Hoy me tocó hacer un trámite en la capital, en la Ciudad de Guatemala, de esos que uno jura que van a ser “rápidos” y terminan siendo una peregrinación con número en la mano. Entré y me recibió ese olor a aire acondicionado viejo y papel guardado. Las luces blancas, bien arriba, como si te estuvieran revisando el alma. La gente sentada, apretada, con la mirada fija en una pantalla que cambia de turno como quien suelta migajas.
Yo no sé por qué, pero en esos lugares el tiempo se vuelve una cosa rara: a veces corre como loco y a veces se amarra. Me pongo a escuchar demasiado. El zumbido de los tubos fluorescentes, el tac tac de los teclados, el murmullo de “joven, aquí no es”, y ese sonido que manda más que cualquiera: el golpe seco del sello.
¡Puchica! Ese sello.
Lo oís y es como una puerta que se cierra o se abre, sin drama, sin anuncio. Solo pum. Aprobado. Pum. Rechazado. Pum. En trámite. Y vos ahí, con tu nombre escrito en una hoja, esperando que una tinta diga que existís “como se debe”.
A ratos me dio risa, porque parece chiste: traés una carpeta con copias, con firmas, con fotitos tamaño cédula, y aun así sentís que te falta algo. Como si el sistema siempre tuviera hambre de una prueba más. Y yo me quedé viendo mis papeles como quien mira un altar: ordenados, doblados, subrayados. No por fe, sino por miedo. Miedo a que te digan “le falta una copia” y que tu día se caiga al piso como un vaso.
Cuando por fin me tocó la ventanilla, la persona ni me miró mucho. No es mala onda, es que están cansados, igual que uno. Me pidió el DPI, revisó, escribió, y al final lo hizo: agarró el sello, lo alzó un poquito y lo dejó caer con toda la autoridad del mundo. PUM. Y en ese instante sentí una cosa… no sé si alivio o tristeza.
Porque el alivio fue obvio: ya quedó, ya pasó, ya está “en regla”. Pero la tristeza fue más finita, como un hilo: ¿por qué me da tanta paz que un papel esté sellado? ¿Qué parte de mí necesitaba esa confirmación? Me dieron ganas de que alguien me sellara la frente, así, sin trámite: “válido”, “suficiente”, “sí, aquí estás”.
Salí y me fui caminando despacio, como para que el cuerpo se acordara de que afuera el aire no pide requisitos. Me senté un rato a ver pasar buses y a escuchar mi respiración, tratando de soltar ese ruido interno de oficinas. Y pensé que la burocracia, al final, es un idioma: sellos, firmas, filas, ventanillas. Un idioma que no habla de quién sos, sino de si encajás.
Hoy me quedó claro que yo no quiero pasar la vida pidiendo permiso. Quiero aprender, aunque sea de a poquito, a darme mi propio sello cuando nadie lo da. A decirme “cabal”, a decirme “ya estuvo”, a creerme sin fotocopias.
Y si mañana toca otro trámite, pues ni modo. Iré igual. Pero ojalá con menos miedo, y con más tinta adentro.
