A veces me pasa que la palabra empatía me suena demasiado perfumada. Como esas palabras que quedan bien en una taza, en una charla de empresa o en un cartel pegado en la pared de una escuela. “Sé empático”. Ta, bárbaro. ¿Y después qué? Porque una cosa es emocionarse con el dolor ajeno durante cinco minutos y otra bastante distinta es aprender a tratar a la gente sin usarla como espejo de uno mismo.
Yo no sé si soy una persona empática. Capaz que sí, capaz que no. Hay días en que me sale natural escuchar a alguien y otros días en que estoy pensando en la lista del súper mientras la otra persona me cuenta algo importante. No lo digo con orgullo, lo digo porque me parece más honesto empezar por ahí. La empatía, si depende solamente de lo que siento en ese momento, es una herramienta bastante inestable. Un día estoy sensible y abrazo al mundo. Al otro día dormí mal, perdí el bondi o me cayó una cuenta inesperada, y de pronto el mundo me molesta.
Por eso empecé a desconfiar de la empatía entendida como emoción. No porque la emoción esté mal, sino porque es caprichosa. Viene cuando quiere. Se va cuando quiere. Y encima nos hace creer que, si sentimos algo fuerte, ya hicimos algo bueno. A mí me interesa más la empatía como técnica. Como una forma práctica de comportarse incluso cuando no me nace.
Para mí, la empatía técnica sería algo así: antes de responder, hacer una pausa mínima. No una pausa teatral, de esas que parecen de terapeuta en serie, sino medio segundo para no tirar la primera piedra que tengo en la mano. Preguntarme: “¿Qué dato me falta?”. “¿Qué parte de esta persona no estoy viendo?”. “¿Estoy contestando a lo que dijo o a lo que me hizo acordar?”. Parece poca cosa, pero cambia bastante.
En el laburo lo veo clarísimo. Hay gente que dice “yo soy muy directa” y usa eso como permiso para pasar por arriba de cualquiera. También está la otra punta: gente que se deshace en sonrisas, pero no escucha nada. A mí me sirve más alguien que capaz no me abraza con la voz, pero me pregunta bien, no me interrumpe y no decide mi intención antes de entenderme. Eso, aunque suene frío, me parece una empatía más confiable.
No estoy proponiendo convertirnos en robots amables. Qué embole. Hablo de aceptar que no siempre vamos a sentir ternura, paciencia o comprensión. Y que, aun así, podemos entrenar ciertas conductas: no humillar, no diagnosticar al otro en dos frases, no competir por quién sufrió más, no responder con una anécdota propia cuando alguien todavía está intentando ordenar la suya.
Hay una frase que me repito, bastante casera: no hace falta sentir lo mismo para no estorbar. Capaz que alguien me cuenta un problema que yo no entiendo, que incluso me parece exagerado. Bueno, ahí empieza la técnica. No en fingir que me atraviesa el alma, sino en no tratar su experiencia como si fuera una tontería. A veces la ayuda más concreta es no agrandar el ruido.
También me parece que esta idea baja un poco la vanidad. Porque decir “soy empático” puede convertirse en una medalla. En cambio, practicar empatía como técnica no luce tanto. Nadie te aplaude por no interrumpir. Nadie te felicita por hacer una pregunta menos torpe. Nadie sube una foto diciendo: “Hoy no convertí la tristeza de mi amiga en mi propio espectáculo”. Pero por ahí, justamente por eso, vale más.
No sé si esto arregla el mundo. Seguramente no. Pero me deja una responsabilidad más manejable: no tengo que sentir perfecto, tengo que actuar con cuidado. Y eso, para alguien como yo, que a veces entiende tarde, se distrae fácil y mete la pata sin querer, es una buena noticia. La empatía como emoción puede fallarme. La empatía como técnica, por lo menos, puedo practicarla.
