Escribo desde una incomodidad que me acompañó todo el día, como una piedrita en el zapato. No es indignación de redes, ni ganas de sermonear. Es vergüenza por lo rápido que normalicé ciertas cosas, y lucidez porque, cuando por fin las miro de frente, ya no puedo “desverlas”.
La escena fue chiquita. Acompañé a una amiga a un consultorio. Había una mamá con su guagua envuelta en una frazada, esperando turno con cara de “por favor que esto pase luego”. En la pared, un papel impreso avisaba que algunos exámenes se estaban demorando más de lo habitual por falta de insumos. Nada cinematográfico: solo la vida en modo espera.
Salimos y, caminando, me llegó una noticia al celular: el gasto militar mundial volvió a romper récords en 2024 y llegó a unos 2,718 billones de dólares.
No sé por qué, cachái, pero en mi cabeza se pegó esa cifra al papel del consultorio, como si fueran dos fotos del mismo mundo tomadas desde ángulos opuestos.
Y me salió una pregunta que me da pudor porque suena ingenua, pero es honesta: ¿qué estamos defendiendo exactamente?
Durante años, cada vez que veía tensiones entre países grandes, yo repetía “así funciona el mundo”. Como quien se encoge de hombros para no sentir. Pero esa frase ya no me sirve. Porque “defensa” se supone que es seguridad, y yo no logro meter en la misma bolsa el orgullo geopolítico y la guagua con fiebre.
La competencia como religión silenciosa
Hay países que compiten por “ser potencia” como si esa etiqueta trajera bienestar por default. Y ojo: no me escandaliza que un país quiera prosperar. Lo que me inquieta es el camino que se volvió costumbre: demostrar músculo, acumular disuasión, correr para que el otro no te alcance.
No soy ingenuo: entiendo amenazas reales. Entiendo la lógica de “si me ven débil, me atacan”. Sería absurdo pedir desarme unilateral como si el mundo fuera un taller de convivencia. Pero también me parece absurdo que nuestro sentido común haya quedado atrapado en una idea única: que la manera adulta de gestionar el miedo es invertir cada vez más en la posibilidad de destruir.
Porque la lógica de potencia es acumulativa: si uno sube, el otro siente que debe subir. Y al final nadie está más tranquilo: solo están todos más caros y más reactivos. La carrera se vuelve identidad.
La otra guerra, la que no tiene sirenas
Mientras las potencias compiten, hay otra carrera que vamos perdiendo en silencio: la de no enfermarnos, educar bien, adaptarnos al clima, sostener ciudades y vínculos.
La OMS advierte que, al ritmo actual, el mundo no alcanzará la cobertura sanitaria universal para 2030; proyecta un índice global de cobertura alrededor de 74/100 y que mucha gente seguirá enfrentando dificultades financieras por motivos de salud.
En educación, una estimación sitúa la brecha anual de financiamiento en países de ingresos medios y bajos en torno a 97 mil millones de dólares.
Cuando pongo eso al lado del récord de gasto militar, no siento rabia: siento pena por la falta de imaginación. Plata hay. Talento hay. Lo que parece escaso es la decisión de llamar “seguridad” a lo que sostiene la vida diaria, no solo a lo que sostiene fronteras.
Un giro de palabra que cambia el mapa
Me ayudó cambiar el enfoque: en vez de “seguridad nacional”, pensar en “seguridad humana”. Suena blando, pero es brutalmente concreto: agua, vacunas, energía, vivienda, prevención de desastres, paz social, confianza.
Y con esa palabra nueva, se me cae una creencia vieja: la potencia no debería medirse por cuánto daño puedes causar, sino por cuánto caos puedes absorber sin romperte. Porque una pandemia no pide pasaporte. Un incendio no respeta líneas. El calor no negocia. Ninguna de esas amenazas se detiene con un misil.
Entonces, ¿por qué seguimos jugando a un ajedrez de acero en un tablero que se está incendiando?
Una idea imperfecta, pero menos cómoda que la actual
No tengo soluciones mágicas, pero sí una propuesta que, al menos, obliga a mirar el costo real: un “presupuesto gemelo” global.
La regla sería así: si un país aumenta su gasto militar por encima de un umbral (por tensión regional, por cambio de contexto), ese aumento activa automáticamente una contribución proporcional a un Fondo de Resiliencia Humana. No como caridad; como seguro colectivo contra pandemias, desastres, colapsos de infraestructura, inseguridad alimentaria. La idea es simple: si inviertes en riesgo (capacidad de daño), también estás obligado a invertir en amortiguadores (capacidad de sostén).
¿Suena naíf? A mí me suena más naíf creer que una carrera armamentista indefinida no va a cobrarnos la cuenta.
Y para que no sea puro “deber ser”, sumaría algo que el mundo sí entiende: prestigio. Una liga anual de resiliencia, con métricas públicas y verificables, que premie a los países por resultados de seguridad humana: reducción de mortalidad evitable, preparación ante desastres, acceso efectivo a educación, reducción de violencia, transición energética justa. Competir, sí, pero por algo que nos salva.
El ego nacional no va a desaparecer. Entonces mejor domesticarlo.
“Ya, pero… ¿y si el otro no coopera?”
Esa es la objeción real. Y por eso esta idea no exige confianza total ni desarme unilateral. Depende de reglas automáticas: si subes defensa, subes resiliencia. Si no subes defensa, no te “castiga”; solo no activa el gatillo. Es un diseño que asume conflicto, pero evita que el conflicto se coma todo.
Además, ya estamos vulnerables. En 2024, más de cien países aumentaron su presupuesto militar.
Esa subida masiva no nos hizo más seguros como especie; nos dejó más tensos. Y en paralelo, las mayores empresas armamentísticas registran ingresos récord.
Cuando un sistema crece, crea dependencias (empleos, lobby, narrativa). Por eso no basta con “pedir paz”: hay que rediseñar incentivos.
Y sí, esto abre preguntas incómodas: ¿quién administra el fondo?, ¿cómo evitas corrupción?, ¿qué pasa con la soberanía? Por eso lo imagino con candados simples: auditorías públicas, proyectos con metas medibles y un mecanismo automático de sanciones (o pérdida de prestigio) para quien aporte y no cumpla. Empezaría con pilotos regionales.
Lo que realmente perdemos cuando competimos
La competencia entre potencias no solo consume dinero. Consume la capacidad de vernos como un “nosotros” mínimo. Nos acostumbra a vivir en “modo tablero”: países como fichas, personas como daño colateral, sufrimiento como estadística.
Y también achica la imaginación: cooperar se vuelve “debilidad”, cuidar se vuelve “naíf”. Yo no quiero un mundo donde la ingenuidad sea creer en la colaboración. Quiero uno donde la ingenuidad sea creer que el miedo puede gobernar para siempre sin rompernos por dentro.
Mi cierre
Esa tarde, el papel del consultorio y la cifra gigante del celular se quedaron pegados en mi cabeza como una sola frase: la grandeza, tal como la medimos, es carísima y no siempre protege lo que dice proteger.
Quiero dejar de decir “así funciona el mundo” como excusa. Prefiero decir “así lo estamos haciendo funcionar”. Y si lo estamos haciendo, también lo podemos hacer distinto, aunque sea lento, aunque sea imperfecto.
Porque, si la potencia no mejora la vida de la gente común, entonces no es potencia. Es otra cosa. Y esa otra cosa ya nos salió demasiado cara.
