En Paraguay, a veces el silencio no es ausencia de palabras. Es una manera de vivir. Como si fuera una moneda: uno la entrega para que la convivencia siga “tranquila”, pero después se queda con el vuelto en forma de nudo en la garganta.
Yo crecí escuchando frases que suenan a consejo, pero también a advertencia: “No te metas”, “dejá nomás”, “para qué vas a hacer lío”. Y ojo, no lo digo como crítica fácil. Lo entiendo. Venimos de historias donde hablar costaba caro, donde preguntar demasiado era peligroso, donde lo mejor era bajar la cabeza y seguir. Ese reflejo queda en la piel, aunque cambien los tiempos.
El problema es que el silencio, cuando se vuelve costumbre, también se vuelve identidad. Y ahí ya no es una herramienta: es una jaula. Porque callar por paz, muchas veces, significa pagar por dentro.
Me doy cuenta en cosas pequeñas. Un almuerzo familiar donde alguien suelta un comentario que lastima, pero nadie responde. Se hace el chiste, se cambia de tema, se sirve más mandioca y listo. La mesa sigue en “armonía”. Pero yo miro a quien recibió el golpe, y veo la sonrisa apretada, esa que no es sonrisa. Después, cuando lavamos los platos, aparece el verdadero ruido: el silencio pesado, la tensión que nadie nombra.
También pasa en el trabajo. Hay una injusticia chiquita, de esas que se repiten hasta que ya no son chiquitas: el que siempre carga más, la que siempre “aguanta”, el que se apropia de ideas ajenas. Y uno piensa: “Si hablo, me van a mirar mal. Si reclamo, me van a decir que soy conflictivo”. Entonces se elige la paz, sí. Pero una paz rara: la paz que se sostiene con gente tragándose cosas.
Lo curioso es que esa paz silenciosa parece “porã” (bonita) desde afuera. Nadie discute, nadie grita, nadie se pelea. Pero por dentro se acumula. Y lo que se acumula no desaparece: se transforma. A veces en cansancio. A veces en resentimiento. A veces en distancia. A veces en esa tristeza sin nombre que te acompaña como sombra, aunque el día esté soleado.
Yo no creo que el silencio sea malo en sí. Hay silencios que curan. El silencio de una madrugada en Asunción cuando baja el calor y por fin el cuerpo descansa. El silencio de estar con alguien que querés y no hace falta explicar nada. El silencio elegido, ese que es descanso y no castigo.
La diferencia está en la libertad. El silencio elegido te deja entero. El silencio impuesto te parte en dos: la persona que “no arma lío” y la persona que siente que se está borrando.
Y acá viene lo más difícil: en una cultura donde se valora tanto la calma, aprender a hablar sin romperlo todo. Porque el miedo no es solo a la pelea. Es a quedar como el que “complica”, el que “no sabe convivir”, el que “se cree”. Es un miedo social, de esos que no se ven pero mandan.
Por eso, para mí, el camino no es pasar del silencio al grito. Es pasar del silencio automático a la palabra consciente. Decir lo necesario, con respeto, pero decirlo. Preguntar sin atacar. Poner límites sin humillar. Animarse a frases simples que cambian una historia: “Eso me dolió”, “No estoy de acuerdo”, “Hablemos bien”, “No quiero seguir con esto así”.
Capaz suena ingenuo. Pero yo lo veo como una forma más profunda de paz. Una paz que no depende de que alguien se calle, sino de que todos se sientan seguros para decir lo que les pasa.
En guaraní hay una palabra que me gusta: “añete”, que es algo así como lo verdadero, lo de verdad. Yo sueño con una convivencia más “añete”: menos sonrisa de compromiso, menos “tranqui” fingido, y más honestidad tranquila. Esa que no busca ganar, sino entender. Esa que no humilla, sino que aclara.
Porque si la paz cuesta tragarte entero, no es paz: es factura. Y tarde o temprano, se paga igual.
