En una junta del trabajo alguien dijo “pues es de sentido común” y la conversación se cerró como si hubieran bajado una cortina. Me quedé pensando en eso, no por llevar la contra, sino porque esa frase tiene una fuerza rara.
Sirve para explicar algo sin explicarlo. También sirve para dejar a quien pregunta como lento, exagerado o problemático. Lo que me está haciendo ruido es que metemos muchas cosas distintas en la misma bolsa. A veces llamamos sentido común a una regla práctica, como no poner un vaso en la orilla de la mesa.
Ahí casi no hay pleito. Pero otras veces usamos la misma expresión para defender costumbres, jerarquías, formas de hablar o decisiones que tal vez solo se repiten porque siempre han estado ahí. Entonces ya no es tan claro si estamos hablando de prudencia, de experiencia o de simple costumbre con buena reputación. Primera duda: no todo lo obvio es verdadero. Hay ideas que se sienten evidentes porque crecimos alrededor de ellas. No nos las enseñaron en una clase, pero estaban en los comentarios, en los silencios, en la manera de repartir tareas, en lo que se podía preguntar y en lo que era mejor no mover.
Por eso me cuesta confiar demasiado en la sensación de “esto cae por su propio peso”. A veces cae porque alguien lo empujó muchas veces antes. También está el otro extremo, que me incomoda igual: desconfiar de todo por sistema. No quiero volverme una persona que necesita una tesis para decidir si cruza la calle o si contesta un mensaje. La vida diaria necesita atajos. El problema, creo, no está en usar atajos, sino en olvidar que son atajos. Un atajo sirve mientras no lo confundamos con el mapa completo. Si cada discusión termina con “es lógico”, “así es la gente” o “cualquiera lo entiende”, entonces ya no estamos pensando: estamos defendiendo una comodidad con palabras de certeza. Segunda duda: entender no siempre se siente cómodo.
Me pasa que, si una explicación me obliga a cambiar de lugar, la juzgo más pesada de lo que es. Digo que es complicada, que se están haciendo bolas, que no hay que filosofar tanto. Pero tal vez algunas cosas sí requieren separar piezas: lo que sé, lo que supongo, lo que me conviene creer y lo que de verdad puedo sostener si alguien me pregunta con calma.
No quiero eliminar el sentido común de mi vida. Quiero usarlo con menos arrogancia. Tal vez una buena prueba sería esta: si una idea solo funciona mientras nadie la revisa, quizá no era tan sólida.
Y si una pregunta sencilla la hace tambalear, quizá la pregunta no es el problema. Quizá el problema es que le dimos categoría de verdad a algo que apenas era una costumbre bien acomodada.
