La portería del consultorio tenía un letrero impreso en hoja oficio: “Por seguridad, entregue su documento”. Así, con esa tranquilidad de frase que parece escrita por una institución y no por una persona. Yo iba a una cita que ya venía tarde, entonces saqué la cédula, la dejé en una bandejita plástica y recibí a cambio una ficha azul con un número. Negocio redondo: mi identidad por una tapa de gaseosa con pretensiones. El señor de seguridad fue amable, aclaro, porque uno ya aprendió a aclarar eso antes de decir cualquier cosa: nadie quiere quedar como el intenso que pelea con el portero. Mientras esperaba el ascensor, una señora detrás de mí preguntó si de verdad tenía que dejar la cédula. Alguien respondió, con esa sabiduría de fila que tanto nos gusta: “El que nada debe, nada teme”. Y ahí fue donde me quedé pensando, no porque la frase sea nueva, sino porque la usamos como si cerrara la discusión cuando más bien la deja coja. ¿Desde cuándo sentirse incómodo con entregar datos, papeles, fotos, huellas o explicaciones es señal de culpa? Esa lógica sirve para todo y por eso mismo debería darnos desconfianza. Si no debo nada, entonces entregue la maleta. Si no debo nada, entonces deje revisar el celular. Si no debo nada, entonces acepte que lo graben, que lo clasifiquen, que lo anoten en una planilla que nadie sabe dónde termina. Todo muy seguro, claro, hasta que uno pregunta quién cuida lo que le acaban de quitar. Ahí la seguridad se vuelve tímida. No digo que no haya controles, ni que todo sea una conspiración con carpetas negras y música de suspenso. Entiendo que hay edificios, turnos, responsabilidades, gente entrando y saliendo. Lo que me parece flojo es que hayamos convertido cualquier pregunta en mala actitud. Como si pedir una razón fuera sabotear la paz pública. Como si la confianza consistiera en obedecer rápido y con cara de buen ciudadano. Al salir, recuperé mi cédula sin drama, completa, plastificada y aburrida como siempre. Pero la frase se me quedó dando vueltas. Tal vez el problema no es tener algo que esconder, sino haber aceptado que cualquiera puede pedirnos cualquier cosa si le pone encima la palabra seguridad. Y si una palabra sirve para que dejemos de preguntar, pronto deja de protegernos y empieza a educarnos en silencio.
El que nada debe también puede incomodarse

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