Yo llevo años fijándome en algo que casi nadie comenta cuando habla de desigualdad: el ruido.
No hablo del ruido como simple molestia, como esa cosa fastidiosa que uno resuelve cerrando una ventana o subiéndose el volumen de los audífonos. Hablo del ruido como frontera social. Como una de esas realidades que no salen mucho en los discursos bonitos sobre ciudad, progreso y calidad de vida, pero que ordenan la existencia de millones de personas sin pedir permiso. Porque sí, yo cada vez estoy más convencida de que el silencio se volvió un privilegio.
Y eso dice muchísimo de la sociedad que estamos construyendo.
Uno suele pensar la desigualdad en metros cuadrados, en salario, en acceso a salud, en educación, en transporte. Todo eso importa, por supuesto. Pero a mí me impresiona que casi nunca metamos en esa conversación una pregunta muy simple: ¿quién puede descansar sin interrupciones y quién no? ¿Quién puede concentrarse sin que lo atraviesen motores, parlantes, alarmas, pitos, obras, motos, vecinos, locales, tráfico, perros, rejas que vibran y ventanas que no aíslan nada? Ahí también se parte el mundo.
Porque el ruido no cae igual sobre todo el mundo.
La gente con más recursos suele comprar distancia. Distancia del bus, del taller, del bar, de la avenida, del cruce complicado, del comercio que descarga de madrugada, del parlante improvisado, del apartamento donde viven demasiadas personas en muy poco espacio. A veces compra mejores materiales. A veces compra altura. A veces compra barrio. Y cuando uno puede comprar silencio, también compra sueño, paciencia, concentración, mejor humor y hasta relaciones menos tensas.
En cambio, la gente que no puede escoger tanto termina viviendo donde la ciudad hace más bulla. Y eso no solo cansa: también modifica la manera de estar en el mundo.
A mí me parece grave porque el ruido constante va afinando el cuerpo para la defensa. Uno no se da cuenta al principio. Cree que ya se acostumbró. Cree que esa moto que explota a medianoche “ya ni la siente”. Cree que puede dormir con la televisión del vecino, con el camión de la basura, con el local de la esquina, con el portón metálico, con los gritos de la calle. Pero no. El cuerpo sí lo siente. Lo que pasa es que muchas veces uno aprende a vivir cansado y le pone otro nombre.
Le dice mal genio.
Le dice estrés.
Le dice ansiedad.
Le dice falta de paciencia.
Le dice “así es la vida en ciudad”.
Yo no compro esa idea. No me parece normal que tantas personas vivan fatigadas por una agresión sonora permanente y que encima se les pida rendir, estudiar, criar, trabajar, sonreír y tomar buenas decisiones como si nada. Tampoco me parece casual que quienes más hablan de bienestar suelen hacerlo desde lugares bastante silenciosos. Es muy fácil romantizar la calma cuando uno ya la tiene incluida en el contrato de arriendo.
Lo más incómodo de todo es que el ruido se volvió tan cotidiano que dejó de parecernos una injusticia. Nos indignan otras cosas, con razón, pero la bulla la tratamos como si fuera parte inevitable del paisaje, casi como la lluvia. Y no lo es. Detrás del ruido hay decisiones. Decisiones urbanas, comerciales, de diseño, de movilidad, de regulación y de simple convivencia. Dónde pasa una vía. Qué negocio puede operar hasta tarde. Qué materiales se usan. Cuánto se controla. Cuánto se tolera. A quién se le permite invadir el espacio común y a quién no.
Por eso, cuando yo escucho a alguien decir que el ruido es una tontería de gente sensible, sé que está hablando desde una comodidad que no todo el mundo tiene. Dormir bien no es una delicadeza. Pensar sin interrupciones no es un lujo moral. Poder oír tus propios pensamientos no debería ser un premio reservado para unos pocos.
A mí, por lo menos, me preocupa que estemos aceptando ciudades donde el descanso ya funciona como marcador de clase. Barrios donde unos oyen pájaros y otros oyen frenos. Edificios donde unos cierran la puerta y encuentran refugio, mientras otros cierran la puerta y apenas amortiguan el caos. Casas donde estudiar es posible y casas donde concentrarse ya es una hazaña.
Yo sí creo que una sociedad se delata por cómo reparte el ruido.
Y sospecho que no vamos a entender del todo nuestra fatiga colectiva hasta que aceptemos esta verdad incómoda: no todos vivimos en la misma ciudad, aunque compartamos el mismo mapa. Algunos viven en una ciudad que todavía deja pensar. Otros viven en una ciudad que no se calla nunca.
