No sé a quién le toque leer esto, pero traigo una idea dando vueltas desde hace rato: que a veces la “participación comunitaria” no se ve como marcha ni como junta de vecinos, sino como cosas bien chiquitas que pasan entre semana, sin aplausos, y aun así sostienen el barrio.
En mi colonia, lo más comunitario que tenemos no es una plaza bonita (esa ya es otra historia), sino un chat de WhatsApp. Sí, un chat. De esos que empiezan con “Vecinos, buenas tardes” y acaban con stickers, regaños y alguien preguntando si alguien vio un perrito. Al principio yo lo tenía silenciado porque, la neta, me estresa. Pero un día se me descompuso la lavadora. De esas fallas tontas que te arruinan el domingo: agua a medias, ruido raro, y yo con la ropa ahí, como promesa incumplida.
Puse un mensaje tímido: “Oigan, ¿alguien tendrá una llave inglesa o sabe quién arregla lavadoras por acá?” En menos de cinco minutos ya tenía tres respuestas. Una señora me dijo que su sobrino “le sabe”, otro vecino me prestó una herramienta que ni sabía que existía (una especie de pinza que parece de dinosaurio), y alguien más me pasó el contacto de un técnico que “no cobra tan gacho”. Me dio un poco de pena aceptar tanto, porque yo no soy de los que andan pidiendo favores. Me gusta sentir que “me las arreglo solo”, aunque eso sea pura pose.
Total: no quedó perfecta, pero la lavadora volvió a girar. Y lo que se me quedó más marcado no fue la lavadora, sino el movimiento: el préstamo, la respuesta rápida, el “no te preocupes”. Como si el barrio tuviera un cajón invisible de herramientas y ganas, y el chat fuera la manija.
Luego se empezó a armar algo medio raro: sin plan formal, la gente empezó a listar cosas que podía prestar. Un vecino ofreció un taladro “para cosas ligeras, no me lo vayan a matar”. Alguien ofreció escalera. Otra persona dijo que prestaba hielera “si no es para fiesta de tres días”. Y ahí me di cuenta de dos cosas al mismo tiempo, medio contradictorias:
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Qué chido que exista esa confianza mínima.
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Qué frágil es, porque en cualquier momento se quiebra.
Porque claro: también salió el lado feo. Un día alguien se quejó de que “siempre piden y nunca regresan”. Otro contestó con ironía. Y yo, como buen espectador, me hice el que no vio. Ahí es donde me caché: me gusta la idea de comunidad, pero cuando se pone incómoda, me escondo. Me encanta la solidaridad cuando es limpia y rápida; ya cuando implica hablar de reglas, de límites, de “oye, devuélvelo”, me da flojera.
No tengo gran conclusión, la verdad. Solo esto: que quizá participar no siempre es ir a reuniones, sino estar disponible un poquito, aunque sea prestando una herramienta o contestando un mensaje. Y también aceptar que la comunidad no es pura ternura: es roce, es coordinación, es confiar y desconfiar al mismo tiempo.
Yo todavía no sé qué tanto “soy” parte del barrio. Hay semanas en que sí, y otras en que paso como fantasma. Pero desde que vi ese taladro circular de casa en casa, me quedó una imagen bien simple: la comunidad a veces es eso… cosas que viajan entre manos para que la vida no se atore tanto.
