A las cinco y diez nadie se paró de la silla, aunque casi todos habíamos terminado lo urgente. Se oyó el teclado de uno, el suspiro de otra, una gaveta cerrando suavecito.
Yo tenía la mochila lista debajo del escritorio, pero esperé a que alguien más se moviera primero. Eso pasa más de lo que admitimos. En muchas oficinas de aquí, salir a la hora que dice el contrato parece una falta de cariño, una señal de que uno no está comprometido o de que se cree muy dueño de su tiempo.
Entonces nos quedamos mirando pantallas, acomodando papeles, contestando correos que podían esperar, haciendo bulto con una seriedad que da hasta pena. Lo digo porque yo también lo hago. He criticado esa costumbre y después me he visto ahí, sentado, esperando que el jefe salga o que por lo menos cierre la laptop.
He mandado un mensaje tarde no porque fuera necesario, sino para que se notara que seguía “en eso”. He dicho “déjame avanzar un chin” cuando en realidad quería irme a coger la guagua antes de que se pusiera peor la avenida. Hay una presión rara en los trabajos donde uno no solo tiene que hacer lo que le toca, sino parecer agradecido por tener empleo.
Esa presión no siempre la dice nadie en voz alta. Está en el comentario de “fulano sí se queda”, en la mirada cuando uno pide un permiso, en el chiste de “te vas temprano hoy” aunque sean las seis y media.
Es una forma suave de recordarnos que el tiempo de uno vale menos que la impresión que deja. También hay clase metida en eso, aunque nos incomode. No es lo mismo quedarse tarde si tienes carro, parqueo y alguien que te espera con la cena resuelta, que si dependes de dos carros públicos, de un motor que subió la tarifa o de llegar a bañar muchachos.
No es lo mismo decir “me quedo un rato más” cuando ese rato no te desordena la vida entera. A veces el supuesto compromiso lo puede demostrar con más facilidad quien tiene más respaldo fuera del trabajo.
Y sin embargo, el discurso suele ser el mismo para todo el mundo: ponerse la camiseta, dar la milla extra, ser familia. Esa palabra, familia, se usa mucho cuando conviene que uno aguante. Pero una familia de verdad también pregunta si comiste, si llegaste bien, si tienes con quién dejar a tu hijo, si ese cansancio te está rompiendo por dentro.
En la oficina, muchas veces “somos familia” significa que los límites dan vergüenza. Me cuesta decir esto porque sé que hay gente que emprende, que dirige equipos, que carga con responsabilidades grandes y no siempre tiene margen.
Tampoco creo que todo jefe sea un abusador ni que todo empleado sea una víctima. La vida laboral es más enredada que eso. Pero sí creo que hemos normalizado una especie de teatro donde nadie quiere parecer flojo, aunque todos estén cansados. Ese teatro se aprende rápido.
El nuevo mira cómo se comportan los demás y copia. Si nadie almuerza tranquilo, él tampoco. Si todos contestan mensajes fuera de hora, él empieza a hacerlo. Si pedir vacaciones parece una traición, él aprende a pedir perdón por descansar.
Después decimos que la gente joven no aguanta nada, pero tal vez también estamos heredándoles una manera de trabajar que confunde sacrificio con valor. Lo peor es que ese ambiente nos vuelve desconfiados entre nosotros mismos. El que se va a su hora es visto como cómodo. La que no responde un domingo queda marcada. El que se enferma “mucho” empieza a ser tema de pasillo. En vez de preguntarnos por qué el sistema necesita tanto exceso para funcionar, terminamos vigilándonos unos a otros, como si el problema fuera el compañero que intenta respirar. Yo no tengo una solución grande. Apenas estoy tratando de dejar de aplaudir esas pequeñas exageraciones que nos dañan. Si alguien sale a su hora, no hacerle el comentario. Si una compañera apaga el celular del trabajo, no tratarla como irresponsable. Si un hombre dice que tiene que ir a buscar a su hijo, no convertirlo en relajo. Son gestos mínimos, pero las normas no escritas se sostienen con gestos mínimos también. Quisiera que trabajar bien no tuviera que significar entregarlo todo. Que la responsabilidad se midiera por lo que se cumple, no por la cara de agotamiento. Que en un país donde tanta gente ya vive resolviendo como puede, el empleo no nos pida además actuar como si no tuviéramos cuerpo, casa, tapón, familia, deudas, sueño. Salir a tiempo no debería sentirse como una confesión. A veces, simplemente, uno cumplió y necesita irse.
