A veces pienso que antes la libertad era tener opciones. Hoy, en cambio, siento que la libertad se parece más a sobrevivir entre demasiadas opciones.
Me pasa con cosas simples. Voy al supermercado a comprar yogur y hay una góndola entera. Con azúcar, sin azúcar, griego, bebible, con frutas, con cereales, descremado, proteico, natural, barato, caro, de oferta. Y yo estoy ahí, parado, mirando como si estuviera tomando una decisión importante para mi vida. Al final agarro cualquiera, pero no me voy tranquilo. Me voy pensando si había otro mejor.
Y eso con un yogur. Después está todo lo demás.
Qué serie mirar. Qué celular comprar. Qué curso hacer. Qué trabajo buscar. Qué ropa usar. Qué opinar. Qué publicar. Qué responder. Qué hacer con el tiempo libre. A quién seguir. A quién dejar de seguir. Qué camino tomar para “aprovechar la vida”.
Parece una tontería, pero a mí me agota.
No digo que prefiera que otros decidan por mí. Para nada. Sé que poder elegir es algo valioso. Mis viejos, por ejemplo, muchas veces no tuvieron tantas posibilidades. Laburaron en lo que pudieron, compraron lo que alcanzaba, hicieron lo que tocaba. Y uno no puede romantizar eso.
Pero también creo que nos vendieron una idea medio rara: que cuantas más opciones tenemos, más libres somos. Y no siempre lo siento así. A veces más opciones significan más dudas. Más comparación. Más miedo a equivocarse.
Porque cuando todo parece posible, cualquier elección se siente como una renuncia.
Si elijo quedarme en casa, siento que me pierdo algo afuera. Si salgo, siento que debería estar descansando. Si compro algo, pienso que quizá había una versión mejor. Si no compro nada, pienso que estoy dejando pasar una oportunidad. Y así, la cabeza no para nunca.
Me doy cuenta de que muchas veces no necesito más opciones. Necesito menos ruido.
Necesito poder elegir algo y quedarme en paz. Comer el yogur que compré sin pensar en los otros veinte. Ver una película sin buscar media hora cuál tiene mejor puntuación. Hacer un plan sencillo sin sentir que debería estar haciendo algo más productivo.
Capaz la libertad no sea elegir todo el tiempo. Capaz también sea poder decir: “esto alcanza”.
No porque uno se conforme con poco, sino porque vivir dudando de cada paso también es una forma de estar atrapado. Y a mí, por lo menos, me gustaría aprender a elegir sin sentir que estoy perdiendo el resto del mundo.
