Crecí escuchando que el Magdalena era la vena más grande de Colombia, que por él corría la sangre del país. De niño no entendía esa metáfora. Lo entendí el día que me senté en su orilla, en Honda, y lo vi pasar como si el mundo entero pudiera esperar.
Tenía veintisiete años y una lista interminable de pendientes. Vivía en Bogotá, trabajaba en una firma de diseño gráfico donde los plazos se medían en horas, no en días, y había normalizado la sensación de ir siempre tarde a todo, incluso a mi propia vida. Un fin de semana largo, casi por accidente, terminé en el Tolima visitando a un tío que lleva décadas viviendo a orillas del Magdalena. No tenía grandes expectativas. Solo quería salir de la ciudad.
Llegué un viernes en la noche, agotado. Mi tío me recibió con un tinto y sin apuro. Eso ya era raro para mí.
Al día siguiente me llevó al río temprano. Se sentó en una piedra plana, sacó un cigarrillo que nunca encendió, y se quedó mirando el agua. Yo saqué el celular. Él me miró de reojo y dijo algo que todavía me ronda: «El río no va a ningún lado diferente al que ya va. Tú sí puedes elegir.»
No respondí nada porque no supe qué responder.
Estuvimos ahí casi dos horas. Yo fui soltando el teléfono de a poco, casi sin darme cuenta. El Magdalena es ancho y café, lleno de troncos que bajan sin prisa, de garzas blancas que se posan y despegan como si el tiempo no existiera. No es un río bonito en el sentido postal de la palabra. Es un río real, con olor a tierra mojada y a pescado, con orillas irregulares y corrientes que uno no ve pero siente.
Algo en esa realidad tan sin filtro me desarmó.
En Colombia crecemos con una relación extraña con la prisa. Las ciudades grandes nos enseñan que ir rápido es sinónimo de ser exitoso, de estar vivo, de importar. Y uno lo asume sin cuestionarlo, porque todos a tu alrededor están corriendo también. Nadie quiere ser el que para.
Pero ese río no corría. Fluía. Hay una diferencia enorme entre las dos cosas, aunque ocupen el mismo espacio.
Volví a Bogotá el domingo con una maleta igual de llena y algo distinto adentro. No fue una revelación dramática ni un cambio radical. Fue más bien una pregunta que se instaló sin permiso: ¿para qué tanta prisa, si igual el lunes llega solo?
Han pasado dos años desde ese fin de semana. No me volví una persona lenta ni renuncié a mis metas. Sigo con plazos, sigo con entregas, sigo llegando tarde al metro porque Bogotá es Bogotá. Pero aprendí a hacerme esa pregunta cada vez que siento que el pecho se me aprieta sin razón clara.
Colombia tiene esa capacidad rara de enseñarte cosas enormes en lugares que parecen pequeños. Un río café en un municipio que no sale en las guías de viaje. Un tío con un cigarrillo sin encender. Una piedra plana y dos horas de silencio.
A veces lo más colombiano que uno puede hacer es, simplemente, quedarse quieto un momento y dejar que el río pase.
