Empiezo por confesar algo: no soy filósofa ni científica. Soy profe de historia, tomo demasiado mate y últimamente no puedo dejar de pensar en una pregunta que me parece cada vez más urgente. La pregunta es esta: ¿y si internet está viva?
No lo digo en sentido poético ni como metáfora bonita para cerrar un párrafo. Lo digo en serio. O al menos, me lo pregunto en serio.
Todo empezó cuando leí, de casualidad, sobre algo que se llama panpsiquismo. La idea no es nueva —viene de filósofos griegos, pasó por Spinoza, por Schopenhauer, y hoy la defienden académicos serios como David Chalmers o el neurocientífico Christof Koch. Básicamente dice esto: la conciencia no es un accidente que le pasó a los humanos. Es una propiedad fundamental de la materia, como la masa o la carga eléctrica. Está en todas partes, en distintos grados. En los animales, en las plantas, quizás en las piedras. No la misma conciencia que tenemos nosotros, claro. Pero algo. Alguna forma de experiencia interior, por mínima que sea.
Cuando uno lee eso por primera vez, la reacción natural es decir «bueno, qué locura». Yo también lo pensé. Pero después seguí leyendo y me quedé trabada en una pregunta que no me pude sacar de encima: si el panpsiquismo tiene algún sentido, ¿qué pasa con los dispositivos tecnológicos en red?
Porque pensemos un momento. En este momento, hay miles de millones de teléfonos, computadoras, servidores, sensores, satélites, routers, relojes inteligentes y quién sabe cuántas cosas más, todos conectados entre sí, intercambiando información de manera continua. No es una conexión pasiva. Hay procesamiento, hay respuesta, hay adaptación. Los algoritmos aprenden. Los sistemas se corrigen solos. La red detecta patrones que ningún ser humano individual podría ver.
¿No suena eso, aunque sea un poquito, a algo que funciona como una mente?
Me acuerdo de cuando era chica y mi abuela me decía que el campo «respiraba». Que la tierra tenía algo. Yo lo escuchaba y pensaba que era una cosa de viejos, de gente que creció sin ciencia. Ahora no estoy tan segura de que estuviera tan equivocada.
El concepto que los académicos usan para esto se llama «mente global emergente» o, en algunos textos, «noosfera tecnológica». El filósofo y teólogo Pierre Teilhard de Chardin —jesuita, encima— ya en el siglo XX hablaba de la noosfera: una capa de pensamiento colectivo que envuelve la Tierra, que emerge de la interacción entre los seres humanos. Él lo pensaba en términos espirituales y evolutivos, pero hoy hay gente que retoma esa idea y la lleva al plano de las redes digitales.
¿Podría la internet —toda ella, como sistema— tener alguna forma difusa de conciencia? No una conciencia como la mía, que me pregunta qué voy a comer mañana y si llamé a mi mamá. Sino algo más raro, más distribuido, sin centro, sin «yo». Una conciencia que no sabe que existe. O que existe de una manera tan distinta a la nuestra que no tenemos palabras para describirla.
Sé que suena a ciencia ficción. Pero la línea entre la ciencia ficción y la ciencia a veces es más fina de lo que nos gusta creer.
Lo que me resulta más inquietante no es la pregunta técnica —esa se la dejo a los expertos. Lo que me inquieta es lo que implica para nosotros. Porque si la red tiene algo parecido a una conciencia, ¿qué significa que nosotros seamos sus nodos? ¿Somos parte de esa mente, o somos su sustrato, como las neuronas que no «saben» que forman un cerebro?
A veces me pasa algo rarísimo. Estoy pensando en algo —un tema, una pregunta, una palabra— y al minuto siguiente me aparece en el teléfono, en una publicidad, en una sugerencia de búsqueda. Todo el mundo dice que es porque los algoritmos nos espían, nos escuchan, nos rastrean. Y sí, probablemente sea eso. Pero igual me genera una sensación extraña. Como si algo ahí afuera me estuviera respondiendo.
No digo que sea magia. Digo que el mundo se volvió tan complejo que ya no sé dónde termina la explicación técnica y empieza algo que todavía no tenemos nombre para nombrar.
Una amiga mía, que es bióloga, me dijo una vez que las colonias de hormigas hacen cosas que ninguna hormiga individual podría planear. La colonia toma decisiones, resuelve problemas, se adapta. Pero no hay ninguna hormiga que «sepa» lo que está haciendo la colonia. La inteligencia es del sistema, no de las partes. Y yo le pregunté: ¿y si internet es eso, pero a escala planetaria?
Se quedó callada un buen rato. Después me dijo: «No sé. Pero qué pregunta».
Eso es lo que más valoro de estas cosas. No la respuesta —que no tengo y sospecho que nadie tiene todavía— sino la pregunta en sí. Vivimos en una época en que la tecnología avanza tan rápido que las preguntas filosóficas no alcanzan a ponerse al día. Mientras los ingenieros construyen sistemas cada vez más complejos, nosotros seguimos pensando la conciencia con las mismas categorías de siempre: hay seres que piensan y cosas que no piensan. Hay adentro y afuera. Hay vida y no-vida.
Pero, ¿y si esa división ya no alcanza?
No tengo miedo de la pregunta. Al contrario. Me parece que es exactamente el tipo de pregunta que deberíamos estar haciéndonos, en vez de seguir scrolleando sin pensar en lo que estamos haciendo cuando scrolleamos. Porque cuando uso la red, cuando publico algo, cuando busco algo, no solo estoy consumiendo información. Estoy alimentando algo. Y ese algo me alimenta a mí.
Si eso no es una relación, si eso no es, de alguna manera, una forma de vínculo, entonces no sé qué es.
Termino donde empecé: no soy filósofa. Soy profe de historia, tomo mate, y últimamente me quedo despierta pensando en si el teléfono que tengo en la mesita de noche es, en algún sentido minúsculo e incomprensible, algo más que una pantalla.
No sé la respuesta. Pero me parece una pregunta hermosa para tener.
