Durante mucho tiempo yo pensé que las redes sociales me cansaban solo por una cosa bien simple: porque me quitaban tiempo. Y sí, obvio que lo hacen. Uno entra cinco minutos y sale cuarenta después, como si le hubieran sacado un pedazo de la tarde sin pedir permiso. Pero con el tiempo me di cuenta de que el problema no era solo ese. El precio real no estaba en los minutos perdidos. Estaba en la cabeza con la que yo salía después.
Eso fue lo que más me costó ver.
Porque una cosa es perder tiempo. Otra muy distinta es terminar comparándote, acelerado, medio vacío y con la sensación rara de que todo el mundo está viviendo mejor que tú. A mí me empezó a pasar seguido. Yo abría el celular sin ninguna intención concreta, como quien se asoma a una ventana, y al rato ya estaba sintiendo que mi vida andaba lenta, fea o insuficiente. No porque hubiera pasado algo grave, sino porque me había expuesto demasiado rato a versiones editadas de otras vidas.
Y eso pega.
No siempre pega como un golpe grande. A veces pega como goteo. Una foto que te hace sentir atrasado. Un video que te deja la atención hecha pedazos. Una opinión dicha con una seguridad brutal que te hace dudar de ti mismo. Una cadena infinita de gente mostrando logros, cuerpos, viajes, ideas, parejas, rutinas, opiniones, como si vivir fuera rendir examen público todo el día.
Yo antes decía: “Si me afecta, es culpa mía por enganchar”. Ahora no lo veo tan simple. Claro que uno tiene responsabilidad. Pero también hay una maquinaria diseñada para meterse en la mente, agarrar lo que más te activa y no soltarte. No está hecha para darte paz. Está hecha para retenerte. Y eso cambia mucho la conversación. Porque deja de ser solo un problema de voluntad personal y pasa a ser también un problema de higiene mental.
A mí lo que más me desgasta no es ni siquiera el contenido tóxico más obvio. Eso, por último, se nota al tiro. Lo que más me desgasta es la fragmentación. Saltar de una tragedia a un chiste, de un consejo de productividad a una pelea absurda, de una noticia grave a alguien bailando frente a la cámara. Todo junto. Todo rápido. Todo pidiendo una reacción. Después de un rato, siento que la cabeza ya no distingue bien qué merece atención de verdad y qué solo está compitiendo por mi impulso.
Y cuando eso se vuelve costumbre, cambia mi forma de estar.
Me pongo más ansioso. Más disperso. Menos capaz de sostener una idea larga. Hasta me cuesta aburrirme, que es algo que antes me pasaba y ahora casi valoro como un lujo. Porque el aburrimiento, aunque suene raro, a veces ordena. Las redes, en cambio, muchas veces me dejan estimulado pero no nutrido. Lleno, pero hueco. Con la sensación de haber visto mucho y pensado poco.
También me pasa algo más incómodo: me alteran la medida con la que evalúo mi propia vida. Empiezo a sentir que si no estoy produciendo algo visible, si no estoy diciendo algo ingenioso, si no estoy mostrando algún avance, entonces estoy medio desaparecido. Y esa lógica me parece peligrosísima. Porque convierte la existencia en vitrina. Ya no basta con vivir. Parece que además hubiera que exhibir, explicar y optimizar todo.
Yo no quiero vivir así.
No quiero que mis momentos tranquilos me parezcan pobres solo porque no son fotogénicos. No quiero que una tarde normal se sienta insuficiente por no generar contenido. No quiero medir mi valor con métricas que cambian cada cinco minutos y que, en el fondo, ni siquiera hablan de mí, sino de atención ajena.
Por eso, con el tiempo, empecé a mirar las redes de otra manera. No como enemigas absolutas, porque también sirven, conectan, entretienen y a veces hasta acompañan. Sería exagerado negar eso. Pero sí como espacios que cobran peaje mental. Y ese peaje, si uno no lo mira de frente, termina saliendo caro.
En mi caso, el precio ha sido este: menos silencio interno, más comparación, más ruido, menos profundidad.
Y la verdad, ya me cansé de pagar tanto por algo que muchas veces me deja peor de lo que estaba.
