A mí me pasa algo rarísimo con los relojes de aguja. No siempre, pero sí lo suficiente como para que me deje pensando. Estoy haciendo cualquier cosa, vuelvo a ver el reloj de pared, y por un instante siento que el segundero se quedó pegado. Como si el tiempo hubiera hecho una pausa chiquitita. Nada dramático. Nada como de película. Apenas un segundo raro, pero rarísimo al final, porque yo sé que eso no puede estar pasando y aun así lo siento.
Y lo que más me intriga no es el reloj. Soy yo. Me impresiona darme cuenta de lo fácil que es sentir una cosa con total seguridad y, al mismo tiempo, saber que no puede ser cierta. Es una sensación muy humilde, pero muy brava también. Porque uno crece creyendo que ve lo que ve, que el mundo entra por los ojos y listo, asunto resuelto. Pero no. A veces el mundo entra, sí, pero entra remendado, acomodado, completado por algo adentro de una que trabaja más de la cuenta.
Eso me da vueltas desde hace tiempo. Me acuerdo que de carajilla pensaba que la realidad era algo firme, como una mesa. Uno la tocaba y ya. Pero con los años empecé a notar estas pequeñas fisuras. No grandes traiciones de la mente, no. Cosas mínimas. Sentir que el celular vibró y no vibró. Creer que alguien dijo mi nombre en la calle. Oír una frase de cierta manera y luego darme cuenta de que habían dicho otra cosa. Y lo del reloj, para mí, es como la versión más elegante de todo eso. La más discreta. La que no asusta, pero sí incomoda un poquito.
Porque me obliga a aceptar que no siempre llego tarde a la realidad, ni tampoco llego a tiempo: a veces llego con una versión ya editada.
Y eso se me hace demasiado humano. Tal vez por eso el asunto me gusta tanto. Porque no habla solo de relojes. Habla de la necesidad que tenemos de que todo siga corrido, de que nada se corte, de que el mundo no se nos vuelva un rompecabezas mal armado. Yo siento que por dentro debo tener alguna clase de costurera apurada, una que ve un huequito y enseguida lo rellena para que yo no note el salto.
Lo curioso es que esta idea se me fue metiendo en otras partes de la vida. Por ejemplo, en las conversaciones. Cuántas veces una oye media frase y completa el resto con lo que esperaba. Cuántas veces cree haber entendido perfectamente una intención, una mirada, un silencio, y al final no entendió nada. Cuántas veces uno no ve a la persona que tiene enfrente, sino la versión corrida, continua, ordenada, que le conviene más. Ahí también hay como un segundero inmóvil. Un instante falso que la cabeza deja puesto para no aceptar que hubo un corte, una duda, un vacío.
A mí eso me da vergüenza y ternura al mismo tiempo. Vergüenza, porque me gustaría ser más exacta, más clara, más dueña de lo que percibo. Y ternura porque, al final, se nota que por dentro hago lo que puedo. Supongo que todos. Vamos armando continuidad con pedacitos. Vamos cosiendo. Vamos llenando huecos para no vivir sobresaltados a cada rato.
Solo que a veces el remiendo se ve. Y cuando se ve, a mí no me dan ganas de enojarme conmigo. Más bien me da por pensar que la conciencia humana debe ser una cosa rarísima: no una ventana limpia, sino un taller. Un lugar donde entra material incompleto y sale una versión habitable. No perfecta. Habitable. Y quizá vivir consiste en eso, en aprender a distinguir entre lo que realmente pasó y lo que nuestra propia mente pegó con cinta para que el día siguiera sin romperse.
Desde entonces, cada vez que miro un reloj y siento ese segundo detenido, no lo vivo como un error cualquiera. Lo vivo como un aviso.
Una señal pequeña de que la experiencia no siempre viene terminada. De que ver también es interpretar. De que sentir certeza no siempre significa tener razón. Y, muy en el fondo, de que tal vez yo no estoy hecha para captar el mundo tal como es, sino para volverlo soportable, continuo y más o menos entendible. No sé si eso tranquiliza o inquieta. A mí, la verdad, me hace un poco las dos cosas.
