso: acá estás. Aflojá. Ya podés descansar.
